Durante buena parte del siglo XX miramos al cielo con la expectativa de hallar algo extraordinario, desde objetos voladores no identificados a señales de radio de vecinos distantes o ruinas de civilizaciones no humanas.
Sin embargo, hoy que los telescopios se multiplican y los algoritmos de IA procesan más datos que nunca, el entusiasmo por la búsqueda de vida inteligente parece haberse desvanecido… ¿nos volvimos menos curiosos o será que el universo es de una normalidad insoportablemente aburrida?
La hipótesis del astrofísico Robin H.D. Corbet, del NASA Goddard Space Flight Center, es que lo que rige al cosmos es un principio de “mundanidad radical”, por la cual la mejor mejor explicación a la paradoja de Fermi, que plantea la contradicción entre la alta probabilidad de vida extraterrestre y la ausencia total de pruebas, es que si existen otras civilizaciones no están tan avanzadas o no se interesan tanto por la aventura cósmica.
Para quienes crecimos viendo los viajes del capitán Kirk buscando extraños nuevos mundos a bordo del Enterprise, las ideas de Corbet nos rompen muchas ilusiones: el universo puede albergar un número “modesto” de civilizaciones tecnológicas, todas detenidas en una meseta evolutiva sin viajes más rápidos que la luz, sin máquinas que sepan utilizar la energía oscura ni megaestructuras estelares.
En suma, nada que viole las leyes conocidas de la física ni que produzca señales detectables a escala galáctica.
En este escenario, las especies inteligentes logran alcanzar un nivel tecnológico similar al nuestro, envían algunas sondas y experimentan con la exploración estelar, pero tarde o temprano se aburren o temen los riesgos de expandirse más allá.
Es, de hecho, lo que estamos viviendo al terminar el primer cuarto del siglo XXI: una desaceleración del progreso científico vinculado con el espacio y hasta cierto hastío frente a proyectos que parecen imposibles. Quizá este cansancio sea universal.
Esta noción de que puede haber otras criaturas en el espacio pero tan limitadas y preocupadas por sus cuestiones cotidianas como nosotros.
Es un cambio de época frente al entusiasmo que no sólo la ciencia ficción sino figuras como Carl Sagan le inyectaron a una parte importante de la sociedad.
La búsqueda de inteligencia extraterrestre con proyectos como SETI nos presentaba un universo lleno de interrogantes y misterios, pero hoy no nos asombra tanto, mirándonos una vez más el ombligo, esta vez por nuestras propias máquinas inteligentes.
Esto no quiere decir, sin embargo, que se hayan detenido las búsquedas pero sí que en muchos casos hay proyectos como el telescopio Square Kilometre Array o el Observatorio de Mundos Habitables que buscan rastros de atmósferas vivibles, pero imaginando nuevas formas de vida que se parecen más a bacterias que a mentes para conversar.
Hipótesis: si existen otras civilizaciones no están tan avanzadas o no se interesan tanto por la aventura cósmica.
Tal vez, entonces, el universo esté lleno de inteligencias que, como nosotros, miran hacia arriba por un ratito antes de volver a revisar el celular o conversarle a un chatbot para no sentir la soledad. Un cosmos silencioso no porque esté vacío, sino porque nadie tiene nada interesante que decir.










