¿Qué es el buen gusto en la era de la cultura digital y de la inteligencia artificial?

¿Qué es el buen gusto en la era de la cultura digital y de la inteligencia artificial?

Durante siglos, el gusto fue una brújula que nos ayudaba a elegir qué leer, qué escuchar, qué vestir y hasta a quién admirar. Hoy, esa orientación que siempre es a la vez social e íntima, está siendo reemplazada por sistemas de recomendación algorítmica, modelos de Inteligencia Artificial y plataformas que anticipan nuestras preferencias antes de que sepamos que las tenemos.

En un contexto de producción estética infinita y accesible, la pregunta ya no es qué nos gusta, sino quién o qué decide eso por nosotros.

Hablar de “buen gusto” nunca fue sencillo. Lejos de ser una cuestión puramente estética, el gusto siempre estuvo atravesado por relaciones de poder, educación y pertenencia social.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu fue quien mejor lo describió: lo que consideramos elegante o valioso no surge de una sensibilidad natural, sino de un aprendizaje bien mundano. Saber qué apreciar y por qué fue históricamente una marca de clase, una señal de haber sido expuesto a ciertos códigos, obras y tradiciones.

En ese sentido, el gusto nunca fue solo una cuestión de preferencias personales sino, más bien, una manera de situarse en el mundo que estaba mediado por instituciones, críticos, escuelas, circuitos culturales y tiempos largos de formación.

Ese ecosistema está siendo alterado por la cultura digital y la inteligencia artificial.

El crítico estadounidense Kyle Chayka plantea una tesis inquietante en su libro Filterworld: vivimos en una era de abundancia estética tan extrema que lo estético empieza a perder valor.

Cuando todo está disponible todo el tiempo, cuando millones de imágenes, canciones, textos y estilos compiten por nuestra atención, la experiencia del gusto se vuelve superficial. No hay escasez, no hay espera, no hay búsqueda. Solo un flujo constante.

La irrupción de la Inteligencia Artificial generativa aceleró este proceso, al aprender de patrones previos y optimizar aquello que “funciona”. De este modo, refuerza lo familiar y lo que ya fue aprobado, generando una estética global homogénea que agrada a todos y no ofende.

Es lo que Chayka llama airspace: la sensación de estar en un mismo lugar estético sin importar si uno está en Buenos Aires, Berlín o Bangkok. Cafés, departamentos, marcas, playlists, portadas de libros y ahora imágenes generadas por IA que parecen intercambiables.

Imágenes, estilos, canciones y textos están disponibles todo el tiempo. No hay escasez, no hay espera, no hay búsqueda. Sólo un flujo constante.

Sin embargo, como señala la diseñadora argentina Laura Varsky en su libro La voz detrás de las imágenes, hay dimensiones de la producción artística que las pantallas no pueden capturar.

El peso de un objeto, la textura de un material, la experiencia corporal de un espacio, el tiempo compartido con otros frente a una obra son irreproducibles en una superficie plana llena de píxeles. El gusto y el arte se forman en la experiencia encarnada, en la repetición, el contexto y en la historia.

La redefinición del gusto en la era de la inteligencia artificial no implica su desaparición, sino su desplazamiento manteniendo algo que siempre fue frágil: la capacidad de prestar atención, fascinarse con algo que nos conmueve más allá de su apariencia y educar una mirada propia, que solo surge con demora, tiempo y silencio.

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