Con el Niño o Súper Niño sobrevolando caprichosamente los cielos de Argentina, una pregunta que algunos se hacen es si la cruza in vivo de ese fenómeno meteorológico con el ciclo natural del virus del dengue, cuya temporada arranca ahora (tras un par de años de relativo respiro) podría resultar en un combo explosivo que recuerde el inolvidable brote de 2023-2024. Como se detallará abajo, hay expertos que barajan un interesante efecto paradojal.
De ese tiempo de traspaso de mando presidencial a esta parte (cómo olvidar, en medio de la crisis de las importaciones y las SIRA discrecionales, el faltante de repelente en varias jurisdicciones), hay quienes, a) instalaron mosquiteros, b) pagaron fortuna para vacunar a la familia entera -antes de que las dosis estuvieran disponibles en el sector público de al menos 11 provincias-, o c) llevan un par de veranos estoqueando repelentes, probablemente ya vencidos. Como sea, buscaron anticiparse a que el mosquito vector del dengue, el ya mítico Aedes aegypti (también “taxi” de otros patógenos realmente complicados, el Zika y uno que en particular fue y podría seguir siendo un tema de preocupación este año, el virus Chikungunya), haga alarde de su anarquía otro año más, con eso de no respetar la teoría de que “reaparece cada más o menos cuatro años”.
Más allá de todo eso y de que menos un millón de personas están hoy vacunadas contra el dengue en Argentina (estimación propia en base a información oficial, con apoyo extraoficial de efectores privados), no alienta mucho que intendentes, gobernadores y ministros exhiban sus esfuerzos preventivos para contener los efectos veraniegos del Niño, pero no recuerden la necesidad de que, de cara al verano, arranque el descacharreo.
Tomando en cuenta que la acumulación de agua estancada en rincones, vasitos, platitos de macetas y otros objetos parecidos propicia de forma silenciosa que, si hay huevos de mosquito, eclosionen, y que si nacen larvas, sobrevivan y garanticen el ciclo del Aedes aegypti, es la estrategia más importante contra este tipo de brotes (sumando la amenaza de Chikungunya).
Con todo esto y en un contexto que promete seguir con lluvias frecuentes y duraderas por la engrandecida fase húmeda del ENOS (El Niño-Oscilación del Sur) en el verano 2026-2027, la pregunta tiene más sentido que nunca: ¿podría robustecerse la presencia del mosquito que transmite los cuatro serotipos de dengue?
El súper Niño y el dengue: modelos y previsiones
Distintos modelos climáticos coinciden en que el Niño será intenso a nivel atmosférico este verano, y que esa circunstancia (que no necesariamente “baja a tierra” siempre), probablemente se traduzca en precipitaciones importantes en distintas zonas del país. Principalmente -contaba Clarín hace algunas semanas-, en la Cuenca del Plata (entre los ríos Paraná y Uruguay) y en Cuyo y los Andes norpatagónicos. Pero, ¿qué significa eso para el dengue?
Tomás Orduna, ex jefe del Servicio de Medicina Tropical y Medicina del Viajero del Hospital de Infecciosas “Francisco J. Muñiz”, empezó la charla trazando un límite a cualquier pronóstico aventurado: “La primera cosa es aclarar que todos hacemos futurología relativa a este tema. Nadie tiene la capacidad de decir qué cosa se va a cumplir con respecto al dengue, tanto los que pronostican una epidemia como un pequeño brote, o los que plantean que no va a haber ningún problema”.
“Nada de esto es posible de prever”, repitió, pero luego matizó: “Sin embargo, es cierto que las características climatológicas del Niño ya desde mitad de año vienen mostrando previsiones de gran impacto en toda la región del Litoral y Nordeste, con posibilidad de que se extienda al área metropolitana y Centro, con mucha lluvia. Dicho esto, hay que tomar en cuenta que la temporada del Aedes, que en Misiones comienza en octubre y en el AMBA más bien en noviembre-diciembre, podría coincidir no sólo con que las temperaturas sean las que precisa el mosquito para sobrevivir sino que se sumaría la probabilidad de que haya más agua”.
El agua, recordó el médico, “es indispensable para el ciclo del mosquito: los huevos depositados en las paredes de recipientes pueden permanecer allí hasta entrar en contacto con ella”. Pero la clave está en que, aclaró Orduna, “no es cualquier combinación de agua y temperatura la que precisa el Aedes aegypti”.
La paradoja del dengue y el Niño
Con las temperaturas adecuadas, la aparición del mosquito adulto puede acelerarse, algo que ya se vio en Argentina en repentinas apariciones invernales. En el AMBA “suele demorar 12 a 13 días desde que el huevo toma contacto con el agua en cacharros o recipientes hasta que el individuo adulto sale volando”, detalló Orduna. En Misiones y zonas de clima similar, “ese proceso se reduce a 9 o 10 días”.
Sin embargo, reformuló, “el agua que favorece ese proceso es fundamentalmente la que queda acumulada o estancada. Distinto es lo que puede ocurrir con una lluvia extraordinariamente intensa. Ahí se abre otro escenario”.
El médico se caracteriza por siempre ser muy gráfico. Esta no fue la excepción: “Imagine que tiene un tachito que está a la sombra, pero entra lluvia. Si el agua es suficiente, las larvas podrán crecer, pero si es excesiva, podrían eliminarse. Nada es tan lineal, en este sentido. Para que el Aedes viva, el agua tiene que estar estancada. Doy otro ejemplo: pongamos que tenemos un pote con agua, que además tiene restos de yogur. Si hubiera agua corriendo desde una canilla, habría un momento en que ya no quedaría nada de yogur en el pote. Del mismo modo, el exceso de agua podría ser contraproducente para que vuele el mosquito”.
Es decir que “las mismas lluvias abundantes que multiplican los lugares capaces de acumular agua pueden, si son suficientemente intensas, desbordar o lavar determinados criaderos y arrastrar estados inmaduros del mosquito”.
Por supuesto que “esto no convierte a un Niño intenso en un factor protector frente al dengue: el resultado depende de cuánto llueva, cómo llueva, dónde quede después el agua y de múltiples variables ambientales y epidemiológicas”.
Ahora bien, se preguntó el médico, “¿qué pasó en estas dos temporadas en que no hubo dengue? ¿Hubo mosquito?”. Enseguida contestó: “No mucho, y fue llamativo, porque tampoco hubo tanto mosquito de aquel que pica y molesta especialmente porque zumba. ¿Se puede decir que evidentemente hubo algún efecto de la combinación de agua y lluvia? ¿Será por eso que no hubo brotes?”. Para Orduna, “nada de esto queda claro, principalmente porque es un fenómeno multicausal”.
Las cifras de los vacunados contra el dengue
Es cierto que si las lluvias no arrastraran nada y llegara a ser una temporada fuerte en materia de dengue, una diferencia con 2023-2024 que uno podría poner en la balanza es que una porción de la población está vacunada y que las dosis están a disposición de la población en el sector privado (las dos del esquema de vacunación rondan los 300.000 pesos, menos el descuento por cobertura) y en algunos vacunatorios del sector público de algunas provincias.
En nombre de Vacunar, una de las instituciones privadas que más vacunó contra este virus, el infectólogo Pablo Bonvehí (también director del área de Infectología del CEMIC) estimó que el país lleva administradas (entre los sectores público y privado) unos 2 millones de dosis.
Si bien cada persona debe recibir dos inyecciones separadas por al menos tres meses, Bonvehí aclaró que “no todo el mundo completa el esquema”. Los datos de la entidad que representa parecen un caso testigo de eso: “Nosotros administramos 244.940 dosis pero a 150.793 personas”. Un 20% recibió sólo un pinchazo, de modo que adquirió una inmunidad bastante menor.
Desde el Ministerio de Salud de la Nación informaron a Clarín que desde 2024 llevan repartidas a las provincias 303.180 dosis. En 2024 fueron 97.000; en 2025, 63.000, y este año, 143.180. La estrategia se orientó a 11 provincias consideradas por la cartera que maneja Mario Lugones como “con potencial epidémico”: Catamarca, Chaco, Córdoba, Entre Ríos, Formosa, Jujuy, La Rioja, Misiones, Salta, Santa y Santiago del Estero.
En tanto, aunque los 2 millones de dosis mencionadas podrían ser un mero redondeo para arriba, es evidente que una parte de las dosis distribuidas no fueron usadas aún, y que una porción de los vacunados, como suele pasar, no quedaron consignados (por las demoras o falencias de los servicios) en el registro nacional de vacunas, el NOMIVAC.
Atar cabos con los números no es fácil, pero acá va un intento: el Ministerio informó que en el NOMIVAC figuran 1.671.930 dosis administradas, incluyendo los sectores público y privado. Si todas las personas hubieran recibido las dos dosis del esquema, los vacunados serían 835.965. Sin embargo, Clarín averiguó que el laboratorio que comercializa la vacuna en el país lleva entregadas 2,4 millones de dosis (suficientes para 1,2 millones de personas). Es claro que unas cuantas dosis no fueron usadas todavía y que otras tantas ya consumidas no fueron registradas adecuadamente en el NOMIVAC.
Más allá de las provincias que compraron dosis por su cuenta (al menos Tucumán, Catamarca, San Luis, Santa Fe, Corrientes, Córdoba, la ciudad y la provincia de Buenos Aires lo hicieron), las dosis nacionales cubrieron hasta ahora sólo al 18% de los vacunados.
Del dengue a la vacunación
El esquema de inmunización recomendado por el Ministerio de Salud asegura proteger de la enfermedad grave contra los cuatro serotipos de dengue, tanto en personas seropositivas como seronegativas. Como los cuadros más severos suelen darse en las reinfecciones, la diferencia entre haber y no haber tenido el virus antes es considerado un punto de inflexión en la potencia del cuadro virológico (salvo que sean pacientes inmunodeprimidos o con enfermedades de base, mucho más expuestos ante cualquier infección).
Sin embargo, hay un par de puntos a considerar. Uno de ellos es que sobran las publicaciones científicas que aseguran que la mitad (o más) de la población infectada con dengue transita la enfermedad sin síntomas. Esa hipótesis explicaría muchos de los cuadros graves de la enfermedad, si la persona tuvo antes la infección y ni siquiera se enteró.
El otro aplica a la vacuna, de la que sigue habiendo información “en construcción”, más allá de que probó ser segura en personas de 4 a 59 años y también útil para aplacar los nuevos brotes. Uno de los dos grandes estudios hechos (TIDES), con chicos de 4 a 16 años, hizo un seguimiento de hasta siete años, en el que la vacuna demostró protección duradera frente a la hospitalización en más del 80% de los casos y por cuatro o cinco años, promediando todos los serotipos.
Sin embargo, esos resultados fueron menos contundentes a la hora de visibilizar la protección específica, desagregada, para los seronegativos (los que no tuvieron la infección previo a vacunarse), si les tocara enfrentar un contagio por los serotipos 3 o 4, habiéndose por supuesto vacunado.
Las autoridades de Salud recomiendan que la población de 4 a 59 años residente en provincias expuestas se vacune. Orduna apoyó esa decisión, pero recordó que el Chikungunya corre por otro carril (no hay vacuna disponible en Argentina). En tal sentido enfatizó la necesidad de que vuelvan las campañas de prevención enfocadas en el mosquito: elegir ropa larga holgada en lugares abiertos y, ante todo, descacharrear y cepillar con lavandina donde pueda haber huevos pegados.
Si bien cerrando septiembre los partes epidemiológicos consideraban interrumpida la transmisión viral autóctona sostenida, el virus del dengue viene diciendo “presente” en varios países vecinos. Con facilidad puede llegar al país. Lo mismo el mosquito: a veces la lluvia para y ellos aparecen como salidos de una galera.









