El Balón de Oro debería tener dos secciones. Una siempre para Messi. «La peor temporada de Messi es la mejor para el resto de jugadores», dijo alguna vez Pep Guardiola. Tiene absoluta razón el DT catalán. Aunque a medias. Porque la campaña que evaluaron los cien periodistas que participaron de la votación convocada por la revista France Football estuvo lejos de ser la peor de Leo. Fue entre muy buena y excelente. Y no se habla simplemente de goles o asistencias. Se habla de su influencia. Porque no hubo ni hay ni posiblemente habrá un futbolista capaz de ser tan influyente en el juego. Y él lo sigue haciendo con 39 años. Y si esa influencia no alcanza para ganar el Balón de Oro, tal vez el problema no sea Messi, sino la manera de elegir al mejor.
Messi, que pasó parte de este lunes tomando mates y mirando partidos de la copa infantil que apadrina en Miami, a kilómetros de la glamorosa gala que lo tuvo ocho veces como máximo protagonista, fue el mejor de todos en el Mundial de Canadá, México y Estados Unidos. ¿A quién le quedan dudas? Se insiste: lo hizo al borde de los 40, cuando la mayoría de las estrellas del fútbol ya vive de sus ahorros o de los rendimientos de sus inversiones. Pero siempre lejos de una cancha.
¿Le pueden achacar que no fue campeón? Parece un argumento débil. Argentina se quedó sin energías tras la épica victoria en la semifinal contra Inglaterra y vio cómo se le escurría el sueño del bicampeonato por culpa de la excelsa y pétrea España de Luis de la Fuente. Incluso vale retroceder a 2010, cuando Leo superó a Iniesta y Xavi, campeones en Sudáfrica 2010. No es condición sine qua non saber cuánto pesa para ser el mejor.
Tampoco Messi pudo quedarse con el título de goleador ni convertirse en el máximo artillero histórico de los Mundiales porque se lo impidió ese súper atleta que es Kylian Mbappé, favorecido en la recta final por sus gritos en el insípido partido por el tercer puesto que Francia perdió con la Inglaterra de Harry Kane.
Al fin y al cabo, el inglés fue el inesperado ganador en la coqueta velada celebrada en el London Palladium Theatre. Es crack Kane. Verlo en la cancha es una delicia. Dicen que es un goleador, pero cuando baja unos metros, es cerebral y decisivo para generar desequilibrios. Para completar el combo de fenómeno, dejó atrás el aura de perdedor desde su arribo al Bayern Munich. Pero, por más que se luzca, Kane no es Messi. Ni lo será.
¿Por qué a Messi no le alcanzó para ser el mejor de todos? Sería una mirada corta no reconocer que la mayoría de los mejores futbolistas del planeta juega en Europa. Y por eso los periodistas suelen privilegiar las principales ligas de ese lado del Atlántico. Parece que vale más un gol en la Premier League o en la Bundesliga que en cualquier otro lugar. Y es lógico. Pero tampoco es fácil ni normal lo que hace Messi semana tras semana en la MLS, la disruptiva estación que eligió como su última parada en clubes.
Se entendería el desprecio si Leo estuviese vegetando por las canchas de Norteamérica. Pero el tipo juega y juega sin parar y marca la diferencia. Está a años luz de sus rivales y, lejos de perder la capacidad de improvisación y la velocidad para jugar, va al Mundial, con el corazón herido por la enfermedad de su papá, y brilla más que todas las estrellitas que deslumbran en el Viejo Continente. Eso es clase. Eso es vigencia. Y esas son las razones principales por las que debió haber ganado su noveno Balón de Oro. Poco debe importarle. Está claro. El problema es que muchos nunca escucharon o entendieron a Guardiola.










