Dios vive acá, en Jerusalén, pero tiene muchos nombres y muchos domicilios. El sitio más sagrado para los judíos queda adentro de ese templo islámico de cúpula dorada que aparece en todas las fotos de la Ciudad Vieja. Para hacer el Vía Crucis de Jesús, hay que recorrer las primeras ocho estaciones adentro del barrio musulmán, entre vendedores de azafrán, tules y comino.
Incluso en la iglesia del Santo Sepulcro hay seis cultos cristianos -armenio, sirio, etíope, griego, copto y católico- que comparten la administración del lugar donde están, en menos de 30 metros, el peñasco sobre el que Jesús fue crucificado, el sitio donde lavaron su cuerpo y la tumba vacía desde la que, según la fe cristiana, resucitó.
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La masacre de Hamas en Israel, dos años después
La capital de Israel es un aleph borgeano (el punto que concentra todos los puntos) con una carga de símbolos que espían tras cada piedra milenaria y pueden ser Cielo o Infierno, según quién los interprete.
Hay una escalera pequeña de madera libanesa apoyada en una ventana exterior del Santo Sepulcro -una escalera común, de pintor, de carpintero o de techista- que está allí hace más de 200 años y nadie puede tocar: tiene sus patas en zona ortodoxa y la punta en zona armenia.
Como no se sabe de quién es exactamente, la escalera está allí hace siglos. Ahora mismo la estamos viendo desde una explanada donde se pone el sol. No es un detalle bonito, pero mejor estorbar una fachada que herir una susceptibilidad.
El sitio donde nació el judaísmo es el mismo en el que Mahoma ascendió a los cielos. Los judíos no entran a orar en la Cúpula de la Roca, la mezquita islámica que atesora esa piedra sagrada, pero lo hacen en el Muro de los Lamentos, la última pared en pie tras la destrucción del segundo templo, cuya estructura principal estaba justo donde ahora está… el edificio musulmán.
Dos mujeres soldado, jóvenes y armadas, en la antigua Jerusalén. Foto H.G./ClarínAllí Abraham fue a cumplir con su prueba de fe decidido a sacrificar a un hijo hasta que Dios lo detuvo. Pero los judíos y cristianos dicen que ese hijo era Isaac, mientras que para los musulmanes era Ismael.
Las diferencias empiezan hace 4.000 años, en el Génesis, aunque hoy hay en el estado judío dos millones de árabes -la gran mayoría, musulmanes- que son ciudadanos israelíes de pleno derecho, además de cristianos y minorías como drusos, que habitan pueblos enteros al norte de Israel y, más allá de las alturas del Golán, del lado de Siria.
Fui a un refugio con mi hija y ella temblaba. Sonreía para tranquilizarme a mí: ‘No estoy temblando, papá.
PabloGuía de turismo israelí nacido en el Chaco
Todos rezan, veneran, ruegan, palpitando el fin de una guerra cuyo campo de batalla ha estado en el mapa, en la calle, en el colectivo y en la opinión pública internacional.
El enemigo ha sido el grupo terrorista Hamas en la franja de Gaza, pero también los misiles que lanzan los hutíes que cobija Irán desde la lejana Yemen, la amenaza constante de Hezbollah en la frontera norte con Líbano, un chofer de camión que mata a dos guardias en la frontera con Jordania o dos jóvenes que andan por Jerusalén y, de la nada, abren fuego contra la gente que espera el colectivo y mata a seis personas que se levantaron hace dos horas pensando en regar las plantas, comprarse un jean o visitar a los nietos.
Ahora, en un restorán elegante fuera de la Ciudad Vieja, suena una alarma antimisiles y los comensales dejamos las mesas para ir a un refugio seguro. La única indicación es alejarse de las ventanas.
Hay cierta inquietud entre los visitantes y calma en los locales. Ocho minutos después, una app del celular dice que pasó el peligro y vuelta a la mesa.
Era un misil de Yemen que fue interceptado por la «cúpula de hierro» de la defensa israelí. La comida aún está tibia.
Así es la vida en este rincón del mundo, bisagra entre Asia, Europa y África, donde llegó el enviado de Viva junto a otros periodistas argentinos en un viaje coordinado por la Embajada de Israel en Buenos Aires en septiembre, justo antes de que se aceleraran las negociaciones por la paz que impulsó el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
En la peatonal Ben Yehuda un grupo de jóvenes baila en la calle coreando covers en inglés alrededor de un guitarrista de 20 años.
Más allá, en la esquina de un McDonalds Kosher, una chica ensaya pasos de reguetón a todo volumen.
¿Nadie oyó la alarma, hace unos minutos? Estos chicos cantan y bailan como en cualquier otro sitio del planeta donde no suenan alarmas antimisiles.
Chicos en bicicleta, en el barrio judío de Jerusalén. Foto H.G./ClarínIsrael cumplió el segundo aniversario desde los ataques de Hamas del 7 de octubre de 2023 envuelto en acusaciones de llevar a una crisis humanitaria a Gaza (la franja palestina de 41 kilómetros de largo por entre 6 y 12 de ancho), desde la que aquel sábado llegaron los terroristas y se llevaron rehenes que aún esperan por su destino en túneles indescifrables del otro lado de los alambrados.
-¿Israel admite una crisis humanitaria en Gaza?-, preguntó Viva a Nadav Shoshani, vocero del Ejército israelí, en un cuarto que es un búnker en un segundo piso de un edificio de Tel Aviv.
-La situación en Gaza es muy compleja. La guerra cumplió dos años y yo puedo hablar sobre los esfuerzos que hicimos para enviar más comida que la necesaria y para una campaña de vacunación masiva de los niños. Hamas ha escondido a sus terroristas entre la población civil, sacó tubos de agua para usarlos como lanzacohetes y le dijo al mundo: “No tenemos agua”. Israel les da el agua ahora. Los terroristas se escondían en la zona humanitaria amenazando a los civiles, y si íbamos a buscarlos decían: “Israel ataca la zona humanitaria”.
El pedido por los rehenes
Todo es tan cercano que cuesta dimensionar del otro lado del mundo que la lucha es, al mismo tiempo, tecnológica y cuerpo a cuerpo. El cruce de misiles o cohetes desde Gaza o El Líbano a Israel se puede hacer desde 30 o 40 kilómetros.
Una guerra entre Sarandí y La Plata, Ezeiza y San Vicente, Vicente López y Pilar.
A las 7 de la mañana no hay canchas de vóley disponibles en la playa central de Tel Aviv, a la altura de la calle Gordon.
Media hora después, la gente que corre, camina, pasa en motociclos como flechas, patina paseando perros o pelotea con raquetas sobre frontones improvisados de la rambla ya es una multitud.
El Mediterráneo es turquesa y hay grúas construyendo torres aquí y allá.
Hace calor y hay que madrugar, pero la actividad temprana también es un modo de ganarle al tiempo por si suenan las alarmas y hay que interrumpir todo yendo a los refugios. El futuro se construye de lo inmediato.
La misma escena de runners activos y despreocupados se ve en Hayarkón, el pulmón verde que es los bosques de Palermo de Tel Aviv.
Los refugios públicos se llaman miklat y están en edificios, parques o estacionamientos. Sólo hay que entrar y sentarse allí hasta que las apps de los celulares -las más populares son Tzofar y Red Alert- digan que ya pasó el peligro. Es normal que haya entre cuatro y seis alarmas por día.
Una mujer en la puerta de uno de los refugios públicos (miklat), en Sderot. Foto H.G./Clarín¿Todo es tan normal que ya no afecta a nadie? “Fui a un refugio con mi hija y ella temblaba. Sonreía para tranquilizarme a mí: ‘No estoy temblando, papá’, me decía. Nosotros no pudimos naturalizarlo”, cuenta Pablo, un israelí nacido en Chaco, guía de turismo.
El país convive entre la guerra y la modernidad. Junto a las autopistas impecables -de números pares las que van de Norte a Sur, e impares de Este a Oeste- se ven, en muchos tramos, kilómetros de cañerías rosas que llevan el agua por todo el país.
El 60% del territorio israelí es desierto, pero se ven extensas plantaciones verdes por una gran infraestructura de riego por goteo.
Hay experiencias con robots que recorren los surcos de árboles frutales y cosechan manzanas en su punto justo, y un desarrollo de alta tecnología para los autos del futuro, sin conductor.
El futuro está acá nomás, a 15 años: son modelos para 2040.
El sueldo mínimo -repositor en un supermercado, empleado en un McDonalds- es de 35 séquels la hora, unos 10 dólares; 80 dólares al día, 1.600 al mes.
Puede alcanzarle a un estudiante que tenga alojamiento, pero no a alguien que tenga que alquilar: un departamento de dos ambientes, pequeño, no baja de los 2.000 dólares mensuales.
La educación y la salud son públicas.
En el centro de Tel Aviv, junto al Museo de Arte, hay una plaza que es, desde hace dos años, la plaza de los rehenes.
La Plaza de los Rehenes, en Tel Aviv. Foto H.G./ClarínEl espacio concentra, en pocos metros, carteles con las fotos de los secuestrados, cintas y sillas amarillas (que simbolizan la espera del regreso), mensajes en papelitos sujetos a las ramas de los árboles, un auto incinerado por el grupo terrorista Hamas, un pasadizo que replica los túneles donde se cree que mantienen a los rehenes en Gaza y un piano cubierto de calcomanías.
“Hasta que estén todos juntos”, dice la leyenda principal, en hebreo.
¿Un piano? Es para recordar a Alon Ohel, pianista, secuestrado a los 22 años. “You are not alone” (No estás solo), dice un cartel amarillo sobre el instrumento que ahora se sienta a tocar Bella, una mexicana de 18 años que está en Israel por un intercambio estudiantil.
Sus dedos recorren el teclado y suena Another Love, de Tom Odell. La gente que pasa cerca se detiene bajo el sol pesado del mediodía y el ruido de la ciudad se desvanece. El mundo flota en esa dulce melodía.
“Toco por Alon -le dice la chica a Viva-, porque él no lo puede tocar”.
Alon está ahora quién sabe dónde, quién sabe si vivo, en los kilómetros de túneles que Hamas construyó bajo las arenas de Gaza.
Los rehenes aún sacuden las entrañas de Israel y han sido el estandarte de quienes apoyaron la guerra y de quienes marcharon para pararla.
Ahora es la noche de un sábado en Jerusalén y hay 6.000 israelíes manifestando en contra de la guerra y del gobierno de Netanyahu, al que han llamado “traidor”.
Los asistentes llevan etiquetas adhesivas con el número de días desde que se llevaron a los 48 rehenes que esa noche seguían en Gaza: 715.
Tamar, 27 años, estudiante, habla en primera fila: “Que todos los secuestrados vuelvan y paren el avance en Gaza. No se puede extender la guerra al infinito”, dice a Viva.
El acto es sobre una rotonda de la parte nueva de la ciudad, a una cuadra de donde vive el primer ministro israelí, sobre una calle que se llama, increíblemente, Gaza.
Los rastros del ataque
Esta historia empezó el 7 de octubre de 2023, cuando 5.500 terroristas de Hamas entraron a Israel desde la franja de Gaza. Se infiltraron por 114 puntos de la frontera, se reagruparon en 35 sitios y asesinaron a 1.219 personas.
Los terroristas tenían mapas detallados de los principales edificios fronterizos de Israel, incluyendo varios kibutz, y se llevaron 251 rehenes originarios de 27 países.
El ataque sorprendió a Israel, que tuvo la mayor falla de seguridad de su historia. Todo duró entre 24 y 48 horas.
Durante una incursión premeditada y demencial, los terroristas asesinaron familias, violaron mujeres, acribillaron automovilistas e incineraron casas y coches con la gente adentro.
Hubo tres focos principales donde se desplegó esa brutalidad.
El kibutz Nir-Oz, un festival de música electrónica que se hacía al lado de una ruta y la pequeña ciudad de Sderot, donde los atacantes consiguieron tomar la comisaría local.
Hay otro sitio emblemático de la locura: el cementerio de autos incinerados que quedaron tras el ataque en Tkuma, al sur de Israel y justo enfrente de Gaza. Allí están las carcasas de 1.650 coches. Cada uno tiene una historia de horror. Y de heroísmo.
Cementerio de autos incinerados que quedaron tras el ataque en Tkuma. Foto H.G./ClarínEse auto gris con el parabrisas destrozado por las ráfagas de ametralladora era el de Ben Shimoni, un chico que en la fiesta de música electrónica levantaba gente para huir de los terroristas, los dejaba en un pueblo cercano y volvía de nuevo a salvar a más jóvenes.
A la tercera vez que regresó, lo asesinaron. Salvó a 13 personas.
Su padre Rafi va una y otra vez a ver ese coche. Lleva una remera con la cara de Ben, dibujado con alas en la espalda. Él también pide “traer de nuevo a nuestros secuestrados”.
En la fiesta de música electrónica hubo más de 380 personas asesinadas y 44 secuestrados. La fiesta se hizo en un descampado de Reim, unos 100 kilómetros al sur de Tel Aviv, 13 kilómetros al norte del kibutz Nir-Oz y a dos minutos de la frontera con Gaza.
Los terroristas vieron a los jóvenes desprotegidos y comenzaron una cacería humana, incluso disparando a los baños químicos donde muchos chicos buscaron esconderse.
Justo ahí bailaba con sus amigos Mazal Tazazo, una etíope de 31 años. Sus amigos fueron asesinados. Ella se salvó porque fingió estar muerta.
Así fue asistida Mazal Tazazo: sobrevivió al ataque de Hamas fingiendo estar muerta. Foto: Archivo Clarín.“Empezaron los disparos y nos tiramos en una hilera de árboles al costado de la ruta, boca abajo. Ahí sentí cómo me golpearon la mano que tenía en la nuca con la culata de un arma. Mi remera se llenó de sangre y luego, cuando vino alguien a enrollar mis piernas con una cuerda para llevarme con ellos, me quedé completamente inmóvil. Pensaron que estaba muerta y se fueron”, cuenta Mazal ahora, en el mismo sitio donde todo ocurrió.
Pudo morir. O ser una rehén implorando por el final de la locura en los túneles de Hamas.
En el predio al que ella no puede dejar de ir a recordar a sus amigos, se multiplican los carteles con las caras de las víctimas y una pequeña historia sobre cada uno.
Bajo el rostro sonriente de Segev Kizhner, un chico de 22 años asesinado allí mismo, hay un muñeco con la camiseta de la selección argentina. Messi ni debe saber que también festeja un gol mirando al cielo en este rincón lejano de duelo y arena.
Mazal Tazazo, en Tel Aviv, en la Plaza de los rehenes, cuenta cómo sobrevivió. Foto H.G./ClarínDiez minutos al sur, sobre un camino desde el que se ve Gaza -ahí nomás, a un kilómetro y medio, pasando esa línea apacible de árboles-, está el kibutz Nir-Oz. Un kibutz es un barrio cerrado donde los vecinos viven en comunidad, compartiendo cultivos o algún emprendimiento.
Si en Jerusalén se siente a Dios, en Nir-Oz se siente la muerte.
Hay decenas de casas destruídas con las huellas de las balas y el fuego. Aún están allí, entre escombros, hierros como tirabuzones, camas fundidas y el olor persistente del hollín, los vestigios de la vida arrancada de cuajo.
Una mesa puesta para el desayuno que nadie va a tomar, una casa de muñecas para que las nenas que ya no están jueguen al levantarse, una pila de libros, un par de zapatitos número 23 para un nene de ¿tres, cuatro años? que va a morir antes de que se los pongan.
En el kibutz Nir-Oz vivían 417 personas; 117 de ellas fueron asesinadas o secuestradas.
Los terroristas entraron aquel sábado 7 de octubre a las 6.29 y a las 6.47 cometieron el primer crimen. Los terroristas lo filmaron en vivo.
El asalto al kibutz lo hicieron 140 hombres de las Fuerzas Nukhba de Hamas, que se visten como las fuerzas de élite israelíes. Al mediodía ya había 500 terroristas en el kibutz. El Ejército israelí recién llegó a las 12.30, seis horas más tarde. Esa demora inexplicable aún está en tela de juicio.
Hay cráteres de disparos en las paredes y en las ventanas. Los rostros de cada víctima en esas ruinas que fueron sus casas son un laberinto de dolor.
El hilo del espanto va de la casa de un amigo al otro, de una hermana a su hermano, de un nieto a su abuela, de un suegro a su yerno, con terroristas entrando a matar, abriendo la heladera familiar para darle dos sorbos a una Coca Cola ante los chicos que acaban de dejar huérfanos, y pasando a la casa de al lado para matar otra vez, porque sí, a quienes se van despertando con los disparos y estarán muertos al minuto siguiente. Los atacantes queman las casas con los cuerpos adentro.
Marcelo Garzón (64), un argentino radicado en Israel hace más de 40 años, llora recordando al esposo de su hija. Dolev Yehouv, enfermero, tenía 35 años, se despertó con los disparos, encerró a su esposa y sus hijos en un refugio y salió a enfrentar a los terroristas. Lo asesinaron bajo el techo de una casa que fue incendiada.
“Era un chico sin igual. El daño a nuestra familia es para siempre”, dice Marcelo.
Tiene tatuados los nombres de sus cuatro nietos en el antebrazo izquierdo. “Cuando crezcan y me pregunten, les contaré lo que pasó, pero no voy a transmitir odio. Odio nunca. Ese rencor no lleva a ningún lado. La vida es sagrada, no importa si sos árabe, judío o cristiano…”.
Los sonidos de Gaza
Es la una de la tarde, hace calor, hay bandadas de cotorras entre los eucaliptos y se oye una detonación allá enfrente, atrás de los árboles, en Gaza. Dos minutos después se levanta una columna de humo blanco.
El ejército israelí entró la noche anterior con 20.000 soldados, apoyados por tanques y aviones. Aún faltan 10 días para las negociaciones impulsadas por Trump.
Ese avance de Israel sobre Gaza -que implicó el desplazamiento involuntario de miles de palestinos hacia el sur de la franja- tuvo una fuerte condena en Occidente. Un informe encargado por las Naciones Unidas llegó a hablar de “genocidio”.
Henrique Cymerman es un experimentado corresponsal en Medio Oriente de medios de Portugal, España y Brasil. Trabajó cerca del Papa Francisco y ahora cena con periodistas argentinos en Jerusalén.
“Los líderes de la derecha israelí dicen que cuando tu casa se está incendiando tienes que apagar el fuego y no salir a explicar lo que estás haciendo. Yo creo que eso es un error. Esto -dice, y levanta el celular- es un arma muy poderosa”. La guerra también es por la comunicación.
-¿Pero hay o no hay 65.000 muertos en Gaza?
-Se habla de 65.000 muertos desde que empezó la guerra y eso es un mito. La fuente que cita la ONU es el Ministerio de Salud de Gaza, manejado por quien era el portavoz del brazo armado de Hamas. Él instaló esa cifra. Y otra cosa que hay que decir es que los combatientes de Hamas luchan de civil, sin uniforme. ¿Y sabes por qué? Para que los cuenten como víctimas civiles si mueren en la batalla.
El enviado de Viva y otros periodistas de la comitiva pidieron a mediados de septiembre entrar a Gaza para ver la situación dentro de la franja. O acompañar hasta su destino final a los camiones con comida que vimos yendo hacia la frontera con Gaza, del lado israelí.
El pedido fue denegado por las autoridades israelíes, alegando razones de seguridad.
Sderot, donde los terroristas asesinaron a 50 personas y atacaron la estación de Policía, es la ciudad más bombardeada por Hamas de todo Israel.
Cuando suena la alarma la gente sólo tiene 15 segundos para entrar a un refugio. Los refugios se extienden por la calle como si fueran paradas de colectivos.
La mitad de los niños de Sderot tiene síntomas de estrés postraumático. ¿Eso hace que la gente abandone la ciudad? Todo lo contrario: Sderot tenía 20.000 habitantes hace una década y ahora tiene 35.000. Aquí, la resiliencia se milita.
Ahora cae el sol del sábado en Jerusalén. Frente al Muro de los Lamentos, un muchacho baja las escaleras delante nuestro con un fusil M-16 colgando de la espalda. Lleva kipá y una sonrisa natural. Camina como si llevara una mochila con peluches.
Pasa al lado de otro joven armado, también con el fusil a la espalda, que conversa animadamente con una mujer. Hay nenes corriendo y jugando aquí y allá.
Un joven armado se acerca al Muro de los Lamentos para rezar, en Jerusalén. Foto H.G./Clarín“Este no es un país con ejército…, es un ejército con país”, dice un israelí al que le preguntamos cuántas balas lleva un M-16. Veinte o treinta, depende del cargador.
A pasos del muro hay grupos de jóvenes que bailan y cantan abrazados, en rondas eufóricas, e invitan a sumarse a los visitantes con cordialidad genuina y exultante. Parecen chicos en un viaje de egresados a Bariloche. Algunos también cargan fusiles.
“¡Shabat Shalom!”, gritan, con las mejillas coloradas y la respiración agitada de los saltos. Un sábado en paz, se desean, nos desean. Ahí nomás, sobre el muro de 2.000 años con las grietas rellenas de deseos en papelitos, otros hombres rezan, abstraídos del bullicio.
Un sábado en paz, con una multitud de jóvenes sonrientes, armados, cálidos y sudorosos, mirando al cielo estrellado y cantando en hebreo, en una danza que une milenios con futuro, y carga el aire de una corriente espesa que se parece -en este instante mínimo y precioso- a la felicidad.












