Se suele asociar el duelo con la tristeza, el llanto o la nostalgia, pero no todos los duelos se viven desde la pena. En muchas personas, lo que predomina es la rabia, el enojo o un resentimiento persistente que parece no atenuarse con el tiempo.
La rabia en el duelo no es un error sino una respuesta posible y frecuente frente a una pérdida que se vive como injusta, se atribuye a otros o carga con conflictos previos no resueltos.
Por ejemplo, la muerte de un amigo con quien hubo heridas, ambivalencias, silencios o decepciones puede despertar más enojo que tristeza. También puede ocurrir si la pérdida se percibe como una traición del destino, del sistema de salud o, incluso, de la vida misma.
El resentimiento aparece cuando la persona siente que algo quedó pendiente. En estos casos, el duelo no solo es por lo perdido, sino también por lo que no fue, por la relación que no pudo repararse.
La rabia se convierte entonces en una forma de vínculo que mantiene al otro presente, aunque sea desde la fantasía o el conflicto.
A diferencia de la tristeza, la rabia incomoda. El entorno espera recogimiento, silencio, llanto contenido. En cambio, quien está enojado suele mostrarse irritable, crítico, distante o explosivo.
Esto aumenta el aislamiento y no solo con la vivencia “no solo perdí a alguien, también me quedé solo con mi enojo”.
Hay duelos en los que la rabia funciona como una defensa ya que enojarse resulta más soportable que sentir el vacío, la fragilidad o el miedo que deja lo perdido. Mientras la rabia está activa, algo del dolor queda a distancia.
El problema aparece cuando esa emoción se cronifica y empieza a teñir la vida cotidiana con relaciones tensas, sensación de injusticia permanente, con dificultades para disfrutar o proyectar.
Es importante diferenciar entre sentir rabia o quedar atrapado en ella. La primera es parte del proceso; la segunda puede transformarse en una cárcel emocional.
El resentimiento sostenido consume energía psíquica y mantiene a la persona anclada al momento de la pérdida, no permite recordar sin enojo.
El duelo atravesado por la rabia no se resuelve con frases tranquilizadoras ni con exhortaciones a “perdonar” o “soltar”. Lo que ayuda es aceptar la ambivalencia del vínculo y validar emociones que no siempre son personal o socialmente aceptadas.
Hablar del enojo en un espacio terapéutico, permite transformarlo. No para eliminarlo de inmediato, sino para entender de qué uno se protege, qué reclama y qué historia cuenta ya que muchas veces, detrás del resentimiento hay dolor, sensación de abandono o impotencia.
La situación no se resuelve con el olvido sino cuando la rabia puede ser pensada y no solo actuada, lo que facilita que pierda su carácter destructivo. Así, aparecerá una tristeza más profunda, pero también más reparadora y que con el paso del tiempo abre la posibilidad de recordar sin conflicto.
Aceptar que algunos duelos son rabiosos es un acto de honestidad emocional. No todos los vínculos son armónicos, ni todas las pérdidas terminan bien, pero poder reconocer esto no vuelve a la persona más dura, sino más humana. Porque elaborar un duelo no siempre es llorar, a veces es animarse a escuchar el enojo para que, finalmente, pueda ser eliminado.










