Con frecuencia se observa a hombres y mujeres que ante el riesgo de ser vistos como frágiles, optan por reprimir lo que sienten o disimular lo que pueda parecer debilidad.
Pero esa estrategia, aparentemente protectora, tiene consecuencias profundas en el psiquismo y en el funcionamiento del cerebro.
A nivel psicológico, la represión emocional es un mecanismo de defensa clásico para apartar de la conciencia aquellos sentimientos que resultan dolorosos, conflictivos o incompatibles con la imagen de uno mismo.
Cuando una persona decide que “no puede permitirse” expresar tristeza, miedo o necesidad afectiva, esas emociones no desaparecen sino que quedan activas, pero fuera del registro consciente.
La mente queda ocupada en mantener esa puerta cerrada, vigilando que los contenidos reprimidos no irrumpan, lo cual requiere un gasto de energía que se traduce en menor disponibilidad para la creatividad y el deseo.
En psicología, la vulnerabilidad -si se entiende que es demostrar las emociones- se considera una dimensión constitutiva del vínculo humano ya que su ocultamiento implica bloquear la posibilidad de recibir contención y reconocimiento.
El sujeto que reprime emociones queda atrapado en un circuito de autosuficiencia forzada ya que no puede mostrar que necesita a otros y al mismo tiempo puede creer que nadie lo comprenderá.
Paradójicamente, la defensa que se construyó para evitar el sufrimiento termina reforzándolo. Desde el punto de vista neurobiológico, reprimir emociones produce la activación sostenida de circuitos cerebrales vinculados al control cognitivo y al estrés.
La amígdala -centro de procesamiento del miedo y de las amenazas- sigue detectando la emoción original, aunque la persona pretenda no sentirla y continúa enviando señales de alerta.
Lo que cambia no es la emoción, sino la respuesta cerebral: áreas del lóbulo prefrontal, encargadas del autocontrol, incrementan su actividad para tapar lo que surge desde regiones más primitivas.
Se genera así mayor tensión fisiológica y el organismo lo expresa con aumento del cortisol, hiperactivación simpática, rigidez muscular, alteraciones del sueño, taquicardia, hipertensión arterial, gastritis, entre otras consecuencias.
También quien evita sistemáticamente mostrarse vulnerable inhibe las conductas de cercanía y búsqueda de consuelo, que normalmente activan los circuitos de la dopamina y oxitocina, asociados al bienestar.
Al no permitir que estos sistemas se expresen, el individuo experimenta un empobrecimiento afectivo, un aplanamiento emocional que suele confundirse con fortaleza, pero que en realidad es una consecuencia del esfuerzo por mostrarse invulnerable.
En términos de los vínculos, reprimir emociones deteriora la capacidad de empatía dado que la persona que se niega a exteriorizar sus propios sentimientos, le resulta más difícil reconocer los de los otros.
Aparece un estilo de relación distante, duro o irritable, que muchas veces los demás interpretan como indiferencia o desinterés.
Reprimir emociones para no parecer vulnerable a largo plazo vuelve a la mente más rígida y al cerebro más estresado. Reconocer la vulnerabilidad, en realidad, es un acto de salud mental que abre la posibilidad de la intimidad, del alivio y del sostén que solo aparece cuando uno deja de ocultarse.










