En la Argentina de los años treinta, cuando el país oscilaba entre gobiernos conservadores, crisis económicas y esperanzas modernizadoras, apareció un personaje que parecía salido de una novela de ciencia ficción criolla: Juan Pedro Baigorri Velar, el ingeniero que decía poder hacer llover. Y no era una metáfora.
Literalmente, afirmaba tener una máquina que provocaba precipitaciones.
En un país donde el campo es religión y la sequía, castigo bíblico, su figura se volvió leyenda.
Baigorri nació en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, en 1891, aunque algunos relatos lo ubican en San José de Mayo, Uruguay, en 1892.
Como buen personaje de leyenda, su biografía tiene zonas nebulosas. Lo cierto es que estudió ingeniería en la Universidad de Milán, donde se especializó en geofísica.
El enigma de la máquina de lluvia: ¿ciencia o ficción?
A su regreso a la Argentina, se instaló en el barrio porteño de Villa Luro, donde comenzó a experimentar con una máquina que, según él, podía alterar la atmósfera y provocar lluvias.
La máquina de Baigorri era un artefacto misterioso. Nunca reveló su funcionamiento exacto, pero aseguraba que operaba con principios electromagnéticos.
En 1938, el gobierno de Mendoza, azotado por una sequía feroz, lo convocó. Baigorri llegó con su máquina, la instaló, y -como si fuera un chamán moderno- llovió.
Los diarios lo celebraron. Los viñateros lo aplaudieron. Y el gobernador Rodolfo Coromina Segura, que lo había traído casi en secreto, respiró aliviado.
Pero no todos estaban convencidos. El Servicio Meteorológico Nacional lo acusó de charlatán.
Baigorri, lejos de achicarse, los desafió públicamente: “Yo haré llover en Buenos Aires el 3 de enero de 1939. Si no llueve, me retiro para siempre”.
Y llovió. Los diarios de la época registran que ese día cayó una tormenta sobre la ciudad.
¿Coincidencia? ¿Milagro? ¿Ciencia? Nadie lo sabe con certeza, pero el mito creció.
Un personaje pintoresco: entre el humor y el misterio
Baigorri no solo era un científico excéntrico, también era un personaje pintoresco.
En una ocasión, los vecinos de Villa Luro le pidieron que no hiciera llover para Año Nuevo, porque arruinaría los festejos. Él, con humor, salió al balcón y prometió buen clima. Y cumplió.
Otra vez, en Córdoba, lo acusaron de provocar inundaciones. Su respuesta fue tajante: “Yo hago llover, pero no controlo los desbordes”.
Su casa se convirtió en una especie de santuario. Campesinos, políticos y curiosos lo visitaban para pedirle lluvia. Algunos llevaban botellas con agua bendita, otros, cartas con súplicas.
Baigorri los recibía con amabilidad, pero también con cierto aire de misterio. Nunca cobró por sus servicios. Decía que su misión era ayudar.
Con el paso de los años la figura de Baigorri Velar se fue desdibujando. / ArchivoCon el paso del tiempo, la figura de Baigorri se fue desdibujando.
Murió en 1972, en Buenos Aires, casi olvidado.
Su máquina desapareció. Algunos dicen que fue destruida por el Estado. Otros, que la escondió para evitar que cayera en manos equivocadas. Su historia quedó flotando en el imaginario popular, como una nube cargada de preguntas.
Juan Pedro Baigorri Velar encarna esa Argentina que oscila entre el racionalismo y el realismo mágico. Fue un hombre de ciencia que se convirtió en mito. Un inventor que, en plena modernidad, nos recordó que todavía hay lugar para lo inexplicable.
Su historia no solo nos habla del pasado, sino también de nuestras creencias, nuestras esperanzas y nuestras ganas de creer que, a veces, la lluvia puede venir de una máquina en Villa Luro.











