Como en estos últimos tiempos el tema de las Islas Malvinas ha recobrado actualidad, parece oportuno recordar una acción reivindicadora de la soberanía argentina llevada adelante por un grupo comando el 28 de septiembre de 1966, es decir, años antes de la catastrófica empresa bélica llevada a cabo por la dictadura militar en 1982. Esa acción, denominada “Operativo Cóndor”, ha sido olvidada por algunos y es desconocida por muchos. Las peripecias de ese singular suceso son las que aquí relatamos a continuación.
Poco después de la hora 0 del miércoles 28 de septiembre, un Douglas DC-4 de Aerolíneas Argentinas despegó rumbo al sur. Entre sus pasajeros, se encontraba un grupo de 18 jóvenes, cuyas edades no superaban 32 años. Entre ellos, se hallaban Dardo Cabo, de 25 años, jefe del grupo, y Alejandro Giovenco, de 21 años, su segundo al mando. La única mujer que integraba ese conjunto era Cristina Verrier, de 27 años, pareja de Cabo. Los integrantes del operativo llevaban ocultas armas, ya que su plan era apoderarse del avión, obligar a la tripulación a desviarse hacia el archipiélago y realizar allí una acción que volviera visible el reclamo de soberanía argentino.
En ese vuelo, entre los otros pasajeros, cabe destacar a dos de ellos. Por una parte, el contraalmirante José María Guzmán, gobernador del territorio de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, que casualmente se encontraba a bordo; si bien usualmente viajaba en aeronaves de la aviación naval, por cuestiones de agenda no pudo hacerlo y viajó en un vuelo comercial común. Por otra parte, Héctor Ricardo García, conocido director del diario Crónica, que no estaba allí por casualidad, sino que había sido contactado el día anterior por Dardo Cabo para que tomase ese avión porque podía haber allí una muy importante noticia; a pesar de la insistencia de García, no le habían dicho lo que pensaban hacer y, como este no quiso perder una eventual primicia, tomó ese vuelo.
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Cuando el avión volaba entre Comodoro Rivadavia y Puerto San Julián, los integrantes del comando se levantaron de sus asientos y exhibieron sus armas. Cabo y Giovenco se dirigieron a la cabina y el piloto del avión recibió la orden de poner rumbo a Malvinas. Este se negó por razonables cuestiones técnicas, ya que se le pedía que llevase un avión de pasajeros hacia unas islas donde no se contaba con las condiciones habituales de navegación y aterrizaje. Los hombres armados lo amenazaron con dañar a su familia y las objeciones técnicas quedaron subordinadas a la amenaza.
Poco después de las 7, se emitió una comunicación que informaba lo ocurrido; es decir, que desde las 6.05, un comando controlaba la aeronave y exigía dirigirse al archipiélago. Para los pasajeros, en cambio, la explicación había sido que regresarían a Comodoro Rivadavia, pues la tripulación procuraba evitar el pánico mientras afrontaba un vuelo que nadie había previsto.
El comandante del vuelo ordenó ganar altura para ahorrar combustible. Durante el trayecto se detuvo uno de los motores, que un mecánico consiguió poner nuevamente en marcha. Encontrar las islas y un lugar donde posar el DC-4 se convirtió en la tarea decisiva. Poco después, entre claros de nubes apareció tierra. Luego de sobrevolar el lugar, el piloto eligió una pista de carreras de caballos pues no había un aeródromo adecuado para recibir la aeronave. A las 8.42, el avión aterrizó, terminando el vuelo comercial en una cancha de cuadreras frente a una sorprendida población.
Los jóvenes descendieron y desplegaron siete banderas argentinas alrededor del aparato. Las colocaron en alambrados, en el avión y en un poste que sirvió de mástil. Llamaron al lugar Puerto Rivero, en homenaje al gaucho entrerriano Antonio Rivero que en 1833 había resistido la invasión británica al archipiélago. El gesto condensaba el propósito de la expedición, o sea, afirmar desde el propio territorio reclamado una soberanía que las autoridades inglesas no reconocían.
La sorpresa atrajo a los habitantes, algunos de los cuales se acercaron para averiguar qué ocurría y recibieron una proclama en inglés en la que los recién llegados afirmaban que eran argentinos en una parte de su país. Claro que la declaración de intenciones convivía con las armas, ya que el comando tomó rehenes, entre ellos autoridades policiales y militares locales.
Desde la radio del avión difundieron un mensaje que anunciaba el cumplimiento de la operación y aseguraba que pasajeros, tripulación e integrantes del grupo se encontraban sin novedad. También comunicaron que retenían al jefe de policía y a un responsable militar, y exigieron que se reconociera que estaban en territorio argentino. Un radioaficionado captó y reprodujo la noticia, la señal fue recibida en distintos puntos de la Patagonia y llegó a Buenos Aires. La acción empezaba a producir el efecto buscado, que un episodio ocurrido alrededor de un avión en una pista improvisada del Atlántico Sur se convirtiese en noticia nacional.
Sin embargo, la situación en tierra se cerraba sobre los expedicionarios. Fuerzas británicas y civiles armados rodearon el aparato, quedando vehículos con hombres armados apostados en las inmediaciones. Los 18 jóvenes habían conseguido llegar e izar las banderas, pero sostener aquella posición ya era otra cuestión. En esta situación, la aparición de Rodolfo Roel, un sacerdote católico holandés que vivía en las islas, resultó fundamental, pues su mediación abrió un canal entre el grupo comando y las autoridades locales. Además, a pedido de Cabo, celebró una misa en castellano dentro del avión y también intervino para que pasajeros y tripulantes pudieran ser alojados por los isleños.
Al caer la tarde, los participantes se refugiaron en el fuselaje y durante la madrugada del jueves 29 recibieron una intimación: debían rendirse y los efectivos que los cercaban tenían órdenes de disparar si intentaban salir. El grupo rechazó inicialmente la exigencia y las conversaciones continuaron durante el día con el sacerdote como intermediario.
Finalmente, el acuerdo llegó por la tarde. Los jóvenes dejarían las armas en el avión en manos de su comandante y serían alojados en dependencias de la Iglesia católica. Para Cabo esa distinción era fundamental, pues sostendría después que había aceptado la autoridad del piloto argentino y el amparo de la Iglesia, sin entregarse a las autoridades británicas.
La escena final reunió los elementos que habían dado identidad a la expedición. Los integrantes del comando arriaron la bandera y cantaron el Himno Nacional mientras los custodios permanecían en sus puestos. Luego entregaron las armas al comandante del avión y, tras los controles de las fuerzas locales, fueron trasladados a la iglesia. Asimismo, Cabo entregó las siete banderas al contraalmirante Guzmán, a quien reconocía como autoridad argentina en las islas (recordemos que tenía el cargo de gobernador del territorio de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur).
Luego de diversas negociaciones, se dispuso el retorno del grupo al continente a bordo del buque argentino Bahía Buen Suceso y el sábado 1 de octubre una lancha británica los llevó hasta la nave. Por último, el lunes 3, de madrugada, el buque atracó en Ushuaia.
Sin embargo, el regreso no tuvo la forma de una recepción oficial a los protagonistas de una hazaña, sino que los esperaba un proceso penal. Recordemos que poco tiempo antes, el 28 de junio de 1966, se había producido un golpe de Estado que había derrocado al presidente constitucional, Arturo Illia. Quien había comandado ese golpe era el general Juan Carlos Onganía, quien era el presidente de facto cuando se produjo el “Operativo Cóndor”. Cabe destacar que la elección de la fecha del operativo no fue casual, ya que esa acción coincidía con la visita al país vinculada con actividades ecuestres del príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de Isabel II. Obviamente, la irrupción de un comando argentino en las islas bajo dominio británico implicaba un asunto engorroso en medio de aquella visita real.
La causa judicial se concentró en la privación de la libertad y la tenencia de armas de guerra (el secuestro de aeronaves no estaba específicamente contemplado en la legislación de entonces). La mayoría recuperó la libertad después de unos nueve meses de prisión preventiva, pero Cabo, Giovenco y Juan Carlos Rodríguez fueron condenados a tres años debido a sus antecedentes. Las 7 banderas no fueron secuestradas, sino que finalmente quedaron en manos de Cristina Verrier, la pareja de Cabo, y con el tiempo fueron distribuidas en diversos lugares.
Por otro lado, conviene no olvidar algunos datos sobre los protagonistas de ese operativo. Como comentamos en este medio en una reciente nota sobre el asalto al Policlínico Bancario (publicada el 29/08/2026), cuando se fueron incorporando a la organización política nacionalista Tacuara jóvenes de distintos sectores sociales, se produjeron diferentes rupturas. Una de ellas fue precisamente liderada por Dardo Cabo, quien en 1961 concretó una escisión que dio origen al Movimiento Nueva Argentina, orientado hacia el peronismo.
Asimismo, si bien en 1966 Dardo Cabo y su segundo, Alejandro Giovenco, estaban unidos en un mismo operativo, con el paso del tiempo sus caminos se bifurcaron fuertemente. Cabo pasó a integrarse a Montoneros, organización guerrillera de la izquierda peronista, y Giovenco fue un dirigente de la CNU (Concentración Nacional Universitaria), grupo parapolicial de ultraderecha.
Ambos murieron de forma violenta en los años 70: Cabo fue asesinado en 1977 en un simulacro de fuga estando preso bajo la dictadura militar; Giovenco falleció en 1974 tras estallarle una granada que llevaba en un maletín en pleno centro porteño. Cabe preguntarse entonces si lo que los unía era una ideología precisa o más bien era el fuerte impulso hacia la acción directa.
Por último, no está de más recordar que, cuando la deteriorada dictadura militar llevó adelante la ocupación de las Islas Malvinas con el fin de mantenerse en el poder en 1982, decidió rebautizar a lo que los británicos denominaban Puerto Stanley, la ciudad que administrativa y políticamente era la capital del territorio. Los militares argentinos llamaron al lugar Puerto Argentino, no Puerto Rivero como habían hecho los integrantes del “Operativo Cóndor”. Ese desconocimiento de tal antecedente implicaba no rescatar dicho operativo y dejarlo caer en el olvido. Por supuesto, esa operación comando llevada adelante por Dardo Cabo y su grupo puede ser objeto de muy variadas valoraciones. Pero, claro, para poder valorarla, primero debe rescatarse del olvido.
*Doctor en Ciencias Sociales (UBA). IG @carloscampora100.









