El 18 de mayo de 2025 la fumata blanca anunció que el cónclave había elegido a quien sería el sucesor de Francisco I. El cardenal Dominique Mamberti fue el encargado de informar que el cardenal Robert Prevost sería el nuevo vicario de Dios y que llevaría el nombre de León XIV.
A miles de kilómetros de Roma, en la Ciudad de Buenos Aires, los integrantes de la congregación a la que pertenece Prevost, la Orden de San Agustín, estaban emocionados, algunos incluso conmovidos hasta las lágrimas. Por primera vez en la historia un agustino fue ungido Papa.
“Nos quedamos impresionados, algún compañero llegó a llorar de la emoción. Era una persona que habíamos conocido mucho y que él nos conocía a nosotros”, cuenta el padre Pablo Hernando Moreno, encargado de recibir a Prevost en 2004 cuando era prior de la Orden.
En esa visita estuvo en Salta y dio una misa en la Parroquia de San Agustín en Buenos Aires, que dejó una postal histórica: a su lado frente al altar, estaba el entonces arzobispo Jorge Mario Bergoglio.
Padre Pablo
El despacho del padre Pablo es amplio, con sillas de madera tapizadas con terciopelo rojo y un sillón enorme haciendo juego. El escritorio tiene una foto de León XIV y pilas de volantes que imprimió el Arzobispado que le da la bienvenida al Papa y anuncia las fechas y horarios de las misas que dará en Argentina.
En una mesa están apilados los libros que escribió, la mayoría sobre la Biblia, pero también sobre la historia de San Martín de Tours y de la parroquia ubicada en Recoleta, en avenida Las Heras 2560.
“Lo que veo necesario, lo escribo. Yo estuve 40 años en misiones en Salta. Como no podíamos ir todos los meses a dar misa, mandábamos trimestralmente unas hojas con comentarios bíblicos que yo escribía para que pudieran hacer una celebración de la palabra. En ese momento no había ni fotocopias, entonces les mandaba el folio largo”, recuerda.
A pesar de haber llegado a la Argentina en 1970, el acento del padre Pablo es inconfundible. Nació en 1946 en la ciudad española de Soria. “Tierra de místicos y poetas”, dice en referencia al lugar donde vivió Antonio Machado.
Con 80 años, el padre Pablo sigue respondiendo a los votos de pobreza y castidad. Foto: Mariana NedelcuViste el hábito negro característico de la Orden y que simboliza el voto de pobreza; la capucha y el cinto largo de cuero representan los votos de obediencia y castidad, respectivamente. Debajo del hábito se asoma el alzacuello blanco típico de la vestimenta de los curas.
“Yo entré al seminario a los doce años, era muy pequeño. Estudié todo el secundario ahí. Un familiar mío que era agustino me invitó. Después hice un año de noviciado, que es el momento donde miramos un poco cuál es nuestra vocación, si la espiritualidad agustiniana nos agrada. Si no te gusta, podés dejar el seminario”, relata el padre Pablo.
Y continúa: “En mi época era normal que los adolescentes eligieran este camino. Yo vengo de una familia muy cristiana y teníamos mucho la idea de misiones. A mí lo que más me convenció fue la espiritualidad de San Agustín”.
Cuando era niño, al padre Pablo le llamaba la atención cómo San Agustín había elegido el Cristianismo, tras pasar por el Maniqueísmo (religión fundada por el Profeta persa Mani, que cree en dos principios irreconciliables, Luz y Oscuridad).
Nacido en Tagaste, África, el 13 de noviembre del 354, Agustín de Hipona fue educado en la fe católica por su madre, Santa Mónica, aunque se apartó de este camino en su búsqueda por la Verdad.
Santa Mónica es representada siempre con un pañuelo, por las lágrimas que derramó esperando la conversión de su hijo, que finalmente decidió bautizarse en 387. San Agustín, cuyos atributos son un libro y un corazón en llamas, unificó el estudio de la filosofía y la teología.
“Me gustó su espíritu de búsqueda y sobre todo su espiritualidad, mirando siempre hacia dentro. San Agustín nos dice que es muy hermoso el mundo, todo lo que Dios ha creado, pero que miremos hacia nuestro interior y cultivemos lo bueno que tiene cada uno”, afirma el padre Pablo.
En 1970 llegó a la Argentina, a la prelatura de Cafayate, un paisaje muy distinto al de Madrid: tenía electricidad cuatro horas al día y rutas y caminos de tierra que atravesaba montando un burro para visitar otros puestos de misión de la zona.
“Para ir a la montaña íbamos con un baquiano. Parábamos a comer en ranchitos en el camino, acomodábamos la montura y seguíamos. Fuimos construyendo casas parroquiales. Éramos jóvenes, era mucha la tarea que teníamos y no se nos pasaba por la mente decir, ‘No, yo lo dejo porque me siento sin fuerzas’”, cuenta.
Fue en Cafayate que recibió a Prevost y lo acompañó en su recorrido por el norte argentino en 2004. “Fuimos conversando en el auto y lo que noté fue su capacidad de escucha. Él era mi superior y no se impuso, fue dialogando, preguntando, con ganas de escuchar. Iba anotando todo de forma muy precisa. No en papel, sino en su maquinita, una computadora muy norteamericana”, describe.
Y agrega: “Él tiene cosas muy norteamericanas. En Cafayate quiso jugar al tenis, no a la pelota como nosotros. Costó, pero al final encontramos una cancha y pudo jugar ahí”.
La Orden de San Agustín, formalizada dentro de la Iglesia Católica en 1244 por el papa Inocencio IV, llegó a la Argentina en el siglo XVII, en particular a San Juan, Mendoza y Buenos Aires. Pero en 1823, con la sanción de la Ley de los Regulares, comenzó un proceso que prácticamente extinguió la presencia agustiniana.
El Papa tiene cosas muy norteamericanas. En Cafayate quiso jugar al tenis, no a la pelota como nosotros.
La Parroquia San Agustín, ubicada en Recoleta, fue inaugurada en 1910.Padre Juan Antonio
La Orden regresó al país en 1900. Siete años después se puso la piedra fundamental del colegio y de la iglesia de Buenos Aires, gracias a la donación -de terreno y medios económicos- de Mercedes Baudrix de Unzué (ver La Iglesia).
La red agustiniana está compuesta también de las parroquias de San Martín de Tours (CABA); San Agustín (Mendoza); Santa Teresa de Jesús (Salta) y Nuestra Señora de la Candelaria (Catamarca) y un total de cinco colegios.
“Los agustinos estamos en Cafayate desde el ‘69. Y es uno de los lugares que más engancha a nuestros jóvenes de Buenos Aires porque pueden encontrarse con otros valores, con otras realidades, con otras familias, con otras necesidades muy diferentes que los ayuda a reconocer el valor de compartir, de la fraternidad y de ser solidarios”, cuenta a Viva el padre Juan Antonio Gil Solorzano, vicario regional de la Orden.
También oriundo de España, concretamente de Castilla y León, llegó a la Argentina hace 16 años. “En mi época las familias tenían muchos hijos y normalmente solía salir un cura, una monja y un militar”, afirma entre risas.
Aunque no tuvo tantos hermanos, el seminario agustino representaba la posibilidad de estudiar. “Había un grupo de 25 agustinos que nos fueron transmitiendo el carisma, el estilo que tienen los agustinos de vivir en comunidad, de vivir en amistad”, describe.
Sentado en uno de los bancos de la parroquia porteña, el padre Juan Antonio se emociona al recordar su elección por el camino de la fe. No viste el hábito agustiniano, sino una camisa con alzacuellos y un blazer de tweed, con un prendedor de la Virgen de Luján y una escarapela argentina en la solapa. Del bolsillo saca un pañuelo para secarse las lágrimas que asoman.
“Uno estudia y va madurando su camino, no todos querían ser curas, pero otros los mirábamos y decíamos ‘yo quiero ser como éstos’. Y uno se va enganchando. Me gustó ver cómo vivían los agustinos, cómo compartían, cómo se divertían, cómo eran amigos”, rememora.
El padre Juan Antonio es español y llegó a la Argentina hace 16 años. Foto: Mariana Nedelcu.El padre Juan Antonio opina que en la actualidad “no hay muchas vocaciones en Argentina”, donde actualmente hay 18 frailes agustinos. Dentro de poco, cuenta, se sumarán dos más que se ordenarán “en estos días”. “En otros lugares del mundo hay personas que se alejaron de la iglesia y que sus hijos están volviendo porque no encuentran sentido fuera”, señala.
En el tiempo que lleva como miembro de la Orden, el vicario regional admite que han tenido que adaptarse a los cambios en la sociedad, en especial los tecnológicos. “Nosotros hacemos muchos bautizos aquí y hay algunos niños que se echan a llorar. Bueno, la única forma de quitarles el llanto es darles el celular”, resume.
En la escuela, además, aparecieron casos de alumnos con problemas con el juego online. “Es algo que les hace mal a los chicos. Creo que con la poca natalidad que hay a los hijos se les da de todo para tenerles contentos y sería bueno ponerles límites para así prepararles para seguir caminando por la vida”, opina.
La adicción al celular es otra marca que observa en los jóvenes de la comunidad, con “chicos que llegan muy cansados al colegio” porque se quedaron toda la noche pegados a la pantalla.
Las misiones, agrega el padre Juan Antonio, son una oportunidad para limitar el uso de la tecnología y donde los alumnos “se encuentran con gente más humilde y eso les llena el corazón”. “En esos lugares son capaces de privarse del celular”, asegura.
“Debemos saber utilizar las cosas para el bien de los chicos y que sepan que no todo depende de las redes sociales, que hay otras formas de comunicarnos, de educar, que es el compartir y estar juntos y que lo potenciamos en la escuela”, añade.
El padre Juan Antonio sostiene que es necesario “ser críticos” con las nuevas tecnologías, dejando de lado “todo lo que no nos lleve a ser más humanos” y “recoger lo mejor que tiene”. La Orden tiene sitio web propio con información y en la parroquia de Las Heras los fieles pueden encontrar en los bancos unos stickers azules cuadrados que tienen un código QR para hacer donaciones.
Asimismo, se lee con atención y se quiere discutir en las aulas el mensaje del papa León XIV en su primera encíclica, Magnifica Humanitas (Magnífica Humanidad), publicada en mayo de este año y dedicada a “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.
En su texto, el Sumo Pontífice advierte que no se puede considerar a la IA como “moralmente neutra” y sostiene que es necesario “impedirle el dominio sobre lo humano”. El pontífice denuncia también que la inteligencia artificial se encuentra en manos de “grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso”.
León XIV llama a luchar contra la deshumanización y las “nuevas formas de esclavitud” que las empresas utilizan para extraer los recursos naturales necesarios para el funcionamiento de esas tecnologías y pide soluciones más sostenibles “para reducir el impacto sobre el medioambiente y cuidar nuestra Casa común”.
A la espera de la visita del Papa, el padre Juan Antonio cuenta que “nos estamos preparando, juntando a la familia agustiniana”, que incluye a los miembros de la Orden, a las Agustinas Misioneras y a la Orden de Agustinos Recoletos -que nace en España en el siglo XIV como un movimiento de reforma que buscaba una vida más austera y conventual- y van a hacer un encuentro con jóvenes.
Además, esperan poder tener una audiencia con León XIV, aunque saben que su agenda en el país es muy apretada. “Hay muchas personas con ansias de conocer al Papa. No pudo venir Francisco y bueno, pues ojalá no tardando venga nuestro hermano Robert Prevost, agustino”, dice.
En la fachada de la Parroquia se puede ver un afiche grande con León XIV con los brazos abiertos en un saludo desde el balcón del Vaticano. Abajo de su imagen, se puede leer la cita: “Soy hijo de Agustín”.
Es temprano en la Ciudad, está nublado, fresco y amenaza con llover. Adentro de la iglesia alrededor de 30 fieles de distintas edades acuden a la misa de las 8 de la mañana.
Una mujer vestida con un trench color beige se ubica en uno de los bancos del fondo. Lleva de la mano a su hijo, un niño de tres o cuatro años que, silencioso, juega deslizándose sobre el reclinatorio y espera paciente a que termine el servicio.
La misa es para los enfermos y se reza por la salud de León XIV, diagnosticado con un adenocarcinoma pulmonar después de haber sido operado para extirparle un nódulo en el pulmón derecho.
Hay muchas personas con ansias de conocer al Papa. No pudo venir Francisco y bueno, pues ojalá no tardando venga nuestro hermano Robert Prevost.
Padre Diego
“La misa la ofició Moses Sasia, un hermano que viene de Sudán del Sur”, cuenta el padre Diego Francisco Corbalán. Oriundo de Luque, Paraguay, entró a la Orden el 14 de febrero de 2013 cuando tenía 20 años.
“No me olvido porque era el Día de los Enamorados – recuerda-. La misa de inicio, que se hacía en la facultad de Teología la tenía que presidir el entonces cardenal Bergoglio y justo no pudo ir porque tuvo que ir al cónclave.”
Oriundo de Paraguay, el padre Diego ingresó a la Orden a los 20 años. Foto: Mariana NedelcuEstaba cursando su primer año en la carrera de Economía cuando un padre agustino lo invitó a hacer un discernimiento vocacional, que es la etapa en la que se conoce la Orden y su historia y se decide si se inicia o no el camino.
Para ser agustino después viene el aspirantado, donde se conoce la vida comunitaria de los frailes; el postulantado, donde es necesario estudiar Filosofía, Teología, Biblia, Liturgia y vida religiosa; el noviciado, cuando se toman los primeros votos; y el profesorado.
Para el padre Diego fue un proceso de ocho años que lo llevó de Paraguay a Argentina, Perú y Roma, donde terminó el bachiller en Teología. “Me ordenaron el 8 de octubre de 2021 en la ciudad de Salta. Iba a ser en 2020, pero no se pudo por la pandemia”, lamenta.
Lo primero que le llamó la atención de los agustinos fue su vida en comunidad. “Siempre somos al menos tres”, explica. “San Agustín habla de la interioridad, de que la Verdad se encuentra dentro, de buscar a Dios adentro. Esa búsqueda de Dios no es solo, sino que es en comunidad. Eso me atrajo y me motivó a seguir adelante”, afirma.
Hoy tiene entre sus tareas acompañar a los alumnos del Colegio San Agustín. “Los chicos viven cambios constantes y cada vez más acelerados, así que acompañarlos en la fe es un desafío. Pero los adolescentes tienen una gran sensibilidad social, un deseo de ayudar al otro”, opina.
Aun así, reconoce que hay que “buscar una cierta creatividad” para que logren conectar con la fe y que pueden surgir preguntas a partir de productos culturales, como películas o incluso el último disco de Rosalía, Lux, inspirado en la relación que tiene la artista española con la religión.
“Cuando se acercan a quinto año, en los retiros aparecen preguntas más existenciales y quieren profundizar y plantear cosas mucho más personales. Se nota mucho la diferencia con los años anteriores”, describe.
El viaje de León XIV genera entusiasmo. Además de su visita en 2004, Robert Prevost estuvo en Argentina en marzo de 2013, acompañando como Prior de la Orden de San Agustín la ordenación de monseñor Alberto Bochatey como obispo auxiliar de La Plata.
2013. Bergoglio saluda al padre Juárez; atrás se ve al actual León XIV. “Les contamos a los chicos que en ese momento dio una bendición en la escuela, pero que quizás estaban en inicial y no se acuerdan -dice el padre Diego-. Creo que la visita es una alegría porque fortalece nuestra comunidad aquí en Argentina. Los chicos muchas veces ven al Papa como alguien lejano porque está en Roma, pero van a ver que es una persona muy sencilla y muy cercana. Creo que va a estar bueno escuchar lo que tenga para decir, que como sociedad y como Iglesia nos va a hacer mucho bien.” Ojalá pueda venir.
San Agustín habla de interioridad, de la Verdad se encuentra dentro, de buscar a Dios adentro. Esa búsqueda de Dios no se hace solo, se hace en comunidad.
La Iglesia: esa parroquia de Las Heras al 2500
El 12 de octubre de 1907 se colocó la piedra fundamental de lo que sería el Colegio y la Parroquia San Agustín, íntegramente donada por Mercedes Baudrix de Unzué. La familia Unzué construyó su casa de verano -que luego fue su hogar- en el predio de tres manzanas entre las actuales calles Agüero y Austria y las avenidas Del Libertador y Las Heras.
“No nos dieron un kilo de fideos, nos dieron una iglesia”, dice el padre Pablo Hernando Moreno, autor de San Agustín de Hipona. Su iglesia en Buenos Aires (Editorial Guadalupe), sobre la donación. La Quinta Unzué, que luego fue residencia presidencial, estaba donde hoy se erige la Biblioteca Nacional.
La iglesia fue construida en honor a la memoria de Mariano Unzué, esposo de doña Mercedes, que falleció el 28 de agosto de 1910, el día de San Agustín. El templo se inauguró pocos meses después. Hay varias placas que conmemoran la importancia y la generosidad de la señora Baudrix de Unzué en la parroquia, incluido un retrato de ella en uno de los laterales del edificio.
Los vitrales y el órgano de la parroquia fueron traidos de Europa. Foto: Mariana NedelcuEl edificio neogótico fue creado por el arquitecto Luis A. Broggi con materiales traídos de Europa, incluido un órgano alemán de la firma Laukuf. “Los vitrales son de la Casa Gaudín, de París, la misma que hizo los vitrales del Teatro Colón”, detalla el padre Pablo. La firma de Gaudín se ve en uno de los vitrales de la puerta principal del templo.
Además de santos y escenas de la vida de Jesús -su bautismo en el río Jordán, su Crucifixión y la Resurrección, entre otras-, hay vitrales agustinianos que recorren la historia de San Agustín de Hipona. Está su conversión; su bautismo por San Ambrosio; San Agustín junto a su hijo Adeodato y su madre, Santa Mónica, en Ostia Tiberina; y también la fundación de lo que hoy es la Orden de San Agustín.
En el altar mayor están las imágenes de San Agustín, Santa Teresa y también de la Virgen de la Merced, en honor a Mercedes Baudrix de Unzué.










