El que llega de afuera y observa lo que sucede en el salón quedará al margen, medio desconectado y fuera de sintonía. Adentro hay una clase de rock, pero de baile, y se escuchan indicaciones primero, música después. Los rostros parecen tener una máscara, todos, porque sonríen como si una cámara estuviese encendida.
Pero nada de eso: sólo disfrutan y la pasan bien, como si fuera poco. El forastero, el que se asoma pero no tira un paso ni ahí, no lo entiende, pero le da bronquita. «Traslado, reboto, preparo, triple, ya», se escucha la voz de la profesora en esta clase nocturna en una tanguería de San Telmo donde el rock es furor.
Está lleno el salón pese a la fresca noche. Los pasos están sincronizados y los alumnos cumplen las indicaciones al pie del cañón y ninguno se lleva por delante a nadie. La primera parte es más técnica e informativa, luego llega la música y la magia se apodera del salón.
El de afuera, ese que sentado atina a mover los tobillos, empieza a impregnarse de lo que sucede en la pista, donde hay un público mixto de edades bien diferentes, que van de 20 a 60 y pico. El mecanismo fluye, las parejitas rotan y al compás de Jerry Lee Lewis y su «Gran bola de fuego» baile y sonrisa de plenitud consolidan un bloque de granito.
«Es una sonrisa de disfrute, de bienestar y, también, de satisfacción», describe un bailarín que la descose y que se hace un ratito para hablar con Clarín. «El rock activa el cuerpo y la mente al mismo tiempo, fortalece el corazón y los músculos, mejora la memoria, el ánimo y la creatividad, pero sobre todo bailo porque me hace feliz», deja boquiabierto Lorenzo Padin, que al pasar dice que es el jefe de Gastroenterología del Hospital Durán.
«Hubiera querido haber arrancado a bailar desde antes, pero no pude hacerlo por mis obligaciones», dice el médico de 65 años, nacido en Coronel Pringles. «Hace unos nueve años, googleando, encontramos con Andrea, mi pareja, la escuela Gente de Rock, y pasó a ser nuestro pasatiempo preferido. La parte social de está escuela es muy importante porque además de las clases, que son bárbaras, encontramos gente de nuestra edad, con la misma pasión que nosotros, nos hicimos amigos y hasta llegamos a compartir vacaciones».
Atenta a la clase, pero mientras espera acoplarse a una pareja, Berenice Becker acepta un rápido ida y vuelta. Ella es la más jovencita, tiene 20 años, estudia diseño gráfico y empezó a bailar por la recomendación de una prima. «La onda que hay en este lugar no tiene precio… Las clases tienen personalidad y una energía espectacular gracias a los profes, con los que aprendo un montón. Empecé en abril, pasé de nivel y no lo largo más. ¿Por qué? Por un lado, moverse siempre es bueno para el cuerpo y la mente, pero sobre todo porque siempre salgo sonriendo y me cambia el estado de ánimo».
Lorenzo Padin, médico gastroenterólogo, junto a su pareja y compañera de baile, Andrea: «Esta actividad, básicamente, me hace feliz».Berenice, que da clases de alemán, confiesa que desde chiquita tiene afinidad por el rock nacional e internacional. «Me llama la atención la cantidad de gente que hay en las clases y cuando pregunté las razones me dicen esto de la onda, la vibra, la felicidad… ¿Mis temas preferidos para bailar? You never call tell, de Chuck Berry y She’s a hot Mamacita, de Mojo Blues Band».
Todos los elogios conducen a la pareja directora de Gente de Rock, Juan Manuel Aron (44) y Ana Castro (40), artífices de una tendencia que ganó adeptos, se convirtió en moda y hoy es un boom en el que para bailar hay que anotarse y estar en la lista de espera.
«Evidentemente hay un resurgimiento de las clases de baile del rock, así como en una época era el tango, ahora es el rock. Y en lo particular, nuestra escuela hizo un camino progresivo, constante y hoy estamos en el mejor momento», sostiene Aron.
El mensaje de la remera «Bailo, luego existo», es lo que representa para muchos alumnos que eligen la clases de rock. Foto Martín Bonetto«Hicimos de Gente de Rock un punto de encuentro, un lugar en común para bailar y sociabilizar, lo que nos llena de orgullo –subraya Castro–. El rock, que está más visible que antes, es una buena excusa para buscar otras cosas, para combatir la soledad… como una cuestión terapéutica, viste, para salir de la rutina, dejar los problemas de lado por un rato».
Ana y Juan Manuel se conocieron en 2012 tomando clases de rock en La Viruta y luego se convirtieron en instructores. Al año siguiente, ya como incipiente pareja, abrieron la primera sede en Núñez, más por impulso de ella pero con apoyo de él. A 12 años de esa apertura, Gente de Rock tiene 10 sedes, 28 clases semanales y más de 800 alumnos. Muchos de los profesores fueron alumnos de la escuela. Las cuatro clases por mes cuestan $ 24.000.
Los alumnos destacan el buen clima, la calidez de los profesores, la dinámica de las clases y la sociabilidad que surge espontánea. Foto: Martín Bonetto «Es cierto que no tenemos lugar, por eso no hacemos promociones. Por otro lado buscamos que en cada clase haya paridad entre hombres y mujeres. Hicimos un estudio sociológico y la mujer se anima más y viene en mayor cantidad. Tratamos de que la proporción sea 60-40 por ciento, no más. Al hombre le cuesta más, se frustra más rápido, pero cuando se suelta, no lo para nadie. La mujer es más dúctil y desinhibida, pero también más inconstante», describen los directores. «Obvio que enseñamos a bailar rock, pero no para que salgan a competir sino para disfruten del lugar y de la compañía».
En la sede de la calle Alsina la convocatoria es importante, hay cerca de 50 personas deseosas de entrar a la pista. Hay abogadas, contadores, médicos, empleados jerárquicos y rasos, pero en la clase todos se igualan, no sólo por la bajada de línea de los directores, sino porque la mayoría va en jean y joggineta y divertirse pasando inadvertido pasa a ser la máxima.
Una mujer cruza miradas y se muestra dispuesta a conversar antes de que arranque a contonearse. «Toda la vida quise bailar rock, ¿podés creer? Arranqué en 2019, se cortó por la pandemia y retomé en 2022. Practiqué en otras escuelas, pero en Gente de Rock es donde me enganché por el compañerismo que hay y porque es bien dinámica. Bailar me hace volar, me saca de la rutina, me divierte, es la única cita a la que no quiero faltar. Mis días de clases no son negociables», expresa contundente Nieves Vella (56), empleada en una perfumería.
Lo que la mantiene entusiasmada a Nieves es el avance que ha tenido en los últimos años. «Los pasos, el movimiento, la soltura de mi cuerpo y la estabilidad que logré son notorias, mi progreso es abismal, y si a eso le sumás que te entretenés y conocés gente nueva y como si fuera poco tu humor se transforma, entonces a un espacio así lo cuidás como si fuera un tesoro».
Están casi todos adentro de la sala, Alejandra Roldán (57) ajusta detalles y permite un rápido ida y vuelta antes de rockear «y borrarse del mundo». Lleva 12 años bailando rock, género que alegra la vida a esta artesana jubilada que vive en Boedo. «Acá vengo y me libero, la mente viaja, es mi versión más auténtica, porque puedo expresarme sin prejuicios», se compenetra la mujer que baila con Eduardo, su pareja «que es igual de manija que yo con el rock y a quien conocí en una clase».
La energía rápidamente tiene su eco y llega al que está afuera, al que es testigo pero no parte. Hay más de 40 personas en una pista que levanta chispas y que destila buena vibra. El movimiento constante, la dinámica y un repertorio que va desde Fantasma de Canterville, Just a Gigoló y Green Onions hasta El rock de la cárcel y Cosita loca llamado amor elevan la temperatura. Los rostros resplandecen. Y los cuerpos se igualan. «Acá no existe la edad», responde una mujer a los gritos.
Gustavo Tahmisian y su esposa Gabriela Alvero Krsul, técnicos informáticos. Trabajan juntos y se reeligen en las clases de rock.Un pulgar para arriba de un caballero que se toma un respiro. «Para mí es un antes y un después. Cuando escuchás rock y no lo bailás, apreciás la música desde un punto; pero cuando empezás a bailarlo descubrís un mundo de ritmos, tiempos, y una musicalidad necesaria para palpar una sensación que antes no sentías. Es corporal, no es fácil explicarlo. Cuando advertís esto, empieza otro mundo en tu vínculo con la música y el baile», analiza Gustavo Tahmisian, que baila con su mujer Gabriela, ambos especialistas en sistemas y soporte técnico.
Destaca Gustavo lo importante de compartir una recreación con su pareja. «Abre el juego hacia otras actividades, como la de intentar un paso diferente, escuchar y buscar nuevos temas musicales y hasta sumar otras salidas, ahora con compañeros de clase. Sin duda que ayuda a cortar la rutina y a refrescar el vínculo, más todavía en nuestro caso, que trabajamos juntos».
«¿Y, cuándo arrancás?», preguntan pícaros Juan y Anita, una vez terminada la clase. Frente a lo que antes hubiera sido un no rotundo, después de observar cómo disfruta la gente, se instala un inesperado «ni» y la aguja parece que inclinará la balanza.










