En el western, género del cine mitológico por excelencia, abundan los Johns: Dehner, Derek, Ireland, Ericson, Agar, Carradine y, cómo no dejarlo para el final, Wayne. Nobleza obliga, ni este ni los anteriores serían lo mismo sin otro de los suyos: Ford, que a su vez motivó a que otros autores crearan John incorpóreos, de ficción, como John Dunbar, protagonista de las últimas novelas de un John raro, atípico, ¡que no lleva h! Nos referimos a Jon Bilbao, autor español al que lo movilizan los caprichos del tiempo. Lo bifaz, lo espejado.
En su novela Shakespeare y la ballena blanca, William se pregunta cómo incluir en una obra suya un brutal espectáculo cetáceo como el que Melville plasmaría en papel doscientos cincuenta años después. Un interesante juego de intertextualidades. En su “Etapa Impedimenta”, editorial que acoge la trilogía de John Dunbar (Basilisco, Araña y Matamonstruos), Jon, el escritor, convive en la ficción con John, el pistolero. Hay más de ciento cincuenta años entre un tiempo de la narración y el otro. De ahí otra conversación en los pagos de Cronos: la de Bilbao y Ford, el que más de medio siglo atrás obró y lo inspiró para siempre. “Hay algo que me gustaría emular a la hora de contar historias que es propio del cine de John Ford. Ver sus películas te convierte en una mejor persona. Estoy convencido”, dice.
“Hay algo que me gustaría emular a la hora de contar historias que es propio del cine de John Ford. Ver sus películas te convierte en una mejor persona.
-Es cierto que hay cuestiones que, desde la perspectiva actual, ideológicamente han quedado un tanto anacrónicas, reaccionarias, pero al mismo tiempo sus narraciones están absolutamente despojadas de cinismo e ironía. No están disfrazadas, no hay proselitismo de las ideas: las expone claramente y, si no las quieres compartir, no las compartas. Me gustaría que la gente se comportara como se comporta en las películas de John Ford y que quien lee mis cuentos y mis novelas concluyeran con una sensación similar a la de ver una de ellas.
En Basilisco, novela que presenta a John Dunbar, el tiempo del western es espejo del tiempo presente de Jon, el escritor. La coexistencia de épocas distantes, de John y de Jon, del western y la autoficción, vuelven la saga de Basilisco lo que el crítico de cine André Bazin llamaría superwestern. Esos westerns que son westerns, pero también algo más.
“El western clásico nunca ha muerto porque posee un respaldo ideológico muy poderoso”, sostiene Bilbao. Se usaba para “inculcar hasta el hastío una serie de ideas”.
“La construcción mitificada del nacimiento de una nación -continúa Bilbao- y la de que el individualismo sin obligaciones está muy bien, pero eso siempre tiene que dejar paso a la sociedad, al orden, a la educación, a la democracia, a la justicia, a lo colectivo. Para ello se acuñó una serie de constructos narrativos, con exageraciones y generalizaciones. ¿Y qué sucedió? El western cruzó fronteras y lo que arraigó en otros países fue esa colección de constructos narrativos. Pero en ese tránsito nosotros dijimos: ‘Muy bien, nos quedamos con los constructos, que son muy divertidos, pero la ideología te la quedas tú’. Así, con el paso del tiempo los códigos narrativos del western se han convertido en un lenguaje universal.”
Con el apoyo del Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA), el escritor de 53 años viajó a Buenos Aires para participar del FILBA 2025. Una de las conversaciones de las que formó parte se tituló Pampa western. Pero su pensar sobre el vínculo entre Argentina y ese género quedará para otro artículo.
“Entre los negocios de Mary Ellen figuraba el del suministro de hielo a las minas”, se lee en Matamonstruos. ¿Acaso a alguien que no fuera ingeniero de minas se le puede ocurrir incluir en un relato de ficción tan extraña profesión? “Yo no soy ingeniero, yo tengo un título de ingeniero”, aclara Bilbao.
-¿El haber estudiado ingeniería te ayudó en algo para escribir?
-Sí, porque me permitió darme cuenta de que no quería ser ingeniero y quería dedicarme a escribir. Y a lo mejor a encontrar una forma de ordenar las ideas. Me gusta la planificación. Con el paso de los años he ido abandonando esas costumbres; me parecían limitantes. A partir de Basilisco he notado un cambio en mi forma de abordar la escritura.
Ser ingeniero me ayudó a encontrar una forma de ordenar las ideas. Me gusta la planificación.
-Hago un trabajo previo bastante extenso. Puedo pasar meses dándole vueltas a un relato de unas pocas páginas. Antes abrazaba aquella máxima de Chejov de que nada tiene que sobrar. Así se puede escribir, pero no es una condición necesaria y suficiente para hacerlo bien. La vida tiene ruido de fondo, es más desarticulada. Si quieres transmitir una impresión de verosimilitud hay que transmitir que lo que estás contando no es un mundo cerrado, que los personajes no empiezan ni terminan ahí. Por otro lado, con el tiempo fui afrontando más la escritura, no solo como un espacio de libertad, sino también como una aventura. Abrazando más los accidentes felices que surjan durante el proceso de escribir y -aunque esto puede generar cierto pudor- abrazando la parte que yo ni siquiera comprendo. En estos libros (de Basilisco en adelante) hay pasajes o actitudes de personajes que no puedo defender racionalmente en el sentido de qué función desempeñan en la narración.
Matamonstruos, la novela de Jon Bilbao, también encuadrada en el género «western».En Estrómboli hay un cuento en el que un hombre descubre a un motoquero oliendo la ropa interior de su novia. El hombre lo regaña y el motoquero entonces le empieza a hacer la vida imposible. Hacia el final, algo inesperado subvierte las expectativas. En la mayoría de los cuentos de ese libro, los conflictos pequeños se transforman en conflictos grandes y concluyen en situaciones inesperadas y delirantes.
-En los cuentos de Estrómboli hay huellas o promesas que no terminan siendo relevantes. ¿En ese caso cómo trabajás la relación del lector y las expectativas?
-Uno de los mayores fracasos de un escritor sería ser predecible. Tú puedes desarrollar unas peripecias muy rocambolescas para evitar esa previsibilidad, pero a riesgo de distanciarte de la verosimilitud de una manera que ocurra siendo ridículo. Otra forma es plantear varios caminos posibles que descubran la narración, que en realidad es más como se descubre nuestra vida. Estamos tomando decisiones continuamente y luego los personajes van por una de esas vías, pero al mismo tiempo no pierden de vista las demás. Es una forma de combinar los temas de los que hemos hablado en esta entrevista. El evitar la previsibilidad y también crear la impresión de que lo que está sucediendo ocurre en un mundo donde pueden suceder más cosas.
-¿Qué ves acá, en este Moby Dick que parece estás leyendo?
–Veo un libro inagotable. Inagotable por el gozo que me proporciona, inagotable porque nunca termino de asir su significado, inagotable porque siempre encuentro detalles que de manera inexplicable se me habían escapado en lecturas anteriores. Y también una gran fuente de inspiración; porque leyéndolo llegué a una de las pocas conclusiones a las que he llegado en la escritura y es que hay que aspirar a un equilibrio entre ambición y humildad. Cuanto más ambicioso seas, más imperfecta va a ser tu obra.
La entrevista con Jon Bilbao transcurrió enteramente con un ejemplar de la obra maestra de Herman Melville sobre la mesa, como si el dios de la literatura lo estuviera fiscalizando todo.









