Es curioso el caso de Verónica Ribot, quien supo competir al más alto nivel en saltos ornamentales y clasificó a la Argentina a cuatro Juegos Olímpicos, compitiendo en tres de ellos (Los Ángeles 1984, Seúl 1988 y Barcelona 1992) debido al boicot a la edición de Moscú 1980. Obtuvo valiosos resultados para el país, como fue ser finalista olímpica en trampolín y plataforma en el 92, y regresó a la práctica del deporte de su vida en 2023, a los 61 años. Aún así, su nombre pasa mayormente desapercibido para el común del público, incluso también entre aquellos amantes del deporte y fervientes seguidores de las apasionantes historias que deja el olimpismo. Serán sus años viviendo en el extranjero o quizás la escasa popularidad de un deporte que no tuvo antes de su aparición ni volvió a tener después una figura de su talla.
Hoy, a los 63 trabaja como entrenadora de equipos de saltos en la Universidad Estatal de Nueva York en Cortland (SUNY Cortland por sus siglas en inglés) y compite en la medida en que su físico se lo permite en torneos Masters. «Antes fui entrenadora durante ocho años en Cornell, que es una de las universidades que compiten en la Ivy League, y también estuve diez años con un equipo juvenil en Miami. Aunque hubo un momento en que me quemé y metí a enseñar yoga, esta es mi pasión», le cuenta a Clarín a la distancia con una pronunciación del español que denota sus años afuera del país.
-¿Cómo fue que decidiste volver a competir después de tantos años?
-Mis atletas, un grupo de chicas que se estaban por graduar, me pidieron que querían verme saltar y les dije: «voy a hacer dos o tres saltitos porque hace mucho que no hago nada». Lo hice y un entrenador me dijo: «¿por qué no saltás en Masters?». Esto fue en marzo del 2023 y empecé a prepararme para los Nacionales de Fort Lauderdale que eran en abril, pero tuve que cancelar porque me lesioné la pantorrilla. Participé de los Nacionales en el verano y desde julio de ese año que estoy compitiendo. Fui al Mundial de Fukuoka, en Japón, que gané en trampolín de uno y tres metros. Y en el Nacional siguiente, en mayo del 2024, me animé a saltar de plataforma de cinco metros, no de diez metros porque no lo permite la World Aquatics para mayores de 50 años.
-Igualmente, ya habías dejado de saltar de diez metros tiempo atrás, ¿no?
-Si. Antes de terminar mi carrera olímpica, se hicieron estudios médicos a muchas atletas que habían estado saltando en plataforma durante muchos años. Cuando me hicieron radiografías y resonancia de columna, estaba tan mal que me sugirieron dejar de saltar de diez metros. Era algo así como que los discos estaban casi explotando entre las vértebras. Fue una sorpresa porque no tenía ningún síntoma, ningún dolor. Me atendí con un médico por mi cuenta y me dijo lo mismo. Esto fue en el 93 o 94, después de Barcelona. «Salté en tres Juegos Olímpicos, quiero tener hijos algún día», pensaba. Y empecé a especializarme en trampolín de tres metros. Gané dos Nacionales en trampolín, ya representando a Estados Unidos porque cambié mi ciudadanía deportiva. Y me retiré después de las pruebas olímpicas para Atlanta 96, que quedé afuera.
Ribot nació en Buenos Aires el 27 de febrero de 1962 y comenzó la primaria en el Washington School de Palermo, a donde se trasladaba todas las mañanas desde la casa en la que vivía con sus padres y con su hermano mayor en Barrio Norte, hasta que a los 6 años se mudaron todos ellos a Bahamas. «Mi papá trabajaba en ATMA, aunque no sé bien que hacía, y mi mamá en el Buenos Aires Herald en la parte de promociones. Se fueron buscando mejores posibilidades», explica quien obtuviera la medalla de plata en los Juegos Panamericanos de Caracas 1983 y la de bronce en Indianápolis 1987, ambas en la prueba de plataforma de 10 metros. Sin embargo, lo que no sabían es que quien encontraría en Bahamas la gran posibilidad de su vida sería la niña de la familia.
«Ahí es donde realmente empezó todo. Mi recuerdo del agua en Argentina es en el club Tiro Federal, donde hacíamos clases de natación con mi hermano, los asados que comíamos ahí, toda la cuestión social. Pero fue en el Freeport Aquatic Club de Bahamas donde realmente aprendimos a nadar. Yo tenía asma, andaba tosiendo todo el tiempo y mi mamá me dijo: ‘vos tenés que hacer esto. Vamos a ir al club con tu hermano y vas a nadar’. Los médicos le sugirieron que nade para abrirme los bronquios. Mi primo, que es médico, venía a nuestra casa a ponerme inyecciones en la cola porque en ese momento no existían los inhaladores. La natación era como una terapia», recuerda.
Ribot, todavía en Bahamas, posa con una medalla de natación en el pecho. Foto: cortesía-¿Hubo amor a primera vista con el agua?
-Todo lo contrario. Mi hermano era el que corría, el que tenía el talento. A mi no me entusiasmaba mucho. De hecho, no sé como terminé haciendo lo que hago en el agua porque tengo recuerdos que me dan mucho miedo (risas). Tenía pánico porque nos hacían tirar de un trampolín que para mi era alto, caíamos al agua, que estaba helada, y pataleábamos hasta el borde de la pileta. Cuando terminaba la lección, me iba corriendo al vestuario, me escondía dentro del locker y mi mamá me iba a buscar.
-¿Cómo termina esta historia con dos medallas panamericanas y finales olímpicas?
-Se fue dando de a poco. Todo la atención era para mi hermano, mi hermano y mi hermano, que es un año y medio más grande que yo. Él era el nadador desde que estábamos en Argentina y siempre estuvo enfocado en eso, mientras yo intentaba encontrar mi lugar. «¿Qué puedo hacer?», me preguntaba. Nadaba porque me obligaban, pero no es lo que me gustaba hacer. También hice ballet, gimnasia y esgrima hasta que encontré mi camino con los saltos. Después de la clase de natación jugábamos en los trampolines y a mi me encantaba. Había una entrenadora británica de trampolín y ahí me metí con ella.
-¿Cómo fue el momento de decirle a tu mamá que no ibas a nadar más?
-Fue a los 14 años, cuando le dije que iba a competir en el campeonato que tenía en ese momento y que después ya no iba a nadar más. Igualmente, me mandó a un campo de veraneo en Carolina del Norte porque insistía con lo del asma, pero terminé haciendo todas las otras actividades en lugar de nadar. Volví diciéndole: «¿Sabés qué? No tengo más la tos, no necesito nadar, así que dejame en paz». Y ahí ya elegí definitivamente los saltos ornamentales y empecé a competir.
Ribot junto a su mamá en el campo de veraneo en Carolina del Norte. Foto: cortesía-¿En qué momento pasaste a competir a un nivel más alto?
-A los 16 años nos mudamos con mi familia a Miami, terminé la secundaria ahí y salté en el campeonato del estado de Florida. Gané el campeonato y mi entrenador me presentó a una mujer que era la hermana de un entrenador de la universidad de Boston, quien me dio una beca y me fui a estudiar ahí. Cuando se enteró que yo era ciudadana argentina, le dijo a mis padres: «¿Saben que Verónica a lo mejor puede representar a Argentina en los Juegos Olímpicos?». Mi papá al principio no lo creía, después se puso en contacto con la CADDA (Confederación Argentina de Deportes Acuáticos) y me integraron para los Panamericanos del 79 en San Juan. Esa fue mi primera competencia representando a Argentina. Estaban muy contentos de tener a alguien para competirle a Brasil (risas). Terminé sexta en trampolín de tres metros y fui la mejor de las sudamericanas. Después, gané la prueba de trampolín en los Juegos Sudamericanos de Buenos Aires en el 80 y salté por primera vez de diez metros.
-¿Cómo tomaste el boicot a los Juegos de Moscú? (NdR: se trató de una acción iniciada por Estados Unidos en protesta por la invasión soviética a Afganistán a la que se plegó la delegación argentina)
-Tenía en mente ir a Moscú y me lo había puesto como objetivo. Hasta me habían hecho notas. Pero era tan chica (tenía 18 años) y tan nueva representando al país que no lo sufrí tanto como otros deportistas que eran más grandes y que capaz esa era su última oportunidad de ir a unos Juegos Olímpicos. Por ejemplo, un entrenador que tuve en Miami, que era parte del equipo olímpico estadounidense y no pudo competir. En cambio, yo sabía que iba a poder ir a Los Ángeles.
-Y así fue. ¿Qué recuerdos tenés de tus primeros Juegos?
-Me acuerdo muy bien del desfile. Estábamos con mi compañera de equipo, Alicia Boscatto, una pechista de Santa Fe, y me acuerdo que nos agarramos de los hombros, nos sacudimos y gritamos: «¡somos olímpicas, somos olímpicas!». Eso fue increíble, una fiesta. Después, me quedan los amigos de todo el mundo que todavía tengo y el hecho de pertenecer a ese pequeño porcentaje de gente que llega a competir en un Juego Olímpico.
-¿Pudiste conocer ahí a algún deportistas que admiraras?
-En Barcelona, a Scottie Pippen y al resto de los jugadores del Dream Team. Los vimos en la Villa Olímpica, pero no queríamos molestarlos con autógrafos ni nada raro. Los saludamos y nada más. También me acuerdo que en Los Ángeles fuimos a verla competir a Mary Lou Retton, que ganó cinco medallas. Conocimos a muchos deportistas de diferentes países, pero también creo que en nuestro deporte vivimos muy metidos en lo nuestro y yo, particularmente, estaba enfocada en mis pruebas.
Ribot junto al equipo argentino de natación en Seúl 1988. Foto: cortesíaVerónica Ribot vivió en carne propia las dificultades que en aquellos años, como así también hoy, deben atravesar los deportistas argentinos en un camino por demás exigente para -tan sólo- intentar llegar a disputar un Juego Olímpico. Sufrió el desgaste y se retiró después de Seúl 1988. «Estaba desilusionada por toda la cuestión económica. Me reventaba para hacer lo mejor posible en mi deporte, pero siempre terminaba siendo una cuestión económica. Me sentía mal porque muchas de mis compañeras, por ejemplo las de Estados Unidos, tenían la posibilidad de viajar todos los años a la gira europea, mientras que a mi me mandaron creo que dos veces en 14 años», detalla.|
-¿Qué hiciste durante ese tiempo en que estuviste afuera de la competencia?
-Fueron dos años. Empecé a trabajar como profesora de Educación Física en el 89, que es lo que había estudiado en Boston. Sólo trabajé ahí por un año y medio porque estaba triste por haberme retirado. No es lo que quería realmente. Sentía que todavía no había tenido mis mejores resultados. De hecho, pasé a finales en todos los Juegos, pero recién en el 92 en Barcelona pasé a finales en ambas pruebas, tanto en trampolín como en plataforma.
-En desventaja con respecto a tus competidoras y con todos los años que viviste afuera, ¿pensaste en algún momento representar a Estados Unidos?
-Estaba en desventaja, pero también tuve grandes oportunidades de ir a las competencias mayores: Mundiales, Panamericanos, las World Cups y, lógicamente, Juegos Olímpicos. Obviamente, uno va mejorando cuando compite contra las mejores del mundo, pero representar a la Argentina fue una gran oportunidad porque no teníamos ninguna saltadora, entonces no tenía que clasificar a estos eventos. Además, aunque hace mucho tiempo que no vivo en Argentina, siempre me sentí orgullosa representando a un país que siento mío en el corazón. Me considero argentina, aunque después obtuve la ciudadanía americana y actualmente compito para Estados Unidos en los Masters.
-¿Pudiste haber ido a los Juegos de Atlanta representando a Estados Unidos?
-Lo intenté. Igualmente, nunca competí en una prueba mayor por Estados Unidos. Me hubiera gustado también ir a los Panamericanos del 95 porque fueron en Mar del Plata, pero no quedé en el equipo estadounidense y tampoco en el equipo olímpico para Atlanta. Por eso, después de las pruebas olímpicas del 96 me retiré. El año que viene, los Panamericanos Masters son en Buenos Aires. Será una buena oportunidad para volver a Argentina. Me encantaría.









