Cuando muchos creían que la piratería musical era un hábito abandonado tras la muerte de Napster y Taringa!, este año las búsquedas en Google de “descargar MP3” están tocando techos históricos, los tutoriales para ripear canciones de YouTube acumulan millones de visitas y explotó la venta de viejos reproductores de música.
El negocio del streaming, que prometía darnos todas las canciones por una pequeña suscripción, está crujiendo y dando a luz a una nueva generación de usuarios de sitios ilegales.
De acuerdo con el portal Headphonesty, en 2024 hubo más de 17.000 millones de visitas a sitios de piratería musical, un aumento sostenido que coloca al sector ilegal como la cuarta economía del entretenimiento mundial.
En Suecia, cuna de Spotify y del mítico Pirate Bay, uno de cada cuatro usuarios admitió haber pirateado contenidos el último año y los sitios que convierten videos de YouTube a MP3 reciben millones de visitas diarias.
Al parecer, el modelo de suscripción que perfeccionó Spotify se volvió caro, fragmentado y frustrante. Lo que alguna vez fue una solución al caos de los archivos terminó replicando los mismos males que vino a curar en lo que el periodista Cory Doctorow describe como un nuevo proceso de “enshittification”, la manera en la que las plataformas degradan su servicio en la búsqueda de rentabilidad.
El negocio del streaming, que prometía todas las canciones por una pequeña suscripción, está dando luz a usuarios de sitios ilegales.
Según informes de la Unión Europea, entre streaming de video y de audio, las familias de ese continente gastan en promedio 700 euros anuales en suscripciones y aun así muchas veces no logran acceder a todos los artistas o series que desean.
Los artistas tampoco están felices: la ex directiva de Spotify Emily White reconoció hace un tiempo que el modelo de negocios actual sigue sin funcionar, ya que los ingresos globales de la industria musical comienzan a recuperarse mientras que la mayoría de los artistas apenas pueden sobrevivir con los montos que cobran por reproducción.
Pero no se trata sólo de dinero, ya que los más jóvenes también están buscando conexiones emocionales que van a contramano de la rapidez y comodidad de sitios como Spotify.
En todo el mundo se viene dando un redescubrimiento de los viejos iPods y los reproductores de MP3 de bolsillo, además de desarrollos de dispositivos open source para reproducir música sin conexión.
Spotify se volvió caro, fragmentado y frustrante. Alguna vez fue una solución al caos de los archivos, ahora replica los males que vino a curar.
De acuerdo con el crítico Derrick Gee, hoy bajarse un MP3 es una forma de colección, como si fueran vinilos digitales en una suerte de intento por reapropiarse del tiempo y del propio gusto en clara resistencia frente al consumo dictado por recomendaciones algorítmicas.
El retorno de la piratería no es una simple nostalgia digital sino que es un síntoma cultural de nuestros tiempos. Expone el hartazgo de una generación que no quiere alquilar su identidad musical, sino poseerla y que parece preferir una carpeta llena de archivos a una nube gobernada por algoritmos que no reparte dividendos con justicia.
Tal vez el próximo cambio en la música no venga de una nueva app ni de una tecnología más veloz, sino de una revolución hacia atrás: un regreso a lo tangible, a la escucha lenta y al placer de elegir qué canciones merecen quedarse para siempre.










