Durante más de un siglo repetimos la misma promesa: cada nueva tecnología de comunicación iba a unirnos un poco más. Del telégrafo a WhatsApp, pasando por la radio y las redes sociales, nos aseguraron que sin fronteras estaríamos más cerca.
Sin embargo, la sociedad parece más polarizada y dividida que nunca, ¿cómo y cuándo sucedió esta gran traición? ¿Estamos a tiempo de arreglar las cosas?
En su último libro, Superbloom, el escritor estadounidense Nicholas Carr hace una genealogía tan completa como incómoda sobre los artefactos que se suponían que iban a revolucionar nuestra forma de comunicarnos y que recibimos con una ingenuidad pasmosa.
En el cierre del siglo XIX, el telégrafo separó la palabra del cuerpo y nos hizo imaginar que hablando más lejos y rápido los conflictos se resolverían de mejor manera, mientras que el italiano Guglielmo Marconi, impulsor de la radiotransmisión a larga distancia, dijo en 1913 que la radio sería la garante de la paz global. Un año después estallaba la Primera Guerra Mundial.
La historia nos muestra, dice Carr, que nuestra actitud naïve frente a la tecnología nos hace creer que cada nueva herramienta logrará lo que las anteriores no pudieron.
Como las redes sociales, que prometían conectar a las personas y hoy son territorio de discursos de odio y de campañas de desinformación que amenazan socavar las bases de la democracia.
Hoy, rodeados de pantallas y de más información de la que podemos procesar, nos enfrentamos a “cascadas de disimilitud”, cantidades inmensas de información personal sobre los otros en las que terminamos fijándonos obsesivamente en lo que nos separa.
De acuerdo con el autor, ante un mar de diferencias visibles, lo distinto pesa más que lo común, lo que genera ruido, incomprensión y distancia.
El auge de contenidos creados por IA generativa solo le sumó nuevas capas a este problema, ya que ahora contamos con textos, imágenes y hasta videos realizados de forma sintética y sin poder distinguirlos de la obra humana, lo que termina generando un hastío moral: cuando la interacción cotidiana se llena de contenido en el que nadie cree del todo, la confianza empieza a resquebrajarse.
La respuesta a este problema no puede ser nostalgiosa pero, de acuerdo con la periodista estadounidense Angela Watercutter, no llegará de los grandes laboratorios de IA sino de un gesto cultural inesperado: volver a los memes.
La tendencia, que crece en varios espacios de discusión digital, es el Great Meme Reset, la propuesta de resetear los memes el primero de enero de 2026 y volver a los de hace diez años.
Es un intento por recuperar la frescura de una época donde la cultura digital todavía estaba habitada por personas y no por grandes modelos de lenguaje generativos. Es un reclamo de autenticidad y un acto de resistencia.
Más allá de la eficacia de la convocatoria, es interesante imaginar qué significa el intento por explorar nuevas formas de convivencia digital que, de una vez por todas, nos muestre que la promesa de crear lazos no es ficticia y que es posible convivir mejor con otros. Quizás sea el verdadero reinicio que necesitamos.










