En tiempos de cultura digital, ¿qué es hoy el mérito en el mundo del trabajo?

En tiempos de cultura digital, ¿qué es hoy el mérito en el mundo del trabajo?

Aprender un oficio, respetar un horario y cumplir una tarea útil… durante décadas, el trabajo funcionó como un ordenador social imperfecto pero con una virtud decisiva: permitía que el valor de una persona no dependiera exclusivamente de su cuna, de sus contactos o de su simpatía.

Hoy, mientras la inteligencia artificial promete liberarnos de las tareas rutinarias, surge otra pregunta: ¿qué pasa si el futuro no es un mundo sin trabajo, sino una sociedad donde lo más cotizado ya no es producir, sino estar conectado?

La ensayista estadounidense Clara Collier planteó hace poco una advertencia provocadora: si las máquinas asumen casi todas las labores productivas, la economía se replegará hacia lo que los economistas llaman el “sector relacional”.

Es decir, un ecosistema donde lo único escaso y valioso será el trato humano.

Pero lejos de augurar una utopía de ocio fraternal, Collier recuerda que una sociedad organizada puramente alrededor de vínculos se parece bastante a la corte de Versalles en el siglo XVIII: un espacio donde nadie trabajaba por un salario, pero donde la vida entera consistía en intrigas, favores, lealtades, chismes y la angustia permanente por saber quién entra al salón del rey y quién queda afuera.

En mucho ámbitos profesionales ya no alcanza con hacer algo bien: ahora es imprescindible volver visible el talento.

Esa dinámica cortesana ya asoma en nuestra cultura digital. En muchísimos ámbitos profesionales ya no alcanza con hacer algo bien; ahora es imprescindible volver visible el talento, sostener una presencia ininterrumpida en plataformas, cultivar audiencias y lograr que las personas indicadas nos validen.

El mérito no desaparece, pero queda tamizado por algoritmos de afinidad, métricas de reputación y señales públicas de pertenencia.

Las redes, que prometían ser espacios horizontales, terminaron reproduciendo salones aristocráticos donde la atención es el recurso más codiciado.

La socióloga francesa Eva Illouz ha señalado en el pasado cómo el capitalismo contemporáneo tiende a mercantilizar las emociones.

Hoy, además, ya no basta con ser empático o cordial sino que hay que gestionarlo, medirlo y monetizarlo como un activo de marca personal.

El mérito no desaparece, pero queda tamizado por algoritmos de afinidad, métricas de reputación y señales públicas de pertenencia.

Por supuesto que no es necesario romantizar el viejo mundo laboral para advertir el peligro de esta mutación.

Como bien vieron pensadores como Adam Smith, el mercado formal y los salarios impersonales tuvieron una consecuencia liberadora inesperada: al permitirnos ganarnos la vida sin depender del favor de un señor feudal ni de las intrigas familiares, crearon condiciones para nuevos fenómenos, como la amistad sincera, desinteresada y libre de conveniencias.

Así, el trabajo tradicional, con toda su carga de rutina y tedio, nos permitía ser útiles a la comunidad sin la obligación de gustarle a todo el mundo ni de pertenecer al círculo de moda. Frente a eso, debemos evitar que la tecnología convierta a la sociedad en una sucesión de camarillas y cortes digitales donde cada gesto deba justificarse como una maniobra de posicionamiento.

Después de todo, una vida obligada a la diplomacia permanente puede ser muy vistosa para los algoritmos, pero termina erosionando lo más honesto y reparador de nuestra vida en común.

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