Somos ochenta y cinco mil personas en el estadio de River. La comunicación del concierto advierte que se trata de una experiencia “inmersiva”, el primer “show 360°” en la historia del país. Es viernes 12 de diciembre y, como se trata del primer concierto que María Becerra dará ese fin de semana, nadie tiene demasiada idea de lo que está a punto de ver. Pero queda claro que se trata de un espectáculo que pretende sobreestimular, a tono con el maximalismo de nuestra época: el escenario, de forma circular, divide la cancha, con un cubo de pantallas por encima de la plataforma y otras que, ubicadas detrás del campo, rodean al público.
Casi todas somos mujeres, con la excepción de los hombres que acompañan a sus novias, algunas familias y unos pocos chicos gays con vestuarios más elaborados que los del resto. Sin embargo, prima un rango etario de chicas de entre quince y treinta años que esperan a la heroína popular, la autodenominada Nena de Argentina que viaja por el mundo, pero admite que extraña tomar cerveza en la vereda. La que hace un año se convirtió en la primera mujer argentina en llenar River y hoy redobla la apuesta con un concierto más ambicioso.
Su último álbum, Quimera (el título hace referencia a las criaturas híbridas de la mitología griega), cuenta la historia de cuatro alter egos que conviven en un mismo cuerpo:
1. Shanina, de influencias kawaii (ingenuidad estilo japonés) y una personalidad que imita el arquetipo yandere del animé (chicas dulces con tendencias violentas).
2. Maite, empresaria de vestuario elegante con una historia de abandono paterno.
3. Gladys, una mujer de barrio con pasado carcelario.
4. Jojo, la faceta nocturna, descontrolada, seductora.
Los videoclips que lanzó durante los últimos meses proponen una historia que esta noche revivirá en modalidad pseudo teatral.
María es parte de ese devenir pop del éxito masivo del trap argentino
María Becerra: de dónde vengo
Pero antes del despilfarro tecnológico hubo una sola pantalla, un pequeño cuadrado de YouTube en el que una quilmeña de quince años le enseñaba a su audiencia imaginaria de chicas adolescentes a depilarse el bigote con Gillette.
La historia de Becerra, nacida en el 2000, se parece a la de muchas nativas digitales. Dice que tuvo una adolescencia difícil, que le costó adaptarse al colegio secundario, pero que sobrevivió gracias a su sentido del humor.
El mismo carisma que la salvó del bullying la hizo brillar en ese tutorial de YouTube en el que, atentando contra cualquier manual de conducta femenina, se llenaba la cara de espuma para afeitarse.
Emulaba esas situaciones desesperadas en las que una hipotética mujer diría “no tengo cera, no tengo plata para banditas, ni siquiera tengo una cinta scotch, corte para darle a lo croto… Gillette no, mirá si me corto, mirá si afeitarse con cremas para hombres”. La solución: “La verga, querida, vos sos mujer y te podés afeitar igual, acá te vengo a enseñar”. El recorte llegó a la televisión nacional y sus repercusiones la convencieron de adentrarse en su carrera de figura virtual.
En tiempos previos al éxito de Tik-tok y a las redes sociales como espacio publicitario donde los influencers aspiran a producir contenido profesional, meticulosamente pulido y grabado en alta definición, en YouTube predominaba la calidez del contenido casero que cualquiera podía filmar con una webcam o cámara de baja calidad.
“¡Hola, locuras!”, saludaba María a los seguidores de su antiguo canal. Sus videos eran, sobre todo, storytimes caseros y vlogs (“video blogs”) en los que contaba anécdotas (como la vez que le intentaron robar en Constitución y ella se defendió a las piñas), o daba consejos (“Macri tips para ahorrar”), hacía covers de sus canciones favoritas y mostraba su casa, su barrio, sus amigas. De fondo se escuchaban las peleas con su hermana y una madre que intentaba poner orden.
Su éxito virtual fue tal que, en 2017, abandonó el colegio para enfocarse en nuevas oportunidades laborales: la gira de la obra de teatro nacional Laboratorio de clones, con un elenco compuesto por ella y otras estrellas de YouTube.
En 2019 volvería a acercarse a su histórica pasión, la música, con el EP 222: entre sus canciones destacaba High, hoy reconocida como un hit. Su letra (“por más que ande high, lloro por la night”) invocaba en spanglish los mismos pesares que aquejaban hasta entonces a referentes masculinos como Duki o Bad Bunny que narraban una vida de excesos materialistas que no les alcanzaban si nadie los amaba. Un año más tarde sacaría un remix de esa misma canción con Lola Indigo y Tini Stoessel, y Becerra entraría en conversación con el mainstream local.
Junto a cantantes como Emilia o Tini (y, hace algún tiempo, Lali), María es parte de ese devenir pop del éxito masivo del trap argentino (se habla de “ritmos urbanos”), que conjuga el alarde del trapero (enumerar joyas y autos caros) con el sex appeal de la diva latinoamericana.
Raps interrumpidos por voces melódicas que pasan de sufrir por amor a poner en escena un cuerpo femenino como máquina de seducción. Más allá de las innumerables referencias sexuales en su lírica, las canciones están dirigidas a un target notablemente más ATP que el de sus colegas masculinos y el sonido tiende a bases que, sin demasiada heterogeneidad, fusionan pop y reggaetón.
María Becerra en un Monumental explotado. Foto: gentileza DFMaría es heredera del infalible melodrama latino, que hiperboliza las pasiones amorosas.
La gran mascarada
Las luces del estadio se apagan y, a la par de una serie de visuales “psicodélicas” que podrían ser Inteligencia Artificial o incluso salvapantallas de Windows, una voz en off a modo de oráculo sentencia: “En lo profundo de cada cuerpo hay algo que respira distinto, algo hecho de deseo, de memoria, un impulso pasional, una bestia”.
María abre su show vestida de Shanina, con un vestido lleno de moños y botas rosas altas, un outfit claramente inspirado en la moda japonesa del barrio de Harajuku. La estética del personaje intenta referenciar “lo asiático” en términos generales: a la estrella kawaii la acompañan algunos bailarines con máscaras de zorro y otros que sostienen bowls de ramen instantáneo.
Las visuales pasan de los caligramas rojos a los carteles de neón. Más allá de la mezcolanza poco coherente, este es el mayor momento de experimentación visual: sus volados la hacen ver como una cantante japonesa de AKB48 versión latinoamericana, cuando su imagen se multiplica en las pantallas gigantes. “Hace diecisiete días que no sé nada de ti / mi psicóloga me dijo que estás huyendo de mí”, dice en las primeras líneas de Ramen para dos antes de que Paulo Londra se sume a cantar con ella en el escenario.
No saluda como lo haría usualmente, está actuando. Se mueve perturbada y, con los ojos bien abiertos, le hace preguntas a alguien del público: “Ay, hola, ¿cómo te llamás? ¿De casualidad, tenés alguna causita penal, algo de eso? De casualidad te gusta… ¿La noche? De casualidad te gusta… ¿El sexo?”, esto último lo dice sin enunciarlo en voz alta, moviendo exageradamente los labios.
En el mismo papel de esa asesina pícara, más tarde le revoleará una tanga roja a la multitud enardecida. Este primer acto finaliza con Shanina muerta en el suelo, mientras un charco de sangre se expande debajo de su cuerpo.
La que sigue es Maite, la personalidad de la girlboss herida. Sobre el escenario, una niña auténtica juega con peluches y bloques de madera. Más lejos, otra actriz hace de adolescente angustiada. “Creció buscando amor en los lugares equivocados, aprendió a brillar para ser vista, a controlar para no perder”, cuenta la voz en off. En las pantallas, una burbuja exhibe los recuerdos de una infancia solitaria y una “vida de oficina” adulta. Esta vez, María está vestida de blusa y anteojos office siren, sentada en un escritorio donde finge trabajar en la computadora.
Le canta a un mobiliario de estatuas gigantes y, en los monólogos que separan canción y canción, le habla al padre que la abandonó. Hasta que me enamoro, Recuerdo que nunca existió, Entre nosotros (la canción que canta con Tiago PZK como invitado): hasta ahora se han escuchado casi íntegramente canciones lentas y melosas. María es heredera del infalible melodrama latino, que hiperboliza las pasiones amorosas y sus espectadores, que corean las baladas a los gritos, parecen hacer catarsis colectiva de esas emociones telenovelescas.
Hay una intención “democratizante” en el formato 360: todos en el sector del campo general tienen la posibilidad de ver más o menos lo mismo (a diferencia de los “pits”, la entrada de cercanía privilegiada que costaba trescientos mil pesos) y no es difícil llegar hasta “adelante” (la dinámica parece oponerse a la histórica cultura de “alcanzar la valla”), pero ella se mueve por la plataforma circular con mayor predilección por determinadas áreas. Recordemos que este es, ante todo, un show de pantallas: más que incentivar la conexión física entre la cantante y sus fans el espectáculo busca producir un efecto de asombro ante el despliegue de recursos.
María Becerra en River, 2025. Con su novio J Rei. Foto: gentileza DFReality familiar
Sin dudas el momento más vital de la noche es el acto de Gladys, el personaje que reivindica la argentinidad. Las visuales que colman las pantallas son las calles oscuras de un barrio donde, en el interior de las casas, los televisores reproducen partidos de fútbol.
Después se replica en vivo una escena costumbrista: sillas de plástico, una mesa con bebidas y grupos de personas que conversan, se abrazan y bailan cumbia. Calzas flúo, gorras, conjuntos deportivos. Entre el público se murmura que muchos son auténticos familiares de la cantante.
Lo confirmamos cuando ella entra y, por primera vez, la vemos sonreír y dar saltos de alegría. Como una Karina La Princesita de la era digital, tiene el pelo lacio y el hilo de la tanga por encima del pantalón. Junto al cantante de Ráfaga, Ariel Pucheta, emula una pelea de pareja al son de Mentirosa y es la primera vez que se percibe un clima festivo en la multitud, que después de más de una hora de baladas agradece la llegada de canciones cumbieras como El amor de mi vida y Miénteme.
Este bloque llega a su clímax con 7 Vidas, la canción que Becerra grabó como cortina para la serie En el barro y que fue, a su vez, su debut como actriz de plataformas de streaming. A tono con la serie, la escenografía imita una cárcel de mujeres: ella y las bailarinas están vestidas de presas, canta encerrada en una celda donde un policía la mete a los empujones (sordidez para toda la familia: en medio de una coreografía, ella le desliza al bailarín-policía una pequeña bolsita ziploc).
Jojo es la última faceta que aparece en escena. Prometía ser la más fiestera, pero su presencia queda opacada por la euforia barrial de Gladys (cabe mencionar que, a diferencia del común de las popstars locales, María Becerra estetiza la argentinidad en lugar de proyectar sus fantasías en el imaginario de Miami). Rojo y negro, cuero y vinilo, actitud de “dominatrix”, un escorpión gigante y una pasarela de modelos que inevitablemente recuerda a Disciplina, de Lali. Las canciones de Jojo tienden al dancehall y al funk, hay palabras en portugués y referencias a un cuerpo voluptuoso de mujer: Frutilla del pastel, Jojo, Hace calor.
María Becerra en River, 2025. Foto: gentileza DFCanta con su novio un tema que habla del embarazo perdido. una oda a la intimidad pública.
Grand finale
Cuatro maniquíes que representan a cada alter ego indican la llegada del final, el momento en que los elementos se unen y “ya no hay ruido, ni máscaras, ni personajes, solo ella: María”. Rindiendo honor a su nombre, sale envuelta en un velo blanco que recubre su vestuario total white (resaca de la influencia de Lux, el disco de Rosalía).
Ahora sí: después de casi tres horas, habla y dice “¡Buenas noches, River Plate!” y agradece el apoyo de sus seguidores. En Pierdo la cabeza invita a subir a Taichu, la dama de hielo que más temprano, en su rol de telonera, no logró sacudir a un público que comía panchos bajo el sol asesino del verano porteño.
El cierre es una oda a la intimidad pública. El novio de la cantante, J Rei, llega para acompañarla a cantar la canción Mi Amor que lanzaron juntos hace tres semanas. Es un homenaje a los obstáculos atravesados en pareja: la letra habla del segundo embarazo ectópico que puso en riesgo la vida de María (el primero fue el año pasado, y también en ese momento tuvo que ser operada de urgencia). Se elevan sobre una cama blanca mientras él, vestido de enfermero, rapea: “Ahora te amo más porque compartimos unos ángeles”.
Aunque su mítica de princesa del pueblo, su carisma de flequilluda bisexual y su humor de chica común y corriente la hayan convertido en la favorita del progresismo, es imposible no relacionar este segmento del show con la estética conservadora del movimiento “salvemos a las dos vidas”: la pureza del blanco, la exaltación de la pareja tradicional, los bebés perdidos nombrados como “ángeles”.
María rompe en llanto y se esconde en el abrazo de su novio, después de que él le muestre su muñeca (más tarde nos enteramos de que le estaba revelando, frente a ochenta y cinco mil personas, su nuevo tatuaje: “María de los ángeles”). Sin papel picado ni palabras optimistas se van de la mano, y las fans permanecen en estado de confusión: ¿es realmente ése el final? Todas creen que volverá a aparecer, pero el entusiasmo se desinfla de a poco hasta volverse amargura, mientras una masa de mujeres comienza su éxodo hacia las afueras del estadio.










