Nos lo preguntan los pacientes, los familiares, los estudiantes y la gente de nuestro entorno: “Esto de la esquizofrenia, ¿qué es realmente?”. Y tratamos de responder con solvencia, aunque algo nos deja insatisfechos: una enfermedad del neurodesarrollo que suele comenzar en la adolescencia, con episodios de delirios, alucinaciones y desorganización. Posteriormente, cursa con una persistente apatía, aplanamiento y tendencia al aislamiento. Seguimos: es una enfermedad poligénica, más de 100 genes están involucrados, cada uno con un tamaño del efecto muy pequeño. Interactúan con una multitud de factores ambientales, entre los que destacan las complicaciones en el embarazo y parto, el trauma, el consumo de drogas, vivir en grandes ciudades o la migración. ¿Hay alteraciones en el cerebro en este grupo de pacientes? Sí, como grupo, sí: aumento de los ventrículos laterales, reducción del hipocampo, adelgazamiento cortical generalizado. Aunque, por otro lado —admitimos—, estos hallazgos no sirven para el diagnóstico. La explicación es correcta, pero algo en nuestra mente científica nos indica que es imprecisa y quizá inútil.








