En una Copa Africana de Naciones atravesada por pasiones intensas, rivalidades históricas y estadios que laten como cajas de resonancia, hubo en Rabat un gesto mínimo y a la vez enorme que explicó mucho mejor que cualquier discurso el clima de la semifinal entre Marruecos y Nigeria.
Cuando los equipos ya estaban formados y el protocolo marcó el inicio de los himnos, el estadio —hasta entonces dominado por los silbidos contra los jugadores nigerianos y los gritos ensordecedores a favor del local— entró en una pausa inesperada. Sonó el himno de Nigeria y, durante esos segundos, los hinchas marroquíes detuvieron todo. No hubo silbidos. No hubo gritos. Hubo aplausos.
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Los hinchas de Marruecos aplaudieron el himno de Nigeria.
Fue el único momento de la previa en el que la presión ambiental se apagó por completo. Un instante breve, casi frágil, pero cargado de sentido: el respeto institucional y deportivo por encima de la rivalidad. Apenas terminó la música, el estadio volvió a su lógica habitual: el aliento cerrado a Marruecos, los silbidos para Nigeria, el ruido amplificado por la arquitectura y las vuvuzelas. Pero algo ya había quedado dicho.
Ese aplauso al himno rival no fue espontáneo ni aislado. Fue colectivo, consciente, casi pedagógico. En una noche de semifinal continental, con el orgullo nacional en juego y un boleto a la final en disputa, el público local marcó un límite claro entre la competencia y el respeto.
En tiempos en los que el fútbol suele confundirse con hostilidad permanente, el estadio dejó una imagen poderosa: se puede empujar con fuerza, intimidar desde el ruido y defender los colores propios sin cruzar ciertas líneas. Un gesto pequeño, sí. Pero profundamente africano. Y, quizás, una postal del fútbol que Marruecos quiere mostrarle al mundo de cara a 2030.










