“Dormíamos cuando, a las 6.15 de la mañana, saltó la alarma. Pero a las 6.18 todo explotó”, rememora Tetiana Semyhailo, de 52 años, mientras muestra la cama que compartía con su marido, que resultó herido por cortes en las piernas tras reventar las ventanas. Ambos escaparon en medio de la humareda negra que se adueñó de su apartamento, en una quinta planta. Un dron ruso acababa de impactar junto a su bloque, en el distrito de Solomianskyi, en la capital ucrania, Kiev. Ocurrió en la madrugada del sábado pasado, pero la mujer aún sigue presa de los nervios. “Vivimos 24 horas pendientes de las alertas. Por eso recuerdo perfectamente la hora”, concluye.
En efecto, desde hace semanas, las alarmas que advierten de los ataques ya no saltan solo por la noche, sino también durante todo el día. La macabra rutina forma ya parte de la cotidianeidad de los aproximadamente tres millones de habitantes de Kiev. Sufren la mayor ofensiva desde que, en febrero de 2022, las tropas del Kremlin trataran durante cuatro semanas de hacerse con esta urbe, sin conseguir su propósito.
El gobierno ruso ha dejado claro que va a seguir con los ataques y, además, pide a los diplomáticos extranjeros asentados en Kiev que se vayan si no quieren poner sus vidas en peligro, según un comunicado del Ministerio de Exteriores emitido en la tarde del sábado.
Ahora, entre otros numerosos objetivos, el Kremlin está multiplicando el caos entre los ciudadanos atacando de forma sistemática en los últimos días los puentes que conectan las dos orillas de Kiev sobre el río Dniéper. Cuatro en total, desde el jueves.
El gobierno que lidera Volodímir Zelenski prepara ya varios pontones para intentar que la ciudad no quede del todo bloqueada y, más a largo plazo, prevé la construcción de un túnel por debajo del cauce, ha explicado el ministro de Infraestructuras y Transporte, Mykola Kalashnyk, en declaraciones al medio público Suspilne.
El más golpeado es el puente de Pivdennyi, conocido como el del Sur, un paso esencial que ha sido alcanzado hasta en cuatro ocasiones entre el jueves y el viernes. El último impacto llegó cuando las autoridades locales ya habían tomado la decisión de cortarlo pese a su importancia crítica para la capital. Otros dos puentes también fueron bombardeados y cerrados de forma parcial. En medio del caos en las comunicaciones, un cuarto puente, el de Pivnichnyi o del Norte, fue atacado también con un dron en la mañana de este sábado en lo que es visto como una nueva estrategia rusa para bloquear la principal urbe del país.
El tráfico de coches y autobuses, el del metro y el de los trenes se han visto sacudidos. Y los embotellamientos mantienen bloqueada una parte importante de la ciudad. Las imágenes de los proyectiles impactando contra puentes difundidas por los medios de comunicación y las redes sociales suponen otro mazazo añadido al ánimo ya herido de una población hastiada por los años de guerra.
El alcalde, Vitaliy Klitschko, no oculta que la ofensiva está “destrozando” Kiev, donde la situación es “dramática”, según reconoció el viernes tras la reunión del consejo de defensa. El presidente Zelenski, conversó el jueves con EL PAÍS en una escuela recién bombardeada. Dijo que Putin quiere empujar a los vecinos fuera de Kiev, pero “nuestro país es más que la capital y la capital sigue siendo fuerte”.
La ofensiva contra Kiev es la respuesta del presidente ruso, Vladímir Putin, a los contrataques sistemáticos que Ucrania ha desplegado en diferentes regiones del país vecino, sobre todo contra refinerías, y que han cortocircuitado el mercado interior de combustible, con una escasez creciente.
A los impactos contra los puentes se unen muchos otros, mayoritariamente contra objetivos civiles, como destacó Zelenski al tiempo que acusaba a Moscú de bombardear objetivos alejados del frente. Solo en la capital y su corona metropolitana se han visto afectados lugares como escuelas, hospitales, edificios de apartamentos, viviendas unifamiliares, instituciones oficiales, gasolineras, centros de datos que permiten la conexión a internet, comercios, infraestructuras energéticas y de ferrocarriles, almacenes, sedes de medios de comunicación y oficinas, entre otros.
“El enemigo ha cambiado su táctica de bombardeo sobre Kiev”, señala Sergiy Novenko, jefe de la Administración Estatal del distrito de Solomianskyi, uno de los más castigados de la ciudad. “Los ataques prácticamente se mantienen durante todo el día, y hay alertas aéreas casi sin interrupción. Además, se lanzan [drones] Shahed propulsados a reacción”.
La consecuencia de estos ataques es que se impide el normal funcionamiento de la ciudad. “Hay intentos de dejar sin electricidad a la ciudad, de detener los puentes, de destruir las centrales térmicas que actualmente estamos restaurando [tras ataques previos]”, sostiene Novenko. “¿A qué se reduce todo esto? A que el enemigo busca provocar el pánico entre la población”.
Vaciar Kiev
Con 168 ataques, septiembre ha sido, con diferencia, el mes más cruento en Kiev en lo que va de año, según el joven analista francés Clément Molin. El crecimiento se dispara especialmente desde mayo, pero la suma de julio, agosto y septiembre, 392, supera los 386 de los seis primeros meses del año. Los 21 ataques de marzo son un espejismo frente a la actual coyuntura.
Algunos no han aguantado y han dejado atrás a sus padres, sus amigos y su casa. Toda una vida, como explica por teléfono Nadia Andrianova, de 48 años. Esta empleada de una agencia de comunicación ya huyó junto a su pequeña, en marzo de 2022, durante un año. Entonces, las tropas rusas llegaron a las puertas de Kiev sin lograr que cayera. Ahora, Andrianova se ha instalado junto a su hija de ocho años en Uzhgorod, a más de 800 kilómetros de su casa y a un paso de Eslovaquia.
“Las noches en Kiev se volvieron muy peligrosas” y “empezamos a ir a la estación de metro a pasar la noche allí una o dos veces por semana”, relata. En torno a mayo empezaron a llegar los misiles balísticos, contra los que Ucrania apenas tiene defensas. “Impactan muy rápido, así que no tienes tiempo de ir al refugio, ni al aparcamiento subterráneo, ni siquiera tienes tiempo de ir al pasillo, si es que sirve de algo…”, argumenta Andrianova.
En la región de Kiev, como en el resto del país, se ha diseñado un plan especial de resiliencia para afrontar los ataques durante el invierno. Sin embargo, el nivel de presión actual sobre los habitantes es tal que el infierno en que Rusia suele convertir los meses invernales es este año menos tema de conversación en la calle.
“Pese a todo, aquí la situación no es tan difícil como en los territorios cercanos al frente”, destaca Novenko. En todo caso, recuerda que en Solomianskyi han sido alcanzados la tercera parte de los edificios, así como la mitad de los centros educativos: unos 40. Uno de ellos es el visitado el jueves por Zelenski tras el impacto de uno de esos temidos drones a reacción.
La experiencia de los años de guerra y el perfeccionamiento de los sistemas de alerta llevan a los habitantes a tomar decisiones rápidas. Lo explica Tetiana Semyhailo, la vecina del quinto piso: “Cuando avisan de que vienen misiles, corremos al búnker. Pero esta vez era un dron y nos quedamos en la cama”. En la primera planta de su edificio, mucho más cercano a la explosión que el suyo, vive un matrimonio con su hijo pequeño. En mitad del caos, nadie respondía dentro. Pensaron que podrían estar heridos o incluso muertos, así que los vecinos trataron de derribar la puerta sin lograrlo. Minutos después localizaron a esa familia por teléfono. Les confirmaron que estaban fuera.
Roman Samchuk, de 43 años, y su esposa Victoria, de 41, consideran premonitoria la decisión de ella el tomar la decisión de irse a pasar el fin de semana a casa de su madre en mitad de las alarmas. Él muestra entre risas ese portón blindado cinco días después. “Una buena puerta española”, recalca tratando de que el reportero se sienta orgulloso. Ya dentro de la vivienda, se acerca a cada detalle, cada cajón, cada foto, cada zapato… todo cubierto por una película de carbonilla.

Samchuk admite que todavía no está preparado para dejar gran parte de sus pertenencias. Tampoco saben cuándo van a poder volver a vivir en su casa y cuidar de nuevo las vistosas caléndulas que plantaron al pie de la calle y que el dron ruso tipo Geran, cuyos restos yacen todavía cerca, dejó maltrechas. El pequeño Severin, de dos años, corretea junto a los árboles destrozados por la onda expansiva.
Lo que esta familia tiene claro es que, a diferencia de Nadia Andrianova, ellos no se irán de Kiev. Confían en que la investigación policial confirme que no ha habido daños estructurales en el bloque. Mientras tanto, están acogidos por unos amigos. “Nos encanta vivir aquí”, suspira Roman, que recuerda cómo conoció a su mujer en plena invasión rusa y acabaron casándose el 18 de enero de 2024, cinco meses antes de que Severin llegara al mundo en una Ucrania en guerra.
Con un espíritu que la equipara a muchos otros ucranios, Andrianova saca a relucir lo positivo por encima del doloroso desarraigo por dejar Kiev. Está feliz con la nueva escuela a la que acude su hija en Uzhgorod y ambas disfrutan viendo desde su casa, en el cielo, “el vuelo de los aviones sobre Eslovaquia… aviones pacíficos que casi no habíamos visto en cinco años”, agradece.









