de Kodes y Navratilova a la nueva generación

de Kodes y Navratilova a la nueva generación

Si un país de 11 millones de habitantes tiene diez tenistas entre las 100 mejores jugadoras del mundo en el ranking de single -incluidas dos top ten- y cuenta con siete entre las 100 mejores en la clasificación de dobles -y entre ellas está la número 1 del mundo- y si encima cuenta con un grupo de juniors integrado por nueve top 100 que viene pidiendo a gritos un lugar en el circuito, no se habla de una buena racha sino de una política de Estado en el deporte. Y con eso cuenta Chequia desde hace mucho tiempo. Es el mismo país, además, que acaba de recuperar la Copa Billie Jean King con un verdadero equipazo, el más potente de la fase final jugada en Shenzhen, la futurista ciudad china que es conocida como el «Silicon Valley asiático».

Con una exhibición de poderío y un dominio inusitado en un torneo muy apretado habitualmente, Linda Noskova y Karolina Muchova le dieron a Chequia la 12° Billie Jean King de su historia (cuentan también las que ganó como Checoslovaquia) al no darles opciones a Ucrania en la definición. Un dato: Noskova está sexta en el ranking y ganó Wimbledon este año y Muchova se ubica octava y llegó a dos finales de Grand Slam en 2026. Más datos: Marie Bouzkova y Sara Bejlek, dos top 30, completaron el equipo junto a Katerina Siniakova, la mejor doblista del mundo, 13 veces campeona de torneos del Grand Slam y bicampeona olímpica. Lo más meritorio es que no les pesó en absoluto el cartel de grandes favoritas y arrollaron por donde pasaron en el Shenzhen Bay Sports Center con seis partidos disputados y seis victorias. Es más, las checas solo perdieron un set en su camino al título: fue el que se le escapó a Bouzkova contra la británica Sonay Kartal en el primer partido.

No ganaban las checas la máxima competencia femenina por equipos desde 2018, una sequía algo extraña para un país que siempre fue una mina de talento, una de las mejores factorías tenísticas del planeta. El país que vio nacer, por ejemplo, a Martina Navratilova (con Checoslovaquia solo ganó una Copa Federación, la de 1975, antes de pedir asilo en Estados Unidos y ganarla tres veces más), tuvo en los últimos años a toda una generación en la más alta de las elites, con cuatro títulos de Grand Slam en las cinco últimas temporadas. Pero recién en 2026 no se materializó esa supremacía en un éxito colectivo. Volvió, por fin, a la cima mundial un Chequia liderado por Barbora Strycova que, con el título, se unió a Margaret Court, Chris Evert y la propia Billie Jean King como las únicas mujeres que festejaron como jugadoras y como capitanas.

Navratilova fue el máximo producto de la vieja escuela checoslovaca. Una escuela que entre las mujeres también contó con figuras rutilantes como Helena Sukova, Hana Mandlikova y Jana Novotna, por ejemplo. Pero hubo un hombre, en realidad, que cambió todo.

“Era mi héroe. Fue mi modelo a seguir y el de casi todos los jugadores checoslovacos no sólo por su tenis sino principalmente por su tenacidad de lucha. Nunca lo vimos quieto. Para mí era un modelo superior al de Rod Laver. El fue quien se enfrentó a las autoridades deportivas de mi país y logró que pudiera empezar a viajar”, fueron alguna vez las palabras que pronunció Martina Navratilova para resumir la personalidad de Jan Kodes, el «padre» del tenis checoslovaco.

En un territorio marcado por los cambios de fronteras e ideologías dominantes debido a numerosas guerras e invasiones, el tenis encontró allí un estatus de calidad a prueba de cualquier desafío. La historia del tenis checoslovaco está repleta de grandes campeones pero Kodes fue su pieza basal tanto en la Checoslovaquia unida como en la posterior República Checa (hoy Chequia) escindida, tanto como jugador como siendo indispensable para el futuro de la mayoría de los que le sucedieron.

Kodes jugó un papel fundamental en la federación checoslovaca. Logró que se aceptara que los jugadores fueran semiprofesionales y pudieran conservar algo del dinero que ganaban en los torneos y no tener que ingresarlo todo en la tesorería; y peleó hasta que en su país entendieron que el tenis profesional era imparable. Así, en momentos muy tensos, cuando la federación quiso vetarle a Navratilova el permiso de jugar en Estados Unidos, Kodes lo consiguió aunque no pudo impedir que su vieja amiga pidiera asilo político en ese país en 1975.

En 1986 cumplió con uno de sus grandes sueños: reformó el CLTK, un club fundado en 1891 en el que está el Centro Nacional de Tenis checo y se ubica en la isla Stavenice, en Praga. Y merced a una fuerte inversión durante décadas y a “utilizar” a sus máximas estrellas para que la semilla del tenis prendiera en las niñas de su país, Chequia se transformó en una potencia..

Navratilova fue el primer ejemplo de la jugadora que ofició de faro para las chicas que comenzaron a jugar. Y a ella le siguieron decenas. Hasta llegar a un presente idílico en el que la figura de Kodes, aún a sus 80 años, sigue siendo vital.

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