«Tengo una sensibilidad femenina en algunos aspectos»

«Tengo una sensibilidad femenina en algunos aspectos»


Eduardo Blanco se abrió camino en el corazón de su público con una mezcla de perfil bajo y personajes tan entrañables como profundos. A los sesenta y siete años, este pisciano nacido en Buenos Aires puede mirar atrás y sentirse satisfecho con el recorrido. Se destacó en cine, televisión y teatro. Luna de Avellaneda, El hijo de la novia, Vientos de agua, son algunas de las ficciones de pantalla grande y chica en donde dejó su huella.

Pero, además, hasta hace poco más de un año fue protagonista de Parque Lezama, ese éxito teatral de mil doscientas funciones y más de un millón de espectadores que protagonizó con Luis Brandoni. Un logro que comienza a repetirse en Empieza con D… siete letras, comedia dirigida y escrita por Juan José Campanella en coautoría con Cecilia Monti, que Blanco arrancó con Fernanda Metilli y ahora sigue con Victoria Almeida, siempre en el teatro Politeama.

Tras convertirse en un suceso en 2025, esta obra sobre la vulnerabilidad de un hombre y una mujer que se encuentran a pesar de la diferencia de edad, inicia el viernes 9 de enero, en Buenos Aires, una nueva temporada.

Mil trescientas funciones con Parque Lezama, trescientas en lo que lleva Empieza con D… siete letras, y las que están por venir este año.

-¿Cómo se prepara un actor para una nueva temporada de una obra que ya hizo tantas veces?

-En un estreno hay nervios, sea una obra que ya hiciste o no, porque nunca sabés qué va a pasar con eso que venís trabajando. Lo que tenés en todas las funciones es adrenalina. En el caso de esta obra, el piso es muy alto, entonces hay cierta seguridad, pero eso no quita la adrenalina. En Parque Lezama había algunas funciones mejores que otras, pero el piso también era muy alto. A veces nos parecían flojas a nosotros y a la gente le encantaba. Esta es una comedia dramática. Como todo lo que hace Campanella, tiene humor, emoción y reflexión. Sobre el escenario, si bien vivenciás los momentos dramáticos, no tenés dudas con la risa. Cuando la gente se ríe, es que las cosas están saliendo bien. Aunque puede pasar que la sala esté en silencio y que al final el público estalle en un aplauso cerrado. Eso significa que ese día el público transitó la obra por otro lado.

Transité los primeros años de carrera remándola en dulce de leche.

Eduardo Blanco, en el camarín del Politeama. Foto: Fernando de la Orden

Un éxito no se abandona

En la sala de espera de un consultorio dental, dos personajes chocan de la manera más inesperada: Miranda Delgado, una profesora de yoga en sus 30, y Luis Cavalli, un médico retirado en sus 60, viudo y en busca del manual de instrucciones de un nuevo mundo. Ese es el disparador de Empieza con D… siete letras, que en 2025 se perfiló como uno de los grandes sucesos teatrales del año.

-¿Por qué funciona tan bien Empieza con D… siete letras?

-Es fácil verse identificado con algunas de las situaciones, o con los personajes o con las relaciones que van apareciendo. Es una obra que tiene grandes diálogos, que son profundos y a la vez divertidos. Te sentás en una butaca y te invitamos a que te diviertas, a que experimentes alguna emoción. Pero la obra no termina cuando el telón baja; inevitablemente te quedás hablando de lo que acabás de ver, porque te rebota. Y no termina en la cena a la salida del teatro: sigue también en la semana, cuando tuviste la necesidad de recomendarla o invitar a alguien a verla para compartir algo que te conmovió.

-Compartir una emoción…

-Compartir la vida, porque esta es una historia de vida que habla de los vínculos, tanto de pareja como de padre e hijo o exparejas. En cualquier historia, uno no es solo lo que es, sino en función de las circunstancias que atraviesa. Y a veces favorecen a que alcancemos nuestros deseos y a veces no. Por eso no tiene sentido este mundo que vivimos de mirarse el ombligo, porque todo lo que nos pasa lo vivimos en función de un otro. De eso se trata la obra y es inevitable que uno se sienta reflejado en algo.

-La posibilidad de hablar de ciertos temas solo es posible en el arte. En este caso, en la obra se indaga sobre la posibilidad del amor entre personas con una gran diferencia de edad.

-Es un señor más grande con una mujer más joven, pero son dos personas adultas. En ese sentido, no es para nada una obra machista: no es el jovato que se levanta a la pendeja. El disparador es esa relación entre una mujer de treinta y un hombre de sesenta, pero la obra habla de la vida, de los miedos, de los vínculos. Y además es una obra argentina. No es tan sencillo encontrar obras escritas acá, por lo general viene mucho de afuera.

-¿Por qué pasa eso si la Argentina es reconocida mundialmente por su teatro?

-Pasa en el teatro comercial, sobre todo. En el under hay más espacio para el riesgo. En cambio, en el teatro comercial, si un productor invierte en una obra prefiere hacerlo en una que ya haya tenido éxito en otros países. Se va sobre seguro. Es mentira, nadie tiene la posta, pero hay una sensación de mayor seguridad. En cambio, a los autores argentinos hay que ir a buscarlos y encontrar a los que tengan material para el teatro comercial, cosa que no siempre sucede. Hay muchos y muy buenos autores, pero quizás son obras para otra cantidad de público, para el teatro off o para el oficial. Es una pena, pero así como en el teatro under hay mucho y muy bueno hecho por nosotros, en el teatro comercial no hay tanto autor argentino.

-¿Por qué creés que, a pesar de nuestras carencias económicas, políticas y sociales, la cultura es tan poderosa en la Argentina?

-En sentido teatral, somos una potencia. En el caso de Buenos Aires, que es lo que más conozco (al margen de las muy buenas producciones que se hacen en varias provincias), creo que esta ciudad, particularmente, se enriquece con la fusión de culturas. Siempre hubo una rica mezcla de gente llegada de todos lados. En teatro y en el arte en general, la mezcla de españoles, italianos y judíos dio resultados extraordinarios. Esas comunidades nos fueron dando una gran riqueza cultural.

-Mientras tanto, qué mundo loco estamos viviendo.

-¡Qué mundo feo estamos viviendo! Es difícil de comprender. No encuentro una lógica, salvo la lógica de los intereses, del poder, de la desmesura: gente muy millonaria que quiere ser cada vez más millonaria sin importarle el otro. El mundo del individualismo. Por supuesto que las redes sociales tienen esa orientación y no estoy en contra de ellas ni de la tecnología, pero las sociedades tenemos que ver cómo las incoporamos, las buenas y las malas. Soy actor y la aprobación me resulta necesaria, pero ¿cuál es el límite de esa aprobación? Pareciera que por un “me gusta” más o un “me gusta” menos hay gente que es feliz o no.

Eduardo Blanco, un socio del éxito con perfil bajo. Foto: Fernando de la OrdenEduardo Blanco, un socio del éxito con perfil bajo. Foto: Fernando de la Orden

En la Argentina no existe esa voluntad de acordar dos o tres ideas que perduren para siempre, gobierne quien gobierne.

-Y que se vuelve capaz de hacer cualquier cosa…

-Hay mucha gente que ha muerto haciendo una maniobra arriesgada para ver cuántos seguidores nuevos conseguía. Entiendo que cuando nosotros éramos jóvenes, para los más grandes traíamos un mundo alocado. A lo mejor ahora estamos en esa posición. Pero me cuesta creerlo porque, más allá de las aberraciones, era un mundo que tendía a la solidaridad y la comprensión del otro. O por lo menos yo tenía esa fantasía. Ahora, la realidad me pega en la cara.

-¿Pensaste que se iba a dar este retroceso?

-Los deseos son una cosa y la realidad es otra. Hablar de generalidades es muy difícil. Quiero pensar que en algunos sentidos el mundo evoluciona, pero en muchos otros, involuciona. Lo ves ir para un lado y para el otro. Parece que solo existiera el blanco y el negro, que no hubiera una gama enorme de colores. Los acuerdos están mal vistos, se ven como debilidades en lugar de posibilidades de mejora, como debe ser.

-La famosa frase “tiremos todos para el mismo lado”.

-Yo siempre me hice una pregunta básica y tonta: ¿cómo puede ser que, por ejemplo, en África, veinte mil blancos dominen a ocho millones de negros? Es posible que sea porque esos negros no se ponen de acuerdo. Y en nuestro país hace muchos años que estamos lejos de que nuestros representantes se pongan de acuerdo. No existe esa voluntad de acordar dos o tres ideas que perduren para siempre, gobierne quien gobierne. Son incapaces. Tengo una gran decepción con nuestros políticos.

-¿Y el teatro? ¿Qué función cumple en este panorama?

-El teatro sobrevivió a la radio, a la televisión, al cine, a internet. Es un lugar inevitable si querés que te cuenten una historia presencial y vivenciar lo que pasa en el momento. Esa adrenalina es la que lo diferencia de todo lo demás. Es mágico, porque la misma función de ayer la ves pasado mañana y vibra diferente. Beto Brandoni, en una de las tantas funciones que hicimos de Parque Lezama, dijo: “Tenés 500 personas en la sala, estás haciendo una comedia; de este chiste ayer se rieron todos, hoy no se rio nadie. ¿Se pusieron de acuerdo en la esquina para no reírse?” Y no, es la magia del teatro, lo impredecible, lo misterioso. Y es genial, porque es un fenómeno comunitario.

Como persona, nunca abracé esa idea de que los hombres no lloran. Siempre me rodeé de mujeres y me rebelé contra eso.

Escena de la obra Empieza con D… siete letras. Aquí, Blanco con Fernanda Metilli. Ahora lo acompañará Victoria Almeida.Escena de la obra Empieza con D… siete letras. Aquí, Blanco con Fernanda Metilli. Ahora lo acompañará Victoria Almeida.

Un hombre en la era del feminismo

-Antes dijiste que la obra no es machista, ¿cómo te llevaste con la ola de feminismo que atravesó nuestra sociedad en los últimos años?

-No me llevé ni mal ni bien. Los fanatismos no me gustan. Entiendo que a veces los cambios vienen con ese acento, porque cuando hay algo que requiere encontrar un equilibrio -y yo creo que sí lo necesitaba y lo sigue necesitando-, hay que ir a fondo y ese a fondo puede venir con mucho por pulir. Hace años que pienso que hay un desequilibrio enorme entre la posición de los hombres y de las mujeres. En 2018 hice un espectáculo en España y me llevaron a hacer un recorrido por el teatro Arriaga de Bilbao. En un momento, me muestran el palco para las viudas. Un lugar escondido, a un costado del escenario, no con la gente, sino al costado, adentro, para que nadie las viera. No había palco para viudos, pero sí para ellas. Una humillación total. Y es solo uno de muchos ejemplos. ¿Cuánto hace que votan las mujeres? La disparidad es escandalosa. Lo peor es que esa diferencia ni siquiera favorece a los hombres, es erróneo pensar eso; la cultura nos atraviesa a todos y esas injusticias nos afectan también.

-En la obra se ve algo de eso.

-Son un hombre y una mujer de generaciones diferentes, los dos atravesados por culturas distintas. Por supuesto que él cometió errores en la vida que perjudicaron a terceras personas, pero eso no significa que no lo hayan perjudicado a él también. No estoy diciendo quién sufre más que otro, sino que el hombre, a pesar de dañar y sin eximirse de esa responsabilidad, tiene una cultura que lo atraviesa pero que también se lo lleva puesto.

-“Los hombres no lloran”, nos dicen desde chicos. ¿Cómo crece un actor, que debe tener un vínculo fuerte con sus emociones, a partir de una premisa así?

-No te digo como actor sino como persona: nunca abracé esa idea. Siempre tuve una sensibilidad femenina en algunos aspectos. Siempre me rodeé de mujeres -empezando por mi madre y mi hermana- y me rebelé contra muchas de esas cosas. Siempre me hizo ruido el rol que le dejaba la sociedad a la mujer, que no era de igualdad. También la confusión de las mujeres de querer ser iguales en algunos aspectos que las benefician, pero no en otros que no. Y es lógico. La vida está llena de contradicciones, búsquedas, necesidades, deseos. Ojalá nos relacionáramos mejor con el deseo, tanto del lado de los hombres como del lado de las mujeres. Es lo primero a lo que te obligan: renunciar a tu deseo para hacer lo que hace falta y no lo que querés realmente.

-¿Cuál es tu proceso de construcción de un personaje?

-Reivindico las escuelas de teatro y siempre invito a los alumnos a que experimenten distintos profesores y escuelas para armar el método propio. No creo que en esto haya nadie que tenga una única verdad. Lo que tenemos que hacer es aprender a comunicarnos, y para eso uno usa las herramientas que conoció, que investigó y que descubrió en la acción. ¿Cómo se mezcla todo eso en la construcción de un personaje?

-No tengo la misma experiencia de trabajo con el personaje que hacía en Parque Lezama, que era un personaje treinta años mayor que yo y con algunas vulnerabilidades que yo no tenía, que el de Empieza con D… siete letras, un hombre de mi edad, más cercano culturalmente a mí. Cuando estrenamos Parque Lezama, mi padre vivía. El personaje tenía ochenta y cinco años y sufría de Parkinson, igual que mi papá, aunque era más joven. Observé cientos de ancianos, estaba atento a cada uno que me cruzaba en la calle. Un día me probé ropa para el ensayo, como para ir buscando el personaje, cantidad de cosas que no funcionaban. En un momento me vino a la cabeza mi abuelo con sus pantalones bien arriba, así que me los subí, y eso me dio una postura corporal. Al final, de manera casi inconsciente, terminé haciendo una mezcla de mi abuelo y mi padre. Es eso: en la sumatoria de elementos, del texto, de los compañeros, del director, vas construyendo.

Eduardo Blanco fue vendedor y taxista antes de ser actor. Foto: Fernando de la OrdenEduardo Blanco fue vendedor y taxista antes de ser actor. Foto: Fernando de la Orden

-Ahora tenés éxito, pero imagino que no habrá sido siempre así. ¿Cómo atravesaste esos momentos?

-Fue muy difícil. Empecé en la adolescencia, en un grupo de teatro independiente, pero no con la intención de ser actor. Mi papá era mecánico. No teníamos consumo de cultura. Para mí era un juego más y para mi familia también. Recién a los veinticuatro tomé la decisión de ver cómo darle forma a la actuación como modo de vida. Y la verdad es que había y hay espacio para unos pocos. No sé cómo se hace. Transité los primeros quince años remándola en dulce de leche, e incluso dos veces tomé la decisión de largar, pero tuve amigos que me apoyaron.

-¿Hubo una negativa que te hiciera pensar en abandonar?

-No una, una sumatoria de negativas. ¿Sabés qué pasa? A los veintinueve fui padre. Y cuando tenés un hijo, hay que pagar las cuentas, la escuela, los pañales. El deseo lo tenemos todos, pero el mundo está hecho de realidades. Hay necesariamente una cuota de suerte, pero la suerte te tiene que agarrar andando, no sentado en tu casa. También hay un aprendizaje personal, sobre todo cuando vas cayendo. Mientras tanto, laburé de veinte millones de cosas: vendí de todo, fui taxista. Yo no venía de familia de artistas, así que no tenía mucha orientación. En esa época, un contrato de seis meses quizás te alcanzaba para vivir otros tres meses más sin que te dieran laburo, ahora es imposible. Termina un contrato y tenés que salir corriendo a buscar otra cosa. Y no siempre aparece. Conozco todos los estadíos de esta profesión. Me fue infinitamente mejor de lo que fantaseaba, pero tuve que transitar el infierno. Un infierno existencial, porque nunca pasé hambre. Siempre me las rebusqué. Pero uno se pregunta qué quiero hacer, quién soy, para qué estoy en este mundo.

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