diplomacia del garrote y ambiciones sin límites

diplomacia del garrote y ambiciones sin límites


Donald Trump ha disuelto la línea, nada sutil, entre poder y legalidad. No se trata solo -como acaba de suceder- del ataque sorpresa a Venezuela y del derrocamiento de Nicolás Maduro, quien es un déspota: es lo que se construye con ese movimiento.

El líder republicano se declara el gobernante de facto del país caribeño y, para ello, ha puesto a su servicio el aparato represivo completo de la dictadura.

Las palabras “democracia” o “derechos humanos” están ausentes en todo este armado y en los discursos celebratorios. Solo aparece como dato primario el control del petróleo y las riquezas minerales de la “comarca chavista”.

El propio autócrata, detenido en Caracas en una operación cargada de incógnitas, está siendo juzgado en Nueva York por narcoterrorismo. No queda en absoluto claro cómo se probarán esos cargos.

El ministerio de Justicia norteamericano retiró de inmediato la acusación contra el jerarca bolivariano por dirigir el vidrioso “Cartel de los Soles”. Ese prontuario fue útil para la narrativa ante la prensa y la tribuna antes de la operación para justificarla, pero, al llegar el caso a la justicia, se tornaba endeble.

Maduro no figura siquiera como narcotraficante en las listas de la DEA, y aquel cartel -cuya existencia, tal como la han descrito desde la Casa Blanca, es cuestionada por los especialistas– no parece tener bases sólidas.

Maduro tiene, en cambio, enormes señalamientos por violaciones a los derechos humanos, secuestros y desapariciones, probadas por la investigación de la expresidenta chilena Michelle Bachelet cuando estaba a cargo de la comisión de DD. HH. de la ONU (una dirigente que no es del agrado del magnate).

Palabras como “democracia” o “derechos humanos” están ausentes en el armado contra Venezuela y en su discursos celebratorios.

Pero no hay nada en el proceso, al menos por ahora, que ligue al autócrata bolivariano con esos cargos. El tema es aún más confuso con la esposa de Maduro, Cilia Flores, ya que nada explica por qué fue detenida.

De modo que no debería sorprender si en unos meses el juez a cargo de la causa ordena la liberación de uno o de ambos, aunque los retenga en Estados Unidos.

Esta sola observación es un disfrute para los conspiranoicos que suponen una negociación de película de espías detrás de este episodio.

Lo cierto, más allá de cualquier especulación, es que salió el dictador y quedó la dictadura con las mismas herramientas represivas: arrestos en la calle, parapoliciales y paramilitares en acción plena, y los jerarcas del chavismo duro ahogando sus canales de televisión con los eternos discursos “salvapatrias” de los últimos 25 años.

La proclamada liberación de los presos políticos (hay más de 800 en las mazmorras del régimen, muchos de ellos en El Helicoide, la versión caribeña de la ESMA argentina) por su lentitud casi aviesa, no ha sido más que una prueba del rigor y la vitalidad desafiante de ese liderazgo represivo.

La acción contra el régimen venezolano parece estructurada como una vidriera hacia la región y el mundo sobre la noción de que el poder tiene derechos en sí mismo y no es cuestionable.

Lo acaba de celebrar Trump en declaraciones a The New York Times, en las que señaló que “no tengo que respetar ninguna ley internacional; el único límite es mi moral (!), mi mente”, no la legalidad.

En una declaración días después del ataque en Venezuela, abundó sobre ese pensamiento con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional anunciada en diciembre pasado.

“El dominio estadounidense en el hemisferio occidental jamás volverá a ser cuestionado”, advirtió. Y casi en los zapatos del prusiano Bismarck y su lógica de “sangre y hierro” del siglo XIX, elogió el asalto al país del Caribe como una reafirmación de las “leyes de hierro que siempre han determinado el poder global”.

A nivel interno ha aplicado ese criterio desde que regresó a la Casa Blanca, gobernando por decreto a partir de una dudosa emergencia nacional que atribuyó a un exagerado cruce de migrantes desde la frontera con México.

“No tengo que respetar ninguna ley internacional; el único límite es mi moral, mi mente”, señaló Trump en declaraciones a The New York Times.

Esa visión de un poder central que no acepta disidencias se ha expuesto brutalmente con el despliegue de tropas de la Guardia Nacional en los estados gobernados por la oposición demócrata, una fuerza descrita como de ultraizquierda: enemigos, no rivales.

También con la irrupción de una suerte de policía política racial, los agentes de migración del ICE destinados a cazar lo que en EE. UU. se conoce como brown people (gente de piel marrón: esencialmente latinoamericanos, asiáticos y africanos).

Es una operación de expulsión de la “otredad” impulsada por asesores como Stephen Miller, el supremacista subjefe de gabinete, y la ministra de Seguridad Nacional, Kristi Noem, quienes disponen la separación de los hijos de sus padres inmigrantes, el encarcelamiento incluso de estadounidenses de apellido extranjero y las razias en escuelas, iglesias u hospitales, muchas de las cuales han acabado en asesinatos, como sucedió recientemente en Minneápolis contra una mujer norteamericana desarmada.

Protestas contra el ICE en Minnesota. Foto: Bloomberg.

La ofensiva ilimitada de la Casa Blanca se da también en otro terreno en extremo delicado. Trump le ha inventado una causa judicial al titular de la Reserva Federal, Jerome Powell, porque se resiste a una drástica baja de tasas.

Es una operación semejante a la dirigida para tomar el petróleo venezolano. El líder republicano quiere manejar los tipos de interés rompiendo la tradicional independencia apolítica de la FED (Federal Reserve System); para ello, busca derribar al titular de la entidad.

Hacia afuera, estas visiones reconocen otros agravantes. Regresa los derechos de la potencia a épocas previas al nacimiento del Estado-nación con la Paz de Westfalia de 1648, que fijaba la legalidad como regulador del poder.

Con esa visión, montó la flota militar frente a Venezuela y Colombia imitando la “diplomacia de las cañoneras” de Teddy Roosevelt: bombardeando lanchas supuestamente de narcos; revoleando derechos sobre Groenlandia (isla de Dinamarca, país clave en la OTAN); reclamando a Canadá como provincia norteamericana o el dominio que ya no existe sobre Panamá y el legendario Canal.

No es casual que las marchas opositoras en EE. UU. contra esta abundancia de excesos fijen como lema “No King” (No a un Rey), luchando contra la nueva monarquía de un presidente con atribuciones ilimitadas.

Para la región, dividida como nunca antes, esta ofensiva que no se detiene en legalidades desfondó la jerarquía de sus liderazgos.

Nicolás Maduro, trasladado hacia los tribunales federales de Nueva York. Foto: EFE.

No hubo reacciones después del ataque a Venezuela, salvo declaraciones de reproches previsibles que desnudaron una generalizada impotencia.

Un mundo sin límites

No se debería perder de vista un dato objetivo: si el presidente de Estados Unidos hace esto, es porque lo puede hacer.

Es un tripulante de una época que ha derribado los límites previos, de por sí endebles. Naciones Unidas, la OTAN y otras entidades internacionales -como la Organización Mundial de Comercio o aquellas vinculadas al cambio climático o el combate a la pobreza– carecen de poder y, por momentos, de sustancia.

La Unión Europea transita un tobogán decadente. Los muros institucionales que deberían defender la legalidad se han derrumbado. Es sabido que los líderes no son accidentales, sino consecuencia.

En términos de Hegel, son la respuesta de la historia a sus contradicciones, al momento en que transcurren. Es sumamente descriptiva esa observación: una época de sabios producirá líderes sabios. Hace tiempo que no es el caso.

Rusia ejemplifica la decadencia de la era con la invasión a Ucrania, que es el umbral de un dominio pensado para mucho más allá de esas fronteras: lo que Moscú considera su esfera de influencia, un vecindario a conquistar que alcanza a Europa Central si es que no se alinea al mandato del Kremlin.

Es un avance que cuenta con la pública luz verde de Estados Unidos, que lo evalúa con los mismos derechos dentro de la lógica que Trump aplica en la región o su pretensión de hacerse con Groenlandia o Canadá.

La historiadora Anne Applebaum traza un paralelo de esta realidad con la novela distópica de George Orwell, 1984. En ese relato, “el mundo está dividido en tres esferas de influencia: Oceanía, Eurasia y Asia Oriental, todas en perpetua guerra”, afirma.

“A veces, dos estados se alían contra el tercero. Otras veces, cambian de bando abruptamente. No se dan razones. En cambio, el Partido les dice a los Proles: ‘Siempre hemos estado en guerra con Asia Oriental’. Los periódicos y los libros de historia se reescriben rápidamente para que parezca cierto”.

Muchos analistas consideran que transitamos un giro geopolítico radical. Sostienen que lo que viene no regresará al punto de partida de los equilibrios anteriores. Posiblemente acierten.

Donald Trump durante una conferencia en la Casa Blanca. Foto: AP.

Uno de los orígenes de este fenómeno, que se mide en la proliferación de gobernantes antisistema y extremistas alrededor del mundo, ha sido una extraordinaria concentración del ingreso que desplomó los sueños de crecimiento individual de las clases medias. De modo involutivo, estas generaciones viven peor que las anteriores, con menores accesos a la educación de alta calidad, los bienes personales y las carreras profesionales.

Trump, resultado de una crisis

Es un proceso que, según algunos autores, nace después de la ruptura del patrón oro decidido por Richard Nixon en 1971 y se fue agravando hacia adelante. Pero tiene registros más recientes en la sucesión de crisis desde la del Tequila en 1994, la de los “Tigres Asiáticos” en 1997 o con el quiebre de la burbuja de las punto.com en 1998.

Sin embargo, el suceso mayor se produjo con el estallido económico y financiero de 2008, que dejó a amplias masas en la banquina del reparto, un fenómeno que se agudizó luego con el efecto económico de la pandemia.

Todo se concentró y la democracia perdió su básico deber de abrazar, generar y garantizar futuro. La furia de esos sectores contra su empobrecimiento y desplome social llevó a la generalización de un voto cruzado. Se elegía contra lo que había sin detenerse en lo que venía, solo porque la novedad canalizaba con oportunismo esa frustración.

Trump es una consecuencia neta de la crisis de 2008, sostenido en la agonía de quienes quedaron fuera del foco, repentinamente empobrecidos, y que la gestión de Barack Obama no logró o no pretendió resolver.

En Europa, incluso antes, se amplificaron las fuerzas neofascistas, entre ellas el Brexit, como reacción al mismo problema. Hoy tenemos una multitud de organizaciones políticas y líderes que simpatizan con Vladimir Putin y buscan romper en el viejo continente el histórico acuerdo que dio nacimiento al euro y al propio bloque, con argumentos esgrimidos con lógicas populistas y reaccionarias.

Ese es el diseño del planeta desde esta perspectiva triunfante. Pero existen debilidades. Trump se mueve presionado por sus contradicciones internas.

Gobierna un país donde la economía no rinde como había prometido: hay inflación, alta desocupación y los votantes que lo eligieron para resolver esos problemas se revuelven frustrados, según indican las encuestas que le dan al magnate una aprobación mínima histórica en torno al 34 por ciento y una desaprobación que ronda el 60 por ciento.

Sobrevuela también el gran espectro interno de los archivos del pederasta Jeffrey Epstein, que fue un aliado, socio y posible cómplice del mandatario en capítulos de una opacidad imaginable, y que algunos analistas llegan a sostener que la presión de ese caso ha sido un motor de la acción contra Venezuela para manejar la agenda pública.

Banana Republic

Pero hay cuestiones aún más complejas que pesan en el panorama. Estados Unidos no está efectivamente en un buen momento. El alza del oro, hoy a 4,600 dólares la onza, indica un aumento de la desconfianza en el dólar como moneda de reserva global.

La deuda nacional se ha disparado a más de 38 billones de dólares y es dudoso que eso se pueda aliviar con el acceso al petróleo venezolano, una ofensiva que, por cierto, ya ha recibido el rechazo de las empresas globales del sector, que se mostraron desinteresadas en invertir en el país bolivariano.

La Corte, además, revisa gravemente los derechos que el magnate se atribuye para fijar aranceles, que son impuestos internos, un atributo legislativo.

En ese universo, aquel desboque del magnate para controlar la FED toca un nervio en extremo delicado para los liberales, republicanos y demócratas, y para el mercado en su conjunto, a tal punto que despertó con asombro a las figuras más señeras del poder financiero norteamericano: Ben Bernanke, Alan Greenspan y Janet Yellen.

La dama en ese trío fue ministra de Economía de EE.UU. (el Tesoro) y jefa de la FED, además de esposa de un premio Nobel de Economía. En un comentario sintetizó con rigor lo que aquí describimos sobre las ambiciones del mandatario.

“Es el camino a una república bananera”, ha advertido. Es la voz del puro establishment de la mayor potencia mundial. Por eso hoy vale considerar muchas veces, cuando hablamos de Trump, si estamos hablando de Estados Unidos o solo estamos hablando de Trump.

star111 login

betturkey giris

https://vsetut.uz

lottostar

https://slotcoinvolcano.com

lottostar

super hot slot

hollywoodbets mobile

pusulabet giris

yesplay bet login

limitless casino

betturkey guncel giris

playcity app

sun of egypt 4

moonwin

aviamasters

jeetwin

winnerz

lukki

croco casino

playuzu casino

spinrise

discord boost shop

fairplay

betsson

boocasino

strendus casino

sun of egypt 2 casino

gbets login

playwise365

amon casino

betmaster mx

verde casino

winexch

prizmabet

solar queen

quatro casino login

springbok