Mateo Martínez, el defensor goleador de la Selección Sub 17 que aprendió a pegarle con las dos piernas por fuerza mayor y lleva el barrio en la piel

Mateo Martínez, el defensor goleador de la Selección Sub 17 que aprendió a pegarle con las dos piernas por fuerza mayor y lleva el barrio en la piel

El pequeño Mateo, que de pequeño nunca tuvo nada porque ya de chico siempre le llevó varios centímetros al resto de sus amigos del barrio Tiro Suizo, en el sur de Rosario, no era precisamente un chico tranquilo. Andaba con la pelota para todos lados. Y no lo frenó la primera lesión que tuvo en su vida a los 7 años, cuando se esguinzó fue un tobillo. Eso no lo separó de su fiel amiga redonda de cuero. Y como ya no podía patear con la derecha, su pierna hábil, comenzó a usar la izquierda.

Por eso, los que lo conocen desde sus primeros pasos en el club Rosario Juniors o en Alianza Sport no se sorprendieron al ver que en la goleada que la Selección Sub 17 le dio a Fiji por 7 a 0 en el cierre de la fase de grupos del Mundial de Qatar, Mateo Martínez hizo dos goles, uno con cada pierna.

“De chiquito tuve un problema con el tobillo derecho jugando a la pelota y no podía jugar porque tenía yeso. Fui a trabar, no me quebré, pero se me esguinzó el tobillo y no podía pisar”, le revela a Clarín quien para la organización de la competencia fue elegido como la figura del partido del pasado domingo. Y explica: “Entonces, siempre pateaba con la zurda contra la pared. No es que manejo muy bien la zurda, pero desde ahí empecé. Eso se lo agradezco a mi papá. Yo estaba re cargoso todo el tiempo pateando la pelota contra la pared. Mi mamá me odiaba por eso, ja. Pero por eso aprendí a darle con la zurda”.

Su papá, Ezequiel, fue además su primer director técnico en el club de barrio. Mateo, que firmó contrato profesional con Racing este año, tiene sensaciones encontradas cuando recuerda cómo era tener a su padre de entrenador: “Arranqué a jugar desde lo 4 años y siempre digo que para mí no fue lindo tenerlo de técnico a mi papá por muchas circunstancias. Al ser el hijo del técnico pueden pasar muchos problemas. Pero a mi papá le voy a agradecer toda la vida por haberme dado esta hermosa pasión por el fútbol, por Argentina, por los clubes de barrio”.

Más allá de cierta incomodidad que le generaba ser el hijo del DT, Martínez tiene hermosos recuerdos de esa etapa de su vida en la que se inició como jugador, primero de baby y luego en cancha grande: “Igual salimos campeones en baby gracias a él por primera vez. La verdad es que fue una hermosura haber podido compartir eso con él”.

El primero que le hizo a Fiji fue con la diestra, pero el segundo la tocó de taco con la otra. “El primer gol fue un pase atrás y la pude agarrar bien de derecha y en el segundo, Uri (Uriel Ojeda) me dijo que me la iba a tirar adelante, que vaya ahí. Y me la dio redondita para que haga el gol”, detalla y mira de reojo a Ojeda que desde un costado lo amenaza: “Decí que fue gracias a mí el segundo, eh”.

“Se me vino todo lo que viví de chico, jugar en el barrio… Estaba jugando desde que salía el sol hasta que oscurecía, todo el día. Y ahora estar acá, es un lugar hermoso. Es algo que soñé desde chiquito. Todos los que me conocen saben que este siempre fue mi sueño. Mi sueño era estar acá, jugar el Mundial; no hacer dos goles, ja. Pero se dio”, se emociona este lungo de más de un metro ochenta que llegó a Racing con 12 años, en 2021, a vivir a la pensión. Es uno de los nombres que más resuenan en el predio Tita Mattiussi. Y a partir de este Mundial Sub 17, espera tener más rodaje en la Reserva.

Por lo pronto, mantiene los pies sobre suelo árabe, y eso le genera un sentimiento especial por saberse en el mismo lugar en el que la Selección de Lionel Messi levantó la Copa del Mundo en 2022. “Todos sabemos que esta es Tierra Santa para nosotros. Conquistamos este país. Es una felicidad estar acá”, sonríe este rosarino de piernas fuertes pero al mismo tiempo efectivas para una salida limpia y hasta para llegar al gol.

“Esto también lo hago por la gente del “barrio M”, que siempre está conmigo”, dice y muestra el tatuaje el barrio que tiene debajo de una de sus canilleras. A diestra y siniestra, Mateo Martínez hace su camino al andar, con la picardía del potrero rosarino y con la elegancia de un estilo propio.

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