Restos con el ADN borrado y gestiones diplomáticas con dos países: la historia oculta del hallazgo del cuerpo del cura guerrillero Camilo Torres

Restos con el ADN borrado y gestiones diplomáticas con dos países: la historia oculta del hallazgo del cuerpo del cura guerrillero Camilo Torres


Un grupo de forenses abre tumbas, en un gesto aprendido a fuerza en un país acostumbrado a desenterrar a sus muertos. Buscan víctimas de desaparición forzada. En el cementerio municipal de Bucaramanga, en 2022, excavan los nichos del panteón militar y encuentran los restos de 12 personas. Un año más tarde, la tarea se repite y recuperan 21 más. Nada parece excepcional, hasta que un caso rompe la rutina. Son los huesos de uno de los muertos bañados en formol, como si alguien hubiera tenido la intención de hacer desaparecer su identidad más allá de su sepultura. La necesidad de saber quién es pronto empieza a dar pistas para responder una de las primeras preguntas que ha dejado abiertas el conflicto: los restos anónimos derramados del agresivo químico son de Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero más famoso de Colombia, asesinado y ocultado durante años para que su historia, su nombre, no volviera a salir a la luz. No lo lograron.

La historia de Camilo Torres después de su muerte ha sido más larga que su propia vida. Abatido a los 37 años, en 1966, en su primer combate como integrante del Ejército de Liberación Nacional (ELN), una guerrilla que aún sigue en armas, el episodio era ya tan lejano que darle un cierre parecía imposible. A menos de tres semanas de cumplirse los 60 años de la caída del cura guerrillero, uno de los mayores referentes de la Teología de la Liberación en América Latina, se han identificado sus restos. EL PAÍS reconstruye la historia de la pérdida y el hallazgo del cadáver de uno de los primeros desaparecidos del conflicto colombiano. La versión clave de un sepulturero que dio su ubicación en 2023, químicos que intentaron borrar el ADN de sus huesos y mediaciones diplomáticas de alto nivel con Estados Unidos y Cuba fueron necesarios para confirmar lo que hasta ahora habían sido indicios.

La diligencia que ha llevado al hallazgo final de los restos echó a andar en 2019, cuando el sacerdote jesuita Javier Giraldo Moreno formalizó una solicitud ante la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), una entidad humanitaria y extrajudicial creada por el Acuerdo de Paz que se firmó en 2016 con la extinta guerrilla de las FARC. El proceso, que comenzó con la revisión de versiones que rindieron militares en el pasado, terminó con la ubicación exacta de una bóveda blanca, sin marcas ni información, que estaba en la parte más alta de un panteón militar. Allí reposaban los huesos. Este diario conoció detalles del registro de búsqueda que conserva Medicina Legal y que cuenta que la versión de un sepulturero, hace dos años, fue clave para encontrarlo. “Se realiza el recorrido con el aporte del declarante y se realiza la ubicación exacta de la bóveda”, dice el documento.

La idea de que el cuerpo del sacerdote había sido enterrado en algún cementerio de Bucaramanga comenzó a rondar pocos meses después de su muerte. El primer lugar donde su familia lo buscó fue en un mausoleo militar, pero los huesos que desenterraron esa primera vez no eran los suyos. Habían dado pistas falsas sobre su bóveda. Durante tres años, hasta 1969, el cuerpo de Camilo Torres permaneció enterrado en la zona donde cayó: Patio Cemento, en zona rural de San Vicente de Chucurí, en el departamento de Santander. En ese año, sus restos fueron trasladados en secreto al Cementerio Municipal de Bucaramanga. Un informe forense de 2024 apunta a que primero estuvieron enterrados bajo tierra, sin ningún tipo de cuidado o custodia, y después fueron trasladados a la bóveda en el panteón militar. Todos estos años, la tumba permaneció pintada de blanco, sin ningún nombre ni identificación. El cuerpo de Camilo fue enterrado como el de un militar caído en combate.

La única forma de verificar los restos óseos fue cotejándolos con el ADN de sus padres. En 2016, durante la Administración de Juan Manuel Santos, se llevó a cabo un trabajo diplomático para obtener la autorización del Gobierno de Cuba y exhumar los restos de Isabel Restrepo, la madre de Camilo. Estaba enterrada desde su muerte en 1973 en La Habana, donde pasó los últimos años de su vida en el exilio tras la muerte de su hijo. Lo mismo se gestionó con los restos de Calixto Torres Umaña, su padre, muerto en 1960 y cuyo cuerpo fue exhumado del Cementerio Central de Bogotá. Las muestras genéticas fueron conservadas en neveras durante 10 años, a la espera de algún cuerpo que fuera compatible.

Para entonces, el proceso apenas comenzaba. En los últimos dos años, varias entidades forenses del Estado intentaron verificar la identidad de los restos óseos que exhumaron del Cementerio de Bucaramanga, pero el uso de formol degradó la muestra. La sustancia, usada para conservar tejidos blandos, fragmenta en micropartículas el ADN de las estructuras óseas, haciendo muy difícil su identificación. Para tener alguna certeza, las muestras viajaron a Estados Unidos, a algunos de los laboratorios forenses más especializados del mundo. La mediación diplomática de los últimos dos años fue el último recurso para dar un nombre a esos huesos. Con la identificación, el larguísimo capítulo de la vida de Camilo Torres después de su muerte se empieza a cerrar.

Ahora, la bóveda de donde fue exhumado en el occidente de Bucaramanga permanece vacía. Una docena de policías patrulla el cementerio día y noche. Lo que en la época fue un camposanto público, parece ahora parte de una escena judicial. El panteón militar donde reposaban sus restos está cubierto por la sombra de una ceiba enorme. Frente a la bóveda, un Comando de Atención Inmediata de la Policía da la impresión de que el espacio siempre ha estado custodiado. Justo al lado se levantó la sede departamental del Instituto de Medicina Legal. El nicho donde yacían los restos de Camilo Torres estuvo por años a la vista de las autoridades colombianas, frente a una calle concurrida de la ciudad.

Sin rastro del cadáver

El misterio del cuerpo de Camilo Torres comienza con el propio fin del sacerdote guerrillero, el 15 de febrero de 1966. Aquel día, tropas de la Quinta Brigada del Ejército se enfrentaron en combate contra una unidad del ELN en San Vicente de Chucurí, a unos 160 kilómetros por carretera de Bucaramanga. Cuatro guerrilleros, entre ellos Torres, cayeron muertos. Las fotografías difundidas días después por la prensa mostraban su cadáver, tendido sobre una camilla hechiza. Había quedado con los ojos ligeramente entreabiertos y el rostro poblado por una barba descuidada, producto de sus escasos cuatro meses en la selva. Otra foto lo mostraba también tendido, de perfil, con el cabello en desorden y los brazos en cruz. Fueron las últimas pistas públicas de su cadáver.

El por entonces coronel Álvaro Valencia Tovar —más adelante ascendido a general y quien llegó a ser comandante del Ejército Nacional de Colombia— dirigía la unidad militar que dio muerte a Torres. Se conocían desde la infancia y fueron amigos entrañables en la adultez, según insistió siempre en contar. Tras la operación, pidió a uno de sus subordinados una descripción de los muertos. Una de ellas —un hombre muy alto, con barba, unos papeles escritos en otros idiomas y una pipa— le hizo creer que podía tratarse de Camilo. Dos días después, cuando el clima le permitió desplazarse al lugar del combate, confirmó su sospecha.

Valencia Tovar ordenó enterrarlo en “un lugar claramente identificable” de la selva, en el mismo sitio del combate, aunque separado del resto de guerrilleros. Ordenó también elaborar un croquis pormenorizado que permitiera su localización en el futuro. Seis días después de la muerte de Torres, Fernando, su hermano mayor, envió desde Minneápolis, donde residía, una carta abierta. El diario El Espectador la publicó ese 21 de febrero. En un aparte, decía: “El deber de sus verdaderos amigos es impedir que su imagen y la imagen de su muerte y su cadáver sean objeto de demostraciones vulgares y estentóreas promovidas por aquellos que solo lo vieron en vida y lo consideran después de muerto como un arma para crear el desorden y sacar provecho para sus propias ambiciones”.

El general Valencia Tovar, en su libro El final de Camilo (Tercer Mundo, 1976), se valió de aquel escrito para justificar su decisión de ocultar el cadáver: “Sin haber conocido aún la carta de Fernando Torres, el comandante de la Quinta Brigada emitió disposiciones que interpretaron lo que luego iría a expresar el hermano mayor de Camilo”. Aunque la misiva no pedía esconder los restos de Camilo, el militar la usó como argumento hasta el final de su vida, en 2014. Eso explica que, tres años después del combate en el que cayó el sacerdote, hubiera dispuesto una primera exhumación en la selva para llevar los restos a un batallón en Barrancabermeja.

Poco después, ordenó trasladar el cuerpo a Bucaramanga, donde por entonces no existía un panteón militar, cuya construcción empezó a gestionar para enterrar allí a los soldados caídos en combate. De acuerdo con el general, los primeros restos depositados en ese mausoleo fueron los de Camilo Torres, en un nicho alto, dentro de una urna muy sencilla de caoba que él mismo pagó, después de una ceremonia religiosa y en presencia de él mismo y de un capellán, que ignoraba la identidad del difunto.

Según Valencia Tovar, a comienzos de los años dos mil se reunió en Bogotá con Fernando Torres, quien sabía desde hacía 30 años la ubicación de los restos de su hermano. Le pidió al general, ya retirado y convaleciente por una cirugía, retirarlos del mausoleo de Bucaramanga. El exmilitar, incapaz de acompañarlo, dio una instrucción para que se le indicara el lugar exacto en que estaba el cuerpo del cura guerrillero. Valencia aseguró que Fernando Torres lo llamó por teléfono para decirle que había “dispuesto” de los restos de su hermano. Y que, a pesar de que habían acordado firmar un acta en que quedara constancia de la entrega del cadáver, el hermano del sacerdote no logró reunirse de nuevo con él.

El reciente hallazgo de los restos de Camilo Torres contradice parcialmente la versión de quien se definió a sí mismo como un “hombre respetuoso de la vida y muerte de sus semejantes”, y quien tantas veces hizo énfasis en que fue “muy amigo” de quien puede ser la versión colombiana del Che Guevara, por su muerte idealista en combate, o de Eva Perón, por la profanación de sus restos. La sede en Bogotá de la Universidad Nacional, una institución ligada hondamente a la propia vida del padre Camilo Torres, tiene dispuesto recibir sus restos. Pero subsiste la duda de si, como se ha temido, su figura ahora localizada se convierta en un emblema político, o si, por fin, después del maltrato de su cadáver, podrá descansar en paz.

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