“De chico creía que era el único nene gay y no quería vivir más”

“De chico creía que era el único nene gay y no quería vivir más”


Gabriel Oliveri es director de Marketing del Four Seasons Buenos Aires y a la vez actúa, trabaja en la televisión, es amigo de muchas celebridades, escribió un libro, da charlas motivacionales y tiene mucho sentido del humor. Todo de manera vertiginosa, como es su modo de hablar. Casi que la totalidad de los sueños que tenía de chico en Concordia, Entre Ríos, los pudo concretar y va por más.

Oliveri estudió con maestros de la actuación como Julio Chávez y Carlos Gandolfo, y acaba de reestrenar Queridísimo Truman en el Paseo La Plaza, luego de una exitosa temporada en el Teatro San Martín. Se trata de una biografía musicalizada del autor de obras maestras como A sangre fría y Desayuno en Tiffany’s, y del que él es fanático desde niño.

Gabriel Oliveri, de la hotelería a la escena. Foto: Antonio Becerra

Anfitrión de estrellas del espectáculo o la moda como Madonna, Mick Jagger y Carolina Herrera, de figuras de la literatura como Paul Auster y Mario Vargas Llosa, y de personalidades únicas como Diego Maradona, Fidel Castro y Bill Clinton, entre tantos, Oliveri es un hombre multifacético e inquieto, que se desliza sin inconvenientes a donde la vida lo lleve.

Mamá siempre me dio la sensación de que yo era un chico especial y me lo creí.

Un chico de Concordia

-Gabriel: ¿qué hay detrás del lujo y el show en tu vida? ¿Quién sos?

-El lujo y el show son parte de mi trabajo. Siempre digo que no compro lo que vendo. Yo sigo siendo un chico de Concordia y no es una pose. No soy el trabajo que hago en el hotel ni soy el lujo, ni los ricos ni los famosos. Y me encanta que me haya sucedido, pero yo sigo siendo de mi pueblo, de mi papá, de mi mamá, de gente de trabajo. Y creo que soy un afortunado de poder haber vivido la vida que soñé. Sin creer que eso es la verdad. Pero lo disfruto.

-¿Soñabas cinco estrellas?

-A mí siempre me gustó, más que el lujo, lo limpio, lo lindo, lo armónico, por mi mamá, que era española, y que me enseñó que existía la porcelana de Lladró, el cristal de Baccarat. Entonces, yo después viajaba y veía todo eso. Ella, inmigrante, siempre vivió en otro mundo… Era una mujer muy trabajadora, paraba para hacer la comida, cosía, era una bestia del trabajo como mi viejo. Pero siempre tuvo tiempo para que leyéramos los libros que ella nos había comprado, pese a tener solo segundo grado y siendo tan humilde. O sea, cuando viajé, yo fui a ver el mundo que mamá me había contado.

-¿Estás cumpliendo el sueño de tu mamá, entonces?

-Lo digo en la obra Queridísimo Truman: uno a veces rechaza a las madres, pero termina pareciéndose mucho a ellas y cumpliendo hasta sus sueños. Hay algo de legado que uno, sin querer, lo recibe de los padres y en mi caso de mi madre. Yo heredé de mi mamá su encanto por la belleza. De hecho, cuando yo me compré mi departamento en Recoleta, después de tantos años de trabajo, ella vio que las puertas eran de madera con bronce. ¡Y ella estaba enloquecida con eso!

-O sea que tu mamá y vos, siendo un chico, soñaban algo que no podían vivir, porque estaban muy lejos para acceder a eso…

-Nosotros éramos una clase media baja de trabajo. Mi papá primero fue camionero, después almacenero, pero nunca nos faltó nada, siempre tuvimos comida, ropa, casa linda, estábamos calentitos. Y lo que nunca faltó, a pesar de muchas cosas que no eran tan lindas de la vida, fueron las risas. Disfrutábamos lo que había y le poníamos mucho humor. Siempre nos divertimos a pesar de las tragedias y de las cosas feas que hay en todos lados.

-¿Cuáles fueron tus tragedias?

-En mi casa pasaba algo conflictivo. No entro en detalles porque hay gente que todavía está viva, pero no era con mis padres. Entonces siempre yo fui como el chico al que dejaron libre para hacer todo porque el problema era otro familiar. (Piensa). No había dinero para comprar libros, ni revistas ni nada, pero siendo muy chicos leíamos a Silvina Bullrich, Marta Lynch, Beatriz Guido, Mario Vargas Llosa… Yo soy hijo de las actrices que amaba mi mamá: Ava Gardner, Grace Kelly, yo todo lo sé por ella…

-¿Tu mamá quería que fueras como ella?

-Sí y siempre me lo decía: ser como mamá. “Vos tenés que parecerte a mí”. Viviendo en un barrio humilde de Concordia, me decía: “Tú no te pareces a nadie, tú no te pareces a ellos, tú eres especial, tú eres un rey y en la vida te van a pasar cosas que no le van a pasar a ellos, pero no lo cuentes”. Entonces siempre me dio la sensación de que yo era un chico especial y me lo creí.

-¿Qué más quería de vos?

-Ella quería que fuera una persona calma, que no fuera violento, que fuera educado. Hace dos años que falleció.

Oliveri en Queridísimo Truman (Paseo La Plaza, sábados y domingos). Foto: Carlos Furman / Teatro San MartínOliveri en Queridísimo Truman (Paseo La Plaza, sábados y domingos). Foto: Carlos Furman / Teatro San Martín

Yyo me sentía Frankenstein, un monstruo que ocultaba adentro algo horrible.

La sexualidad diferente

-¿Cómo viviste alguna de esas carencias en Concordia? ¿Cómo las sobrellevaste?

-Lo más difícil fue que en mi casa había ciertas situaciones que eran inmanejables. Entonces, yo creo que la mayoría de las familias son disfuncionales y uno hace lo que puede, pero también estaba el tema de que yo era gay y no lo podía decir. Creía que era el único nene gay de la ciudad. Entonces, yo vivía teniendo que actuar que estaba todo bien. Recién a los 15 años tuve una crisis terrible, no quería vivir más. Hablé por teléfono público con una psicóloga y le dije que necesitaba que me atendiera y que no tenía plata. Me puse a llorar y le conté que no quería vivir más. Ella me pidió que fuera. Me hizo hacer un pacto. Me dio la mano y me dijo: “Vos me tenés que prometer que vas a vivir hasta que descubras por qué no querés vivir. Porque de la muerte no se vuelve”.

-¿Y qué te pasaba? ¿Estabas así por tu sexualidad?

-Angustia, depresión… La sexualidad diferente y no poder comentarla y creer que era el único. Ella me dijo que había más gente como yo. Y después me fui a Buenos Aires por su recomendación.

-O sea, hasta ahí, de algún modo, no te sentías comprendido en tu sexualidad.

-No, no, es que ni se hablaba. Más que incomprensión, nada. Era algo oculto, como que yo me sentía Frankenstein, un monstruo que ocultaba adentro algo horrible, horroroso, no lo podía compartir. Y cada dos por tres lloraba.

Oliveri es director de Marketing del Four Seasons Buenos Aires y a la vez actúa, trabaja en la televisión Foto: Antonio Becerra. Oliveri es director de Marketing del Four Seasons Buenos Aires y a la vez actúa, trabaja en la televisión Foto: Antonio Becerra.

-¿Cuándo te fuiste a Buenos Aires?

-Con la psicóloga decidimos que me tenía que ir a los 17 años y ella me dijo que eligiera una carrera para estudiar para tener la excusa. Entonces opté por Abogacía, se lo dije a mis padres y me vine a estudiar. Ellos me ayudaron mucho, me pagaron todo para que viniera. Llegué a vivir en una residencia universitaria de curas que era muy espectacular.

-¿Por qué, si venías de la opresión por tu sexualidad, te fuiste a un lugar religioso?

-Es que mamá dijo que para ir a Buenos Aires tenía que buscar un lugar que estuviera protegido. Y estuvo muy bien en mandarme ahí, fue un lugar de contención muy bueno. Obviamente, nos las pasábamos rezando, me generaba un montón de culpa.

-¿Cuándo finalmente sentiste que te liberabas para ser quien querías ser?

-Mi papá muere de un infarto en la calle a fines de los años ochenta, principios de los noventa. Yo fui en micro desde Retiro, lloré seis horas y cuando llegué ya no tenía una lágrima más. O sea, era el que no lloraba en el velorio, un papelón. Y yo me acerqué al cajón, lo miré a mi papá con los labios azules, esa persona que había sido tan amoroso, tan divino. Y levanté la vista, la miré a mamá y dije para mis adentros: “La que se le viene. Porque yo, de acá en más, voy a hacer todo lo que tengo que hacer”. Me di cuenta de que me esperaba un cajón. La muerte de mi papá, con todo el amor que yo le tenía, fue una cosa súper positiva a nivel vuelco de vida. Entonces ahí me liberé, me dejé el pelo largo, dejé de estudiar…

-La muerte de tu papá te quitó peso en la espalda. ¿Y qué te dijo tu mamá de tus nuevas decisiones?

-Primero, yo estuve seis meses con depresión por la muerte de papá, yo no sabía que estaba tan mal. Pero después empecé a salir a bailar de lunes a lunes. Y a la mañana siguiente era la mano derecha del cura, llegué a ser el coordinador general de la residencia, que fue como mi primer hotel y eso que tenía 20 o 21 años. Y ahí le dije a mi mamá que ya no quería estudiar, que quería ser libre, y ella me respondió que ser libre implicaba libertad económica. “A partir del mes que viene yo no te voy a mandar dinero”, me respondió. Así que me deseó suerte y que fuera libre. Fue un hasta pronto y me cortó. Y se terminó la relación conmigo por tres años.

-Eso habrá sido un momento muy difícil para vos…

-Terrible. Como la mamá de Woody Allen, se me aparecía todas las noches en sueños. Me hablaba… Así que decidí volver a hablarle porque… No me la podía sacar de la cabeza.

-¿Qué te decía en los sueños?

-Me daba consejos. O sea, lo que me hubiese dicho de lo que me estaba pasando. Así que pasaron tres años y la llamé. Antes había vivido una situación muy difícil: vivía en una pensión y me robaron todo lo que tenía, a mis 22 años.

-Pasé hambre más de una vez, pero tenía una amiga, Mecha, que tenía un departamento cerca, entonces yo la esperaba sentado en la puerta para comer a la noche sin pagar. Pero un día pasé por una construcción en Suipacha y Santa Fe, con un mármol divino, y me entero de que iba a ser un hotel y conseguí una reunión y me dieron un puesto de maletero. ¡Yo jamás había estado en un hotel! La hotelería llegó a mi vida maravillosamente de casualidad y me cambió la vida. Me dieron un uniforme, zapatos, camisa, chalequito (deja de hablar, suspira, se emociona y se seca las lágrimas).

-¿Te emociona todo eso vivido?

-Sí. (Hace un silencio). Perdón, siento como que estoy frente a mi psiquiatra, mi terapeuta…Pero sí, me emociona verme ahí en la puerta, con tanta ilusión. Yo salía a la noche y miraba al cielo y decía: “Dios, hacé que me vaya bien” (con la voz entrecortada). Me emociona ese chico que no sé cómo pudo con todo, ¿no? Tenía una comida fuerte por día, que era la única, y tuve la suerte de que me tocara de jefe una gran persona. (Medita). Dios me dio como unos 17 años difíciles, pero después yo digo que le mandé una carta documento y se puso las pilas porque las cosas empezaron a cambiar y ahí fue todo en ascenso.

Oliveri es un hombre multifacético e inquieto. Foto: Antonio Becerra.Oliveri es un hombre multifacético e inquieto. Foto: Antonio Becerra.

-Sí, creo muchísimo, muchísimo. A veces me parece todo un cuentito, pero a mí me sirve mucho. Entonces yo creo en Dios, rezo todas las noches. Incluso cuando estaba solo, era joven y por ahí conocía a alguien y venía a casa, después de una noche intensa, al irnos a dormir yo le decía: “¿Te molesta rezar?” (Larga una carcajada). Uno puede pecar mucho y creer mucho, y además Dios está para eso, trabaja de perdonar, así que está bien. Pero creo en la Virgen de la Medalla Milagrosa.

-¿Pedís también por tu salud? ¿Pasaste algún momento difícil en ese sentido?

-Sí, sí. He tenido una situación de la que nunca hablo, pero fue muy, muy difícil, entre la vida y la muerte. Algún día la contaré.

-¿Te cuesta contarlo? Habrá sido muy traumático para vos…

-Sí… Siento que no es el momento. Yo creo que cada cosa se cuenta en el momento adecuado. Como cosas de mamá que algún día voy a contar.

-¿Sentiste que podías dejar este mundo?

-Definitivamente. Tuve en su momento una situación donde podría haber terminado todo y que también me sirvió mucho… Ahora soy una persona absolutamente sana, llena de vida, gracias a Dios. Pero las situaciones difíciles han hecho que yo sea muy consciente de que si me espera un cajón, si seremos una lápida, entonces seré un gozador intenso de la vida y voy por todo.

Oliveri en los jardines del Four Seasons. Foto: Antonio Becerra.Oliveri en los jardines del Four Seasons. Foto: Antonio Becerra.

A mi pareja no le gusta que hable de él. Me lo tiene prohibido. Es mi Daniel Tinayre.

Como Bambi en la nieve

–Por lo que contás de tu historia, afrontaste algunas situaciones difíciles, pero sirvieron para fortalecerte…

-Sí, sí, dos situaciones en total. Hace como diez años fue la última. Fue increíble, porque después de atravesarla, me pregunté: “Cuando yo era chico, ¿qué quería hacer?” Y ahí empecé a hacer televisión.

-Así es. Y hace dos años fallece mamá. Y pienso que, más allá de la relación que uno pueda tener, más allá de las idas y las vueltas, mamá muere, y yo creía que, bueno, tenía 92 años, es la ley de la vida, y no, no fue así. Me sentí Bambi caminando en la nieve y diciendo: “Mami, mami”. Y me costaba salir de la cama y andar. Entonces fui a una psiquiatra y me dijo: “Tenés que volver a hacer algo que a vos te haga feliz para que puedas recuperar las ganas de vivir”. Y eso, digo, es el teatro. Veinticinco años más tarde de haber venido a Buenos Aires para ser actor y después haber estudiado con muchos grandes maestros, llegó mi oportunidad.

-Las muertes de tus padres, en algún sentido, te liberaron de algo, te facilitaron un camino… En este caso, te permitiste ser actor…

-(Piensa). Sí, total. Y ella no quería que yo fuera actor. Pero yo siempre había soñado con eso. Es increíble, porque siempre había coqueteado con la idea, pero en las sombras. (Medita y cambia de tema repentinamente). Una vez en la vida viví lo que es el éxito de no poder caminar sin que la gente te pida autógrafo: cuando fui parte del Hotel de los famosos. Pero cuando terminó, al mes ya no me miraba nadie. Descubrir eso también es genial.

-¿Qué pasa cuando hay otro que no te mira?

-No me pasa nada, yo hago teatro, tele, pero no esperando que por la calle alguien me pare y me diga: “¡Qué bien!”. Si no sucede, no me importa nada.

-Te pregunto esto porque elegís ámbitos en tu vida que tienen que ver con el reconocimiento: celebridades, televisión, escenario, hotel cinco estrellas.

-Mirá, es genial ir a mi casa y estar tranquilo. Yo, en lo posible, sábado y domingo, salvo cuando voy a la televisión, me encanta quedarme leyendo diarios y libros y escribiendo en mi diario, que lo hago sin falta todos los sábados. Allí analizo mi semana, algo que se lo recomiendo mucho a la gente: pongo qué estuvo bien, qué mal… A veces escribo cinco páginas y otras veces, como cuando murió mamá, sólo un renglón porque no tenía más ganas…

-¿Pero es un análisis pormenorizado de lo que fue tu semana?

-Sí, de todo. Siempre lo divido en lo mismo ¿viste? Trabajo, afectos, televisión, teatro.

-No, no, hincha quinotos pero no me torturo. Soy prolijo, ordenado, me encanta el orden, soy una persona que va de vacaciones con agenda. Soy hincha pelotas, pero no soy perfeccionista.

-Yo te escucho y, en general, no parás. ¿Es así?

-No, no paro. Lunes a lunes. Me cuesta dormirme y lo hago siete, ocho horas, pero me parece como una pérdida de tiempo, ¿viste? Algo así como: “¡Ay, Dios mío, tengo que dormir!” Como siempre digo, duermo pero rápido porque me quiero levantar. A veces, te juro, voy caminando por la calle y pienso: “¡Ay, qué bueno lo que se va a venir ahora!”.

-¿Tenés una pareja a distancia?

-Sí, así es, vive en el Sur. Pero a él no le gusta que hable de él. Me lo tiene prohibido. Es mi Daniel Tinayre (ríe). Yo entiendo que estoy con una persona que no tiene ni redes sociales. Le encanta leer como a mí. El conoció a Gabriel, el de la hotelería, que es el que le gusta, pero no se lleva bien con el Gabriel de los medios.

-Siempre que se puede, a veces más, a veces menos. Pero cada mes. Al principio era mucho más. Ahora somos más adultos, entonces entendemos los trabajos de cada uno.

Dentro de muchísimo tiempo: ¿Cómo te gustaría que te recordaran?

-(Medita). Yo creo que vivo para ser un buen recuerdo. Me gustaría que la gente me recordara con una sonrisa cuando ya no esté. Vivir en alguien que diga que le enseñaste, que lo ayudaste, que le prestaste, que le compartiste un teléfono de tu agenda… Ser buena gente me parece que es lo más lindo que a uno le puede pasar.

Agradecimientos

Sastrería GNZ González. Mocasín Guido. Pelo: Alejandro Cerini. Estilista: Pame Martinelli.

Locación: Four Seasons Hotel Buenos Aires.

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