En 1953 Frida Kahlo llegó en camilla a su primera muestra individual en la Galería Arte Contemporáneo de México. Su cama ya estaba en el lugar y ahí, postrada, pasó toda la “fiesta”. Ya había convertido al dolor y la resiliencia en cuadros mágicos. Y aquel día, unos nueve meses antes de morir, transformó la fragilidad en ceremonia, entre brindis y aplausos.
La escena viene a cuento de que hace unos días, una pintura de Kahlo, El sueño (la cama), se remató en Sotheby’s de Nueva York en menos de 5 minutos por 54.660.000 dólares, como informó Clarín Cultura.
La obra –cuyo comprador se desconoce- se convirtió en la más cara creada por una mujer (desplazó a Georgia O’Keeffe) y la más cara de Frida vendida en una subasta. El precio más alto había sido 34,9 millones de dólares que el fundador de Malba, Eduardo Costantini, pagó en 2021 por Diego y yo, el autorretrato en el que ella dibujó a su marido, el muralista Diego Rivera, como un tercer ojo.
La nueva pieza récord muestra a Frida Kahlo dormida en una cama de madera, tapada con una manta dorada por la que se trepa una enredadera. Sobre ella, levita un esqueleto envuelto en cartuchos de dinamita con un ramo de flores entre las manos.
Frida tenía esqueletos de papel maché en su cuarto. Rivera, con quien tuvieron una relación tóxica, decía que se trataba de otros de sus amantes. Así eran juntos: volcanes.
Según Sotheby’s, El sueño (la cama), de 1940, es un “autorretrato surrealista y profundamente introspectivo que aúna simbolismo personal, iconografía mexicana y surrealismo«. A mí me parece delicado como un sueño, “festivo” como el Día de los Muertos.
Los años en los que Frida Kahlo pintó esa pieza estuvieron marcados por el asesinato del revolucionario ruso León Trotsky, amante a quien asiló en su casa, su separación de Rivera y la decisión de volver a casarse con él. A partir de eso, su trabajo se volvió más frontal, afilado.
En la superficie, la pintura de Frida suele aparecer como un estallido de colores: rojos que desafían, verdes que insisten, azules que se aferran. Oro. Selva. Pero detrás de esos resplandores, hay una mujer herida y fortísima.
Frida Kahlo nació en 1907 en Coyoacán, aunque a veces prefería decir 1910 para coincidir con el inicio de la Revolución Mexicana.
A los seis años, Frida tuvo poliomielitis y en un accidente de ómnibus de 1925 un hierro atravesó su pelvis, le partió en partes la columna y la dejó postrada.
En la cama, inmovilizada, Frida aprendió a pintar para respirar. Cada autorretrato es una afirmación en medio del caos: pese a todo estoy acá.
En 1932, tres años después de casarse con Rivera por primera vez, perdió un embarazo que marcó a fuego su obra y que le dio símbolos globales a ese dolor íntimo.
Pero lo inquietante de Frida Kahlo no son sus tragedias sino sus trazos de lucidez. En una época que exigía discreción a las mujeres, ella puso sus cicatrices en el centro del lienzo y multiplicó su rostro para afirmar que la identidad no es una máscara fija sino un estado perpetuo de negociación.
Quizá una clave de su gran legado haya sido advertir que el dolor puede ser la vida misma. «Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarse a que te devore desde el interior», resumió.
Frida Kahlo también dijo que la pintura llenó su vida. Se preguntó qué habría hecho ella sin el absurdo y lo efímero. Y afirmó que pintaba flores para que no murieran. Flores que flotan sobre sus sueños en manos de un esqueleto









