el día que se despertó el monstruo y se tragó dos barrios

el día que se despertó el monstruo y se tragó dos barrios


Cuando era chico pasaba los veranos en la casa de mis abuelos en “Kilómetro 3”, un barrio alejado a esa distancia del centro de Comodoro Rivadavia, que nació a principios del siglo XX como campamento petrolero. Eneros interminables –como parece todo en la infancia– en que podía sacarme de encima el encierro de un departamento en Buenos Aires y tenía a mi disposición la playa, la estepa patagónica y esos atardeceres de viento con perfume un poco a hierbas de campo, un poco a brisa del mar.

Pescar, leer novelas de aventuras y treparme a los frutales que mi abuelo italiano regaba obsesivamente eran mis actividades preferidas. También subirme al techo de la casa, de noche, a observar las cuatro estrellas lánguidas que conforman la constelación de la Cruz del Sur, que para los tehuelches se había originado cuando un choique (un ñandú petiso) escapó de sus perseguidores corriendo hacia el cielo, donde dejó su huella marcada.

El cementerio tehuelche era una planicie llena de grietas y socavones, y donde a veces asomaban lápidas olvidadas.

Hermitte, el monstruo

Pero cada tanto, con uno de mis amigos del barrio cargábamos nuestras gomeras y emprendíamos la aventura de subir al cerro. Ese “monstruo” que aparece en mi novela Hágase usted mismo y que en la vida real enmarca el barrio, delimitándolo como otras formaciones delimitan al resto de una ciudad expandida más a lo largo que a lo ancho, apretada entre la meseta y los acantilados que caen al mar.

El cerro se llama Hermitte, pero entonces no lo sabíamos. Solo dos de los colosos de estas latitudes son lo suficientemente reconocidos como para llamarlos con un nombre propio: el Chenque, símbolo de la ciudad y a cuya sombra se traza la ruta nacional 3 que une la zona norte del centro y sur de la ciudad, pero también el norte con el sur de la Patagonia.

“Chenque” significa “sepultura” y es donde los pobladores originarios enterraban a sus muertos. Eran los aonikenk o tehuelches que, según cuenta la historia, en 1520 el navegante portugués Fernando de Magallanes bautizó “patagones” por sus enormes pies y su mucha altura.

Algo debe tener el Chenque, porque los primeros criollos en llegar a la zona también lo eligieron como cementerio, aunque unos metros más abajo. Con el tiempo, los muertos tehuelches fueron arrasados por las topadoras que abrieron un camino alternativo como otra vía de comunicación, y los muertos del hombre blanco, en donde había pioneros argentinos pero también españoles, italianos, portugueses, polacos, galeses y bóers sudafricanos, entre muchas otras nacionalidades, también fueron cambiados de lugar.

En los ochenta, mi mamá me llevaba a la playa que entonces se abría justo debajo de las ruinas de aquel cementerio, que se había convertido en una planicie llena de grietas y socavones, y donde a veces asomaban lápidas olvidadas.

El otro cerro con nombre propio es el Pico Salamanca, recortado en el horizonte del paisaje azul y arcilla, parece un volcán pero también podría ser un enorme y sabroso postre que se derrama sobre sí mismo.

Pero el nuestro, simplemente, era “el cerro”. El que teníamos a poco más de seis cuadras de casa y que subíamos zigzagueando entre las matas, buscando lagartijas bajo las chapas que la actividad petrolera dejaba esparcidas entre los molles y la malaespina. Corríamos detrás de las liebres.

Nos deteníamos a intentar atrapar los cuises. Hasta que el suelo empezaba a elevarse y caminar ya no era tan fácil: había que trepar por un camino de rocas que se habían encimado hacía cientos de millones de años atrás, quizás cuando esta meseta era un mar, quizás cuando era un bosque, pero entonces nos parecía el acceso más directo para llegar a la cueva.

De esto también escribí.

De cómo veíamos las calles sinuosas del barrio desde esos doscientos metros de altura, las dos franjas azules, de mar y de cielo, como una bandera. De los ladridos de los perros allá abajo, detrás del cerco de los patios. Y el edificio Pagano, único alto del barrio, siete pisos de ladrillos a la vista porque jamás se terminó de construir.

Pero la cueva no era más que una meta, porque apenas la alcanzábamos nos repelía el olor a pis, las botellas de vino tiradas y la sensación de que en cualquier momento alguien iba a echarnos a las patadas. Así que subíamos unos pocos metros más hasta la cima. Entonces contemplábamos en silencio lo que había del otro lado: una estepa infinita, apenas interrumpida por algún barrio lejano que también había nacido al calor del bombeo de los pozos de petróleo.

Sin embargo, había algo más que podíamos hacer antes de emprender el regeso, por tramos usando toboganes de arcilla desprendida como medio de locomoción. Un barranco. El acceso era difícil, uno corría el riesgo de resbalarse y rodar. Valía la pena intentarlo: era el hogar de los loros. Llegar a los nidos era imposible, porque estaban ubicados en una pared vertical. Así que nunca nos animamos. Teníamos once años, pero habíamos desarrollado la capacidad de reconocer cuando algo era peligroso.

Las grietas en Comodoro Rivadavia.  Fotos Martín Levicoy

En los 90, partes del cerro Chenque colapsaron y la ruta 3 se abrió como en un terremoto.

Los barrios de la expansión

Ese paraíso de mi infancia empezó a deteriorarse a mediados de los años noventa, casi al mismo tiempo que yo maduraba y dejaba de ser un chico para transitar el doloroso peregrinaje hacia la adultez. Primero fue mi abuelo, y me encargué de regar el patio de ese verano triste antes de que muriera.

Un año después, partes del Chenque colapsaron y la ruta 3 se abrió como en un terremoto. La ciudad quedó dividida durante semanas. Hubo que ampliar el camino abierto por arriba del cerro, ese que había profanado la sepultura de los tehuelches.

“Ahí están festejando/ los del sable y la cruz/ cómo me despojaron/ sin ninguna razón/ sometiendo a mi raza/ en el nombre de Dios”, cantaba Rubén Patagonia, ese músico que supo mantener viva la cultura y el arte de su pueblo.

El colapso del Chenque coincidió con el de YPF, la empresa estatal que hasta entonces le había dado vida y alma a la ciudad y que durante esos años dejó de cumplir su rol como papá protector sobre los habitantes de esta porción austral del suelo –y del sueño– argentino.

Después murió mi abuela, la casa donde pasaba mis veranos quedó vacía, los árboles se fueron secando, un poco porque ya nadie los visitaba, otro poco porque el agua dulce, que siempre fue escasa, empezó a no ser suficiente para una ciudad tan grande, y los cortes de suministro pasaron de ser esporádicos a convertirse en una más de las dificultades con las que lidian los comodorenses.

Por esos años también nacieron El Marquesado y Sismográfica, alrededor de la base del cerro de mi barrio, ocupando los espacios donde antes jugábamos a los exploradores. Primero aplanaron el terreno, luego marcaron las calles, al verano siguiente ya no había dónde buscar a los cuises.

Casas prolijas, legales, enfiladas y con tendido eléctrico o ranchos ganados por la prepotencia de la necesidad. Barrios nacidos al calor de la expansión de Comodoro, que a pesar de los vaivenes económicos ya no solo se ampliaba de norte a sur, sino que desafiaba sus fronteras y las leyes de la física para colgarse de laderas imposibles.

Quizás por eso y por el cambio climático que trajo más lluvias, las catástrofes se ensañaron con la ciudad fundada por Francisco Pietrobelli en 1901: inundaciones, aludes, la ruta de nuevo partida, vientos iracundos como no soplaban desde los tiempos de los pioneros. Por entonces, llamaba a mi mamá entusiasmado cada vez que hablaban de Comodoro en las noticias de Buenos Aires. Ella lamentaba que siempre fuera por algo malo.

Deslizamiento del cerro Hermitte. Foto: Martín Levicoy

Hace pocos meses, YPF abandonó los últimos pozos que operaba y dejó un vacío cercano a la orfandad.

Las grietas de un sueño

Todavía sigo volviendo cada verano a la casa de Kilómetro 3. No tantos días como antes, pero el mayor tiempo que pueda. Cada año vi a la ciudad crecer y dejarse estar. Hace pocos meses, YPF abandonó los últimos pozos que operaba y dejó un vacío cercano a la orfandad.

También se fue mi mamá, que había nacido en esta tierra y en esta tierra descansa. En los pocos más de diez días que llevo de este enero de 2026, hubo dos homicidios: el de un chico que salió a buscar trabajo y el de una mujer de treinta y siete años que fue abusada y asesinada en uno de los puntos más transitados de la ruta 3.

Sus muertes se agregan al misterio de la pareja de jubilados que, unos meses atrás, desaparecieron en ese paraje inhóspito y fascinante que es el área natural Rocas Coloradas.

Como si tanta desgracia resultara poca, por estos días también se nos fue la voz poderosa de Rubén Patagonia. Doscientas personas lo despidieron en la costanera, con una ceremonia donde sonaron las lágrimas y sonó el kultrún, con su familia sembrando sus cenizas en el mar. Pero lo que tomó trascendencia nacional fue el derrumbe.

El Marquesado, aquel barrio dentro del barrio que ocupó la pradera apenas elevada de mis aventuras en el cerro Hermitte, se fue quebrando de a poco hasta que llegó el colapso. Sismográfica, que había crecido con construcciones cada vez más importantes bajo los nidos de los loros barranqueros, cedió ante esa tierra arcillosa.

Nada que sorprendiera: las calles del barrio, la casa de mi familia y la de los vecinos resistieron durante años atravesadas por desniveles y rajaduras. Pero esta vez la gente se quedó sin casa. Doscientas familias, mujeres y hombres que compraron sus propiedades de buena fe, que pagaban sus impuestos, salían y volvían del trabajo y llevaban a los chicos a la escuela, debieron abandonar el lugar donde habían construido sus vidas.

Una casa dañada por los deslizamientos de tierra. Foto: Martín Levicoy

Una sucesión de errores y corrupciones llevó a que se erigieran barrios en un terreno geológicamente inestables.

La ficción alcanzó a la realidad. El cerro Hermitte finalmente se convirtió en el monstruo. O quizás el monstruo fue la sucesión de errores, codicias y corrupciones que llevó a permitir que se erigieran barrios en un terreno que los estudios geológicos marcaban como inestable.

Paso este verano en la misma casa de siempre, a seis cuadras del lugar donde ocurrieron los derrumbes. Ayer me acerqué, un poco por curiosidad, otro poco porque algo más me une con esa gente.

Una de las calles de El Marquesado lleva el nombre de mi abuelo, un homenaje de la ciudad para sus primeros pobladores. Encontré a los vecinos organizando una comida, juntando ropa en canastos, esperando los veinte minutos que la Policía les otorga para entrar a sus casas a recuperar aunque sea una parte de lo perdido.

Enviados de los canales de televisión de Buenos Aires transmitían la desgracia. Hubiera querido decirles que en Comodoro también hay buenas noticias.

Que a esta geografía vasta se la conoce como “Patagonia azul” y es una porción de naturaleza casi virgen donde habitan pingüinos, ballenas sei y los paisajes más tristes y hermosos del sur.

Que la gente es amable y solidaria.

Que el cordero patagónico es una delicia, igual que las empanadas de centolla.

Pero ya vimos desmoronarse los lugares de nuestra infancia, las personas que nos acompañaron, el barrio y la ciudad. Incluso el mundo que conocimos parece a punto de colapsar.

El tiempo es implacable y, tarde o temprano, a todos nos cubrirá la tierra. Con esa idea volví a casa, con el viento empujándome de costado, saltando las grietas abiertas del suelo.

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