Lo balearon en un asalto, quedó en silla de ruedas y la resiliencia lo llevó a actuar en El Eternauta

Lo balearon en un asalto, quedó en silla de ruedas y la resiliencia lo llevó a actuar en El Eternauta


“Yo tenía dos opciones: quejarme de por vida o seguir para adelante capitalizando lo que me había pasado”, le dice Juan Pablo Regalado a Viva desde su silla de ruedas.

Tenía 26 años cuando, en diciembre de 2002, recibió un disparo en un intento de robo en Wilde, a metros de su casa. Estuvo dos años entre algodones, pero salió caminando.

Más de una década después, los dolores se hicieron tan intensos que quedó de nuevo en manos de los médicos. Desde entonces perdió la posibilidad de caminar.

Ahora se dedica a dar charlas sobre la importancia de planificar un mundo un poco más amable para las personas con discapacidad.

También lo hace a través de las redes sociales (@regaladojuanpablo). Pero lo que le valió más exposición fue su aparición -siempre en silla de ruedas- en el segundo capítulo de El Eternauta, la serie que fue uno de los hits de 2025.

Juan Pablo está en un vagón de tren, observado por el personaje de Ricardo Darín (“qué tipazo, qué buena onda que tiene”, dice).

“Esa escena se filmó en 2023. Hasta el momento del estreno no sabía cómo había quedado. Pero una amiga periodista me anticipó algo del capítulo de mi aparición y, la verdad, no lo podía creer”, sonríe.

Cuenta que también pudo ser parte de la segunda temporada de la serie División Palermo, pero no se dio: “Igual, con lo de El Eternauta ya estoy más que agradecido”.

El día en que su vida cambió

Trabajaba como periodista en una radio local, era locutor vinculado a la música tropical y hacía prensa institucional. Hasta que el 16 de diciembre de 2002 pasó lo que pasó. “Nací de nuevo”, asegura, aunque en su DNI figure la fecha original: 5 de agosto de 1976. “Mi cumpleaños lo celebro dos veces.”

Desde aquel hecho policial -del que le quedó una bala alojada en el cuerpo hasta que se la quitaron años más tarde-, vivió dos etapas muy difíciles dentro de lo que define como “la discapacidad adquirida”.

La primera fue acostumbrarse a entrar y salir de los hospitales, clínicas y centros de rehabilitación. La fe la encontró en una estampita de San Expedito que alguien le dio en su peor momento.

“Es el santo de los casos urgentes”, comenta. Fueron tiempos en los que caminaba con dolores, pero después, ni eso: tuvo que aprender de nuevo a caminar.

Doce años después de ser baleado, empezó a sentir dolores de nuevo. En silencio, la lesión original se había expandido. Ya no pudo caminar más. Se separó, adaptó su casa e inició una nueva vida.

Los médicos le hablaban de “alguna compresión en la zona de la bala”, “terminaciones nerviosas”, “falta de dorsiflexión” y tantas cosas más de las que se hizo conocedor por experiencia propia.

“Me había convertido en un experto en neurología”, ironiza. Lo que le decían, lo entendía. Pero de todos modos su cuerpo lo empujaba hacia la incertidumbre. Fue la época de una meningitis y sus consecuentes dolores intensos. Llegó a pesar 32 kilos. La vida, sentía, se le iba.

“Pero de un día para otro, literal, empiezan a nivelarse los glóbulos blancos, los glóbulos rojos y me sacan de terapia intensiva. Nunca se supo cómo fue posible eso. Pero ahí entra lo que te decía de San Expedito. Nunca se sabe por qué ocurren algunas cosas.”

Y le dieron el alta. Salió del hospital con un esfuerzo tremendo para valerse por sí mismo. No quería salir en silla de ruedas. Lo logró. Después, el andador; y luego, el bastón. Pasaron casi tres años hasta que volvió a caminar. Su vida, desde ahí, fue una vida normal: conducir un auto, viajar como mochilero por el sur del país y por Colombia, nadar o irse a Venezuela con su pareja.

De nuevo a pelearla

Doce años después del balazo, en 2014, empezó a sentir dolores tan pero tan intensos que para calmarlos debía tirarse al piso, boca arriba, donde fuese que estuviera. “No aguantaba estar parado, no aguantaba estar sentado. No aguantaba nada”, lamenta. Y por primera vez no sonríe.

Volvió a los médicos y a los estudios. Y a la incertidumbre. Arrastraba la pierna derecha al caminar, le costaba conducir. “Frenaba y aceleraba con la izquierda”, recuerda.

Juan Pablo Regalado sufrió un intento de robo en 2002. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

En silencio, la lesión original se había expandido. Pronto le costaría demasiado el simple hecho de caminar. Siguieron tiempos largos de internación en el Hospital Británico. “Ya no sabía qué pensar. No entiendo cómo es que me banqué tanto tiempo internado, porque además no sabía cómo iba a salir”, dice.

Así, fueron años: 2016, 2017, 2018. Que incluyeron un centro de rehabilitación donde -no se olvida más- una fisiatra le soltó: “A partir de hoy vas a usar silla de ruedas”.

“Desde entonces -dice- tuve que aprender a sentarme en una silla, a transferirme de un lugar a otro con las manos porque no tenía fuerza en las piernas, a tratar de ir al baño también en silla de ruedas y a pasarme a un inodoro. Por suerte, tengo movilidad en los brazos, lo que me permite ser autónomo, independiente. Siempre peleé en todas las instancias”, dice.

Se separó, se fue a vivir solo, adaptó su departamento del quinto piso de Avellaneda en el que vive, se puso de novio y siguió solo porque “la vida pasa y hay que salir adelante de la forma en que se pueda”. Así, dio comienzo a la segunda etapa de lo que define como discapacidad adquirida: “Empecé a hacer lo que siempre quise hacer: viajar, hablar con la gente. En definitiva, pasarla bien”.

Era 2022 cuando dio sus primeras charlas motivacionales por Zoom. Fue para un congreso de discapacidad en Lobos, provincia de Buenos Aires. Era el principio de su revancha: “Sabía que me las podía arreglar solo”.

Empezó a concientizar sobre la importancia y necesidad de rampas en los edificios, baños adaptados, espacios accesibles.

“Si uno plantea determinadas necesidades desde lo positivo, funciona”, dice. Organizó más charlas de concientización. Siempre a partir de su experiencia. Hace unos meses se fue solo a Europa: España, Francia. “Eso lo logré simplemente porque me animé”, suelta. “No tengo ganas de pedir permiso”, agrega.

Volvió a trabajar en prensa institucional, en una radio, en publicidades, es docente en Periodismo y hasta participó con su silla de ruedas en más de cincuenta carreras de calle en distancias de 8, 10 y 15 kilómetros y jugó al tenis de mesa.

“Y además de eso se me ocurrió hacer un casting. Le demuestro al mundo que en cualquier lugar puede haber una persona con discapacidad que necesita determinadas adaptaciones.”

Suele visitar estadios de fútbol como el de River, Gimnasia y Esgrima La Plata o Banfield para “validar espacios” destinados a la comodidad de personas con movilidad reducida. “La mía es la experiencia propia del usuario”, resume.

“Por ejemplo, a veces voy a una cervecería con amigos y me ponen una mesa baja para mi comodidad, pero mis amigos siguen en las mesas altas y yo quedo como fuera de la charla. Para quienes usamos silla de ruedas, por ejemplo, las mesas deben ser bajas para todos”, ejemplifica.

Entre publicidades y castings, cuando le sonó el teléfono para participar de El Eternauta estaba en Córdoba. Así que manejó de un tirón y se fue a una productora en Villa Urquiza.

“Me pareció muy bueno que quisieran que la persona con discapacidad fuera real”, celebra ahora que sueña, por qué no, con actuar.

“Quiero hacer cosas que me gusten -dice-. El tema, tanto si tenés una discapacidad como si no, es siempre animarse. ¡Animarse! No hay otra: yo me animé a un montón de cosas. Todos pueden hacerlo.”

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