los riesgos de la baja natalidad en la Argentina

los riesgos de la baja natalidad en la Argentina


En los últimos años, el descenso de la natalidad se volvió tema de debate en medios, gobiernos y foros internacionales. Pero también es tema nacional. Desde 2014 al presente, el número de nacimientos en la Argentina cayó más de un 40 por ciento. El dato, que hizo público el Observa torio del Desarrollo Humano de la Universidad Austral, encendió alarmas. ¿Qué sucederá cuando las muertes superen a los nacimientos?

Para colmo de males, la tendencia parece tener escala mundial. Si nos llevamos por la revista científica The Lancet, que el año pasado publicó datos calculados por la Universidad de Washington, en 2100 el 97% de los países tendrán una baja de fertilidad importante.

Hoy la población mundial es de 8.200 millones de personas. Según los cálculos de los investigadores norteamericanos, en 2100 seríamos entre 6.300 y 8.800 millones. Es decir: habría un descenso fuerte o, al menos, una suba ínfima.

Pero a no desesperar, que hay otras predicciones. Desde el CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), Rafael Rofman -especialista en demografía e investigador- explica que mientras se mueva en los rangos actuales, no hay problemas en tanto y en cuanto las políticas públicas den respuesta a esta transición demográfica.

Según cálculos, en 2100 el mundo tendría entre 6.300 y 8.800 millones de habitantes. Foto: Archivo Clarín.

El mayor optimismo lo trajo un informe de las Naciones Unidas de 2024, que señala que un colapso poblacional total está lejos.

Calcula que la población mundial alcanzará un pico de 10.300 millones en 2084 y luego descenderá a unos 10.200 millones para 2100. Desde estas proyecciones, la disminución será leve. Pero lo cierto es que cada vez se traen menos humanos al mundo.

Juventud: menos mamás teen

Antes que nada, es importante tener en cuenta que la mayor caída en la tasa de fecundidad en nuestro país corresponde al embarazo adolescente: entre 2014 y 2020, hubo un descenso del 55% en menores de 20, y en el grupo de adolescentes menores de 15 años, la reducción fue del 58%. Ahora bien, ¿no sería una excelente noticia?

Rofman interpreta la caída en la baja de natalidad como consecuencia del territorio ganado por las mujeres en términos de derechos. “Más equidad de género, más participación de las mujeres en el mercado laboral, más acceso a la educación y a los anticonceptivos, más caad en las familias y en las mujeres para tomar decisiones sobre maternidad o paternidad”, asegura.

Según los expertos de la Universidad de Washington, de aquí al 2100 la población del planeta sólo crecería en 600 millones de personas. Pero tampoco descartan un descenso: evalúan que podría bajar hasta los 6.300 millones.

Según datos del Ministerio de Educación de la Ciudad, el impacto de la baja de la natalidad ya se siente en las aulas: entre 2016 y 2023, la matrícula de sala de 4 años disminuyó un 17%, la de sala de 5 años un 19%, y la de primer grado un 15%.

Rofman opina: “Hace no mucho tiempo, en la Ciudad de Buenos Aires, todos los años teníamos un debate sobre por qué no alcanzaban las vacantes en educación inicial. Ahora sobran. Es bueno, aprovechémoslo”.

La lógica que plantea este investigador es que, si hay menos alumnos, hay más recursos disponibles por estudiante.

Demografías críticas

Rofman explica que, desde tiempos antiguos y hasta las cercanías de la Revolución Francesa, la fecundidad se mantenía en torno a los siete hijos por mujer. Esto, lógicamente, correspondía a sociedades que no tomaban medidas de ningún tipo para controlar su fecundidad.

Según especialistas en demografía, a partir de los procesos de urbanización, industrialización y cambio en el rol de las mujeres, las tasas de natalidad comenzaron a bajar. Foto ilustración: Archivo Clarín.Según especialistas en demografía, a partir de los procesos de urbanización, industrialización y cambio en el rol de las mujeres, las tasas de natalidad comenzaron a bajar. Foto ilustración: Archivo Clarín.

Sin embargo, a partir de los procesos de urbanización, industrialización y el paulatino cambio en el rol de las mujeres, las tasas comenzaron a bajar. Este descenso se dio a distintas velocidades en todo el mundo, siendo más acelerado en Europa Occidental y luego en los países periféricos.

Argentina siguió una evolución similar con ciertas particularidades. En 1900, las mujeres argentinas tenían en promedio seis o siete hijos. Para 1950, la cifra había descendido a tres y medio, en parte por la incorporación de nuevas prácticas reproductivas traídas por los inmigrantes europeos. Luego, la baja se desaceleró.

En 1950, Argentina y Uruguay tenían la fecundidad más baja de América Latina. Pero en 2010, más de treinta países de la región los habían superado. Argentina pasó de liderar el proceso de transición demográfica a quedarse rezagada.

¿Por qué? Según Rofman, porque mientras la clase media urbana ya había completado esa transición, los sectores más vulnerables mantenían tasas altas.

A esa brecha se sumaron políticas públicas pronatalistas -especialmente durante la dictadura militar-, que incluso prohibieron la distribución de anticonceptivos en hospitales públicos.

Hoy, las tasas de fecundidad varían ampliamente: en el África Subsahariana siguen siendo altas (4 o 5 hijos por mujer). Uno de cada dos nacimientos en el planeta en 2100 sucederá ahí.

Mientras tanto, en Asia han caído drásticamente. Por ejemplo, Corea del Sur tiene actualmente la tasa más baja del mundo, con apenas 0,7 hijos por mujer (la cifra se logra dividiendo la cantidad anual de nacimientos por la cantidad de mujeres en edad reproductiva). Si se mantiene esta tendencia, para 2100, la población coreana será de la mitad.

Ahora bien, la preocupación por el tamaño de la población nunca fue neutral. A fines del siglo XVIII, el economista británico Thomas Malthus advirtió que si se ayudaba demasiado a las personas por debajo de la línea de pobreza, estas tendrían más hijos y su situación empeoraría.

Figuras como Elon Musk defienden una mayor natalidad como garantía del crecimiento económico. Mientras que los feminismos reivindican el derecho a decidir sobre la reproducción de cada persona.

Desde esta mirada, las políticas sociales eran vistas como un estímulo peligroso para la reproducción.

Aunque el diagnóstico malthusiano perdió fuerza con el desarrollo de la Revolución Industrial, resurgió en el siglo XX cuando las potencias occidentales, preocupadas por la “explosión demográfica” en el sur global, comenzaron a promover políticas de control de natalidad desde una lógica conservadora y capitalista.

Instituciones como el Club de Roma o la Fundación Rockefeller, por ejemplo, impulsaron campañas para contener el crecimiento poblacional en los países más pobres.

¿Y los estados qué hacen?

En América Latina, el control de la natalidad fue interpretado muchas veces como una forma de imperialismo. Según Sol Prieto, socióloga e investigadora del CONICET, desde la década de 1930 la Iglesia Católica articuló su proyecto moral y político en torno a la familia heterosexual, monogámica y fecunda como núcleo central de la nación.

Para algunos expertos, la baja natalidad es el reflejo de una transformación histórica. Foto ilustración: Archivo Clarín.Para algunos expertos, la baja natalidad es el reflejo de una transformación histórica. Foto ilustración: Archivo Clarín.

Esa alianza entre moral religiosa y política estatal se profundizó con el Concilio Vaticano II y la aparición de la píldora anticonceptiva. En 1968, la encíclica Humanae Vitae prohibió el uso de métodos anticonceptivos que no fueran la abstinencia.

La consecuencia fue una alianza tácita -y a veces explícita- entre Iglesia, Estado y sectores conservadores que coincidían en un punto: las mujeres no podían decidir solas sobre su fecundidad.

Se restringió el acceso a anticonceptivos, se desalentaron discursos sobre derechos reproductivos, y se reforzaron estructuras de control. Sin embargo, las mujeres resistieron.

Una encuesta del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE) de 1965 reveló que más del 77% de las mujeres católicas en Buenos Aires había utilizado anticonceptivos o recurrido al aborto a pesar de las restricciones.

Con la vuelta de la democracia, los avances en materia de derechos sexuales y reproductivos fueron irregulares. El gobierno de Raúl Alfonsín promovió reformas como el divorcio vincular o la patria potestad compartida, pero también retrocedió en aspectos vinculados al aborto.

Durante el menemismo, la alianza con la Iglesia se afianzó: se declaró el Día del Niño por Nacer, se evitó adherir al protocolo de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW ) y varias provincias modificaron sus constituciones para declarar la vida desde la concepción.

Hoy, la politización de la demografía continúa. Figuras como Elon Musk y corrientes tecnolibertarias defienden una mayor natalidad como garantía del crecimiento económico.

En el otro extremo, los feminismos y ciertos sectores progresistas reivindican el derecho a decidir sobre la reproducción. La discusión sigue abierta: ¿quién decide cuántos somos, en función de qué proyecto de sociedad?

Lo que sí queda claro es que la caída de la natalidad no es apenas un dato estadístico: es un reflejo de una transformación histórica en la forma en que entendemos la familia, la libertad y el futuro. Lo corroboramos en los casos más a nuestro alcance.

Por ejemplo, una pareja porteña -la de Miranda (20) y Franco (23)- llevan su decisión de no tener hijos con toda seguridad. Ella lo tuvo claro desde la adolescencia: “Para mí, la maternidad y la felicidad no podrían coexistir”.

Él suma la dimensión económica y política: “La caída de la natalidad no es casualidad. La gente joven está sufriendo mucho las consecuencias del deterioro laboral y económico, y eso pesa a la hora de proyectar una vida con un hijo”.

La baja tasa de natalidad coincide con un cambio de valores: hoy el proyecto familiar compite con el individual. Las generaciones jóvenes valoran más su tiempo libre y sus aspiraciones personales. Tener hijos ya no es la prioridad.

Ambos notan que la presión social es desigual: “Como mujer, sentís que ser madre implica abandonarte a vos misma por veinte años. En cambio, a los varones no se les exige ser padres perfectos, y muchos directamente abandonan la paternidad”.

Vejez: ¿pagar jubilaciones?

Cuando se habla de baja natalidad, el foco suele ponerse en el impacto económico: ¿cómo sostener un sistema previsional basado en los aportes de los trabajadores si hay menos nacimientos y al mismo tiempo se prolonga la expectativa de vida?

Pero, desde una perspectiva feminista, la preocupación va por otro lado. Lo que se evidencia, según la doctora en Filosofía Danila Suárez Tomé, es una crisis del cuidado. No es posible que la vejez de millones dependa de que otras tantas decidan tener hijos. ¿El problema es la caída en la tasa de natalidad o que seguimos sosteniendo un sistema previsional pensado en los ‘60?

“Tenemos que correr el eje de la economía de la productividad hacia el cuidado”, propone Suárez Tomé. La clave no estaría en garantizar una afluencia constante de trabajadores que financien a los retirados, sino en repensar por completo cómo cuidamos a las personas a lo largo de toda su vida. Desde este enfoque, el paradigma no es ni pronatalista ni antinatalista, sino de justicia reproductiva.

“Queremos un sistema en el que se pueda elegir tener o no tener hijos, y que ambas decisiones estén igualmente sostenidas por los esquemas de cuidado”, explica Suárez Tomé. Esto implica que quienes no tienen hijos no deban asegurarse un descendiente que los cuide en la vejez, y que quienes sí los tienen no vean comprometida su autonomía por falta de apoyo de sus hijos.

Sol Prieto profundiza esta mirada y señala que el temor a la baja natalidad revela un problema estructural más profundo: las instituciones de bienestar social están desactualizadas. “Una vez que la autonomía reproductiva existe, no se puede volver atrás”, advierte.

En lugar de intentar modificar las decisiones personales, el desafío es adaptar las instituciones a esa nueva realidad. Hoy, el sistema previsional argentino se sostiene sobre un esquema 100% contributivo que ya no refleja el mercado laboral actual: el 43% del empleo es informal, y de ese universo solo un 5% aporta mediante el monotributo un monto que es casi simbólico.

En este contexto, Prieto plantea una serie de preguntas urgentes: ¿tiene sentido seguir apostando a este modelo contributivo? ¿Por qué es más aceptable pedirle a la población que tenga más hijos que pensar en una reforma impositiva? ¿Por qué no discutir cómo aumentar la productividad o formalizar el empleo? El problema no es que falten nacimientos, sino que sobran esquemas pensados para un país que ya no existe.

El papel de los papás

Tanto Prieto como Suárez Tomé coinciden en destacar el ejemplo de los países con Estados de Bienestar presentes. Allí, las familias no se organizan sobre la base de una cuidadora y un proveedor, sino de dos cuidadores-proveedores.

Las políticas públicas acompañan: licencias parentales equitativas, campañas de corresponsabilidad, redes de jardines accesibles, mecanismos efectivos para asegurar el pago de la cuota alimentaria.

En Suecia, por ejemplo, hay guarderías en casi todas las manzanas y una fuerte participación femenina en sectores dinámicos de la economía.

En Argentina, en cambio, la corresponsabilidad sigue siendo desigual y fragmentaria. El profesor Nicolás Pontaquarto, del Instituto de Masculinidades, advierte que si bien hoy se ven más padres involucrados (en reuniones escolares, grupos de WhatsApp, consultorios pediátricos), ese cambio está condicionado por la clase social y el nivel educativo.

“Donde hay mayor implicación paterna es en sectores registrados y con terciario completo, interpelación de mujeres y feminismos mediante”, apunta. Pero aun en esos sectores, el reparto del tiempo sigue siendo desigual: 7 de cada 10 padres no cumple con la cuota alimentaria.

La intención está, pero faltan condiciones. “Cuando abrís la conversación, todos ven con buenos ojos tener más días para cuidar a sus hijos. Hay un deseo de dejar de ser esos padres-choferes o encargados de logística”, señala.

Sorprende, quizás, pero es una realidad global: las sociedades más educadas y con mayores niveles de riqueza tienden a tener menos hijos. La pregunta entonces es: ¿por qué la riqueza se traduce en menos hijos?

La norteamericana Jennifer Sciubba, una de las principales especialistas en demografía del mundo, cree que la respuesta reside en un “cambio tremendo en valores y normas”. Hoy, el proyecto de vida individual compite con el familiar. “Valoro mi tiempo libre, valoro una buena comida en un restaurante, valoro el tiempo con amigos, con mi pareja, y además, también valoro el tiempo que paso con mis hijos”, reflexiona Sciubba. Es una balanza donde el deseo de realización personal, el disfrute de la vida adulta y la inversión en la trayectoria profesional pesan cada vez más.

Rofman traza un paralelismo con el pasado: hace siglos, en sociedades más tradicionales, “los chicos valían poco; la muerte de alguno no era un drama que destruía la familia porque la mortalidad infantil era algo común”. Además empezaban a trabajar de niños, aportando a la economía familiar con poca inversión por parte de los adultos. Hoy, la ecuación es inversa: las generaciones más jóvenes valoran mucho su tiempo, su capacidad de producir y sus aspiraciones profesionales. Y ese cambio llegó para quedarse.

Un panorama multicausal

Si las cifras oficiales nos dan un mapa cuantitativo de la baja natalidad, las redes sociales, en su vertiginoso pulso, ofrecen una radiografía cualitativa de las razones íntimas detrás de estas decisiones. Sol Prieto lanzó una pregunta en X que desató una catarata de más de 12 mil respuestas: ¿Por qué no tienen hijos/as? Los resultados, lejos de la monocausalidad, pintaron un panorama complejo y, en algunos puntos, sorprendente.

Las respuestas de quienes rondaban los 20 y tantos años solían aludir a la continuación de estudios, mientras que en los de 30 y pico se mencionaba la falta de vivienda propia y los altos costos de alquiler, así como la ausencia de redes de apoyo: “No tengo red de apoyo, mis padres murieron, mi familia vive en otro lado”.

Desde el Instituto de Masculinidades, Pontaquarto subraya cómo la precariedad económica es un obstáculo concreto para la implicación de los varones en el cuidado. Cuando se les pregunta sobre qué medidas se necesitarían para que se involucren más, “no te dicen en primera instancia licencias parentales o para cuidar hijo enfermo; dicen que tienen tres trabajos, que si faltan pierden el día y no comen”.

A la par, a Sol Prieto le llamó la atención que algunos varones señalaran en X que la principal causa de la no paternidad era “no tengo pareja”, un factor que “para las mujeres no aparecía como tan determinante”.

La “no maternidad deseada” también fue un tema recurrente entre las mujeres: “No quiero ser madre, nunca quise”. Muchas de ellas habían sentido esa certeza desde muy temprana edad, a pesar de que sus entornos les decían “ya vas a querer” y luego constataban a los 40 o 50 años que la voluntad no había cambiado.

También apareció como motivo la salud mental: trastornos de la personalidad, depresiones (“muchísimo, sobre todo las mujeres”) e, incluso, condiciones como el TDAH (Trastorno de la atención) ante el temor a que fuera hereditario.

¿Y la maternidad deseada?

Un estudio de octubre de 2024, publicado en la revista Social Psychological and Personality Science, puso en evidencia que las mujeres solteras y sin hijos son las más felices, saludables y satisfechas sexualmente, mientras que los casados son los más felices entre los hombres. Y los más insatisfechos, por contraste, resultaron ser los varones jóvenes y solteros.

A esto se suma una desigualdad escandalosa en el reparto de las tareas de cuidado. La CEPAL (Comisión Económica para America Latina) es contundente: en Latinoamérica, las mujeres dedican el triple de tiempo que los hombres al cuidado no remunerado. Criar sola, o con una carga desproporcionada, se vuelve una opción menos atractiva, o directamente insostenible.

En medio de este complejo escenario, no faltan las voces que atribuyen la baja natalidad a un supuesto “individualismo” de nuestra época y a la pérdida de un sentido de trascendencia y comunidad. Esta interpretación simplifica una realidad mucho más compleja.

Sobre este tema, Rafael Rofman subraya: “La fecundidad que teníamos desde 1950 hasta ahora era la fecundidad propia de la pobreza. La aspiración de una joven de un barrio vulnerable a no ser madre adolescente, sino a seguir estudiando, a progresar y a conseguir un trabajo no es individualismo. Eso es alguien que está diciendo: ‘Yo quiero mis oportunidades y quiero aprovecharlas’. Y esto, además, es beneficioso para toda la sociedad, porque esa chica va a ser más productiva y nos va a hacer más ricos a todos”.

Danila Suárez Tomé, por su parte, destaca que hacer comunidad o trascender no tiene por qué ser a partir de hijos biológicos con familiares de lazo sanguíneo, y cita a la feminista Donna Haraway, que insiste en la importancia de empezar a crear comunidades a partir de parentescos que no sean biológicos, como ocurre por ejemplo en muchas familias no heterosexuales.

“Hay una necesidad”, dice Suárez Tomé, de “ampliar nuestros horizontes de lo que es una comunidad y dejar de lado la idea de la familia como legado, como herencia genética. Me parece muy pobre apelar a sentimientos comunitarios cuando estos sentimientos comunitarios le ponen un peso a las mujeres a que tengan muchos hijos para la Patria”.

La narrativa dominante también insiste en que, una vez que se es madre o padre, la realización y sentimiento de felicidad es total. Sin embargo, detrás de ese dato aparentemente tranquilizador, se esconde un tabú profundo y un silencio estigmatizante que la socióloga israelí Orna Donath se atrevió a romper en su libro Madres arrepentidas (2015).

La socióloga parte de una pregunta poco formulada: ¿qué pasa con aquellas mujeres que, después de haber tenido hijos, lamentan esa decisión? A partir de esta premisa, inició una serie de investigaciones entre el año 2008 y 2013, que incluyó entrevistas a mujeres de entre 26 y 73 años, y de diversos orígenes sociales, que se identificaban abiertamente como madres arrepentidas.

Aunque han habido avances, la maternidad sigue presentándose como el destino natural y deseable para las mujeres. Que el arrepentimiento materno entre en conversación, implica cuestionar esa norma y traer nuevas interpretaciones posibles a la caída en la tasa de natalidad. Por eso: ¿quién decide cómo y cuántos hijos tener? ¿Es una planificación de estado o una decisión personal? La polémica continúa.

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