Abundan las camisetas de ese amarillo furioso con los vivos violetas. Las de LeBron James ganan en número, casi por escándalo. Se cuentan las dos: la del 6 y la del 23. Es que en su carrera en la NBA, utilizó ambos dorsales, los dos en distintas etapas de la liga de basquetbol más importante del mundo. La influencia que tuvo Michael Jordan en su carrera lo llevó a utilizar mayormente el 23. Desde sus años en la escuela secundaria en St. Vincent-St. Mary, lo usó como un homenaje al ídolo que marcó su infancia. En varias entrevistas, fue claro. «Michael Jordan fue mi inspiración. Yo usé el 23 porque de niño lo veía como un dios del basquetbol. Lo que hizo por el deporte me hizo querer ser como él”, declaró varias veces durante su etapa en Cleveland. En 2010, cuando firmó con Miami, cambió temporalmente al 6 como una forma de mostrar su respeto por Jordan. “Creo que nadie debería usar el 23 en la NBA. Debería ser retirado en honor a MJ. Hizo tanto por el juego que es lo mínimo que podríamos hacer”, dijo entonces. Hoy, en Los Angeles Lakers, el «rey» de la NBA volvió a usar ese 23.
También, en el Crypto.com, el estadio que es la casa de los Lakers, se ven muchas camisetas con el 77 de Luka Doncic, la otra gran figura del equipo. Y aquí también hay una historia detrás de ese número. Es que el esloveno, cuando llegó a la NBA para jugar en Dallas, quiso mantener el 7 que traía del basquetbol europeo y que lo había utilizado siempe en homenaje a su ídolo, el griego Vassilis Spanoulis, pero ese dorsal era de Dwight Powell. Entonces decidió «redoblar» y usar el 77, un número que se convirtió en parte de su identidad.
El 23 y el 77 dominan los alrededores de la casa de los Lakers, muy cerca del centro angelino. Claro que allí, donde anualmente se celebra la entrega de los Premios Grammy y donde, por ejemplo, se realizó el velatorio de Michael Jackson en 2009 (el estadio se llamaba Staples Center y su nombre actual cambió el día de Navidad de 2021), hay una estatua que es la preferida por los fanáticos para sacarse una foto: es la de Kobe Bryant y su hija Gianna que se levantó en 2024, cuatro años después de la muerte de ambos en un accidente de helicóptero. Bryant es todo un símbolo para los angelinos. Es un nombre que excede a los Lakers y al básquetbol. Por eso, y más allá de que en esa Star Plaza hay otras 11 estatuas de deportistas y presentadores que marcaron la historia de la franquicia y también de Los Angeles Kings (el equipo de la NHL de la ciudad), la de ambos, mirándose a los ojos, se lleva las miradas del mundo.
Juegan los Lakers en el Crypto.com y por más que sea un amistoso de pretemporada ante Golden State, el estadio -que en los Juegos Olímpicos de 2028 albergará la gimnasia y se llamará Arena del Centro por las reglas del COI- prácticamente llena su capacidad de 19 mil espectadores. Ya pasaron las camisetas con el 23 y el 77, ya quedaron atrás las fotos en el exterior. Es tiempo de comprar todo el merchandising posible de cara a la temporada de la NBA que está a punto de arrancar (en Argentina se verá por ESPN y ahora también por Amazon Prime) y que, casualmente, lo hará con Oklahoma City-Houston y con un Lakers-Warriors en el mismo escenario el próximo martes 21. Es hora, también, de comprobar la fuerte globalización del torneo: entre la gente que concurre a ver el partido hay público de todo el mundo aunque sobresalen los latinos y los orientales. La NBA trabaja muy bien al respecto y no es casualidad que, por ejemplo, en la pretemporada haya habido un partido en Macao (Nets-Suns), que en noviembre se jugará un encuentro en México DF (Pistons-Mavericks) y que en enero habrá dos Magic-Grizzlies en Berlín y en Londres. Desde que asumió en octubre de 2012 en reemplazo de David Stern, el comisionado Adam Silver, abogado de profesión, entendió todo el negocio…
Aunque hay ausencias muy importantes de ambos lados, los espectadores acuden igual. En los Lakers no están James, Doncic y Marcus Smart; en los Warriors faltan Stephen Curry, Al Horford y Jimmy Butler. Sí aparecen Deandre Ayton en el local y Draymond Green en su adversario. Ambos son anunciados como titulares y ninguno de los dos logra descollar -Ayton hizo algo más- en un partido con poca defensa y jugado con un ritmo bastante más bajo del habitual. Ganaron los Lakers por 126 a 116 con 21 puntos de Austin Reaves pero a nadie parece importarle demasiado.
Todos están más atentos a que la cámara los enfoque para bailar, darle un beso a la pareja o hacer una morisqueta que a nadie le hará gracia excepto a los que también aparecen en la pantalla gigante al mismo tiempo e intentan sobresalir con una payasada aún mayor. Una buena parte de la gente parece estar en otra cuando acude a presenciar un partido de una de las cinco ligas profesionales del deporte local.
Entonces nunca va a sorprender que en la mitad del juego el 50 por ciento de las butacas queden vacías por más que los organizadores se esfuercen por amenizar el entretiempo con juegos, sorteos, una banda en vivo que toda desde una de las partes más altas del estadio, un DJ que pasa música electrónica sobre cualquier otro género y las 21 Lakers girls que bailan y se mueven con una plasticidad envidiable y podrían estar protagonizando una publicidad de champú que nadie diría lo contrario por la manera en la que mueven los cabellos esas niñas. Sólo se trataría de un milagro si no terminan con dolores intensos de cuello después de cada partido…
Tampoco llama la atención que la gente comience a irse antes de la chicharra final. Es más, 10 minutos después de finalizado el encuentro, el escenario aparece vacío. No queda nadie. Ni siquiera los jugadores de los Lakers que se van directo al ómnibus que los llevará al aeropuerto para irse rápidamente a Phoenix, donde los Suns los esperan para otro test de preparación. El gigantesco micro ploteado arranca una vez que JJ Redick, el entrenador que habló los diez minutos pautados con la prensa, se sube ante los aplausos de sus dirigidos.
La salida de la cancha es muy tranquila. Nadie comenta ninguna acción del partido. Los vendedores ambulantes que improvisan pequeñas parrillas para vender hot dogs sobre todo, tienen todos los números comprados para volver a casa con la mercadería intacta. En una ciudad tan grande como Los Angeles, lo mejor es pedir un Uber para llegar lo más rápido posible al hogar. ¿Transporte público? A las 21, en esta ciudad, bien gracias…
Tampoco hay demasiados lugares abiertos para cenar a esa hora por más que la zona sea bien transitada incluso de noche. El museo Grammy, el Centro de Convenciones, las importantes cadenas de hoteles, los rascacielos que miran imponentes desde bien arriba a esa multitud que parecen hormigas y que caminan sobre veredas que ya juntan basura y cruzan las avenidas por cualquier lado. Todo eso forma parte de una escenografía propia de la ciudad.
Atrás, entonces, quedaron las camisetas de dos de los más grandes ídolos de una de las franquicias más populares de la NBA. La de los 17 títulos, la que no celebra desde 2020 y quiere hacerlo para igualar los 18 de los Celtics. La que el año pasado se quedó afuera de la primera ronda de los playoffs ante Minnesota a pesar de haber quedado tercera en el Oeste. Atrás quedaron ese 23 y ese 77 que son icónicos aunque no tan reverenciados como el 8 de Kobe Bryant. Ese que también, en forma de estatua, aparece levantando el dedo índice hacia el cielo.










