La localidad misionera de Alba Posse, sobre el río Uruguay, se convirtió en uno de los puntos más sensibles del impacto social de la crisis económica. Según datos oficiales del municipio, entre 400 y 500 trabajadores cruzan diariamente la frontera hacia Brasil para emplearse en tareas rurales, principalmente en cosechas de uva y manzana en el estado de Río Grande do Sul.
El fenómeno, que históricamente involucraba a jóvenes en busca de ingresos temporarios, hoy se amplió a padres y jefes de hogar que dejan a sus familias durante meses para sostener el ingreso familiar. Así lo describió el intendente Lucas Gerhardt, quien advirtió que la migración laboral ya no responde a ciclos productivos sino a una crisis estructural.
Migración diaria y cifras en alza
De acuerdo con el jefe comunal, durante los días hábiles el flujo se mantiene constante entre 400 y 500 personas por jornada, mientras que los fines de semana largos el número se dispara. Solo el último fin de semana, estimó Gerhardt, entre 4.000 y 5.000 trabajadores atravesaron el paso fronterizo rumbo a Brasil. El principal destino es Caxias do Sul, donde los empleadores ofrecen condiciones laborales que resultan inalcanzables para la realidad local: transporte, alojamiento, comida y ropa incluidos, además de un salario diario que marca una diferencia decisiva.
El intendente vinculó directamente este éxodo con el deterioro de las principales actividades productivas de la zona. En el caso de la yerba mate, el precio de la hoja verde sufrió un derrumbe abrupto. “Pasó de $260 el kilo a apenas $30”, explicó, lo que dejó fuera de competencia a pequeños y medianos productores.
A este escenario se suma la crisis del sector forestal. En los aserraderos de la región, cerca del 50% de los trabajadores fueron despedidos como consecuencia de la caída del consumo interno y la retracción de las exportaciones. El resultado es un mercado laboral local sin capacidad de absorción.
El costo social del desarraigo
Gerhardt relató que durante el último fin de semana visitó a trabajadores misioneros en Brasil y recogió testimonios marcados por la angustia del desarraigo. “Muchos me decían que tenían que dejar a sus hijos, a sus madres, para poder sobrevivir”, señaló. Según el intendente, varios de los trabajadores reconocieron haber acompañado con su voto al actual gobierno nacional, pero admitieron que la experiencia cotidiana los llevó a revisar esa decisión frente a la pérdida de ingresos y oportunidades en sus lugares de origen.
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La diferencia económica termina de explicar el fenómeno. En Brasil, los trabajadores rurales perciben alrededor de $50.000 por día libres, además de los gastos básicos cubiertos. En Misiones, los ingresos disponibles en actividades similares resultan ampliamente inferiores y sin garantías de continuidad.
El cruce diario por Alba Posse expone, así, una postal concreta de la crisis de las economías regionales: empleo que no alcanza, producción en retroceso y familias fragmentadas por la necesidad de subsistir.










