«La gran novela argentina ni existe ni existirá»

«La gran novela argentina ni existe ni existirá»


“Yo escribo como lector, antes que nada”, dice Pablo Maurette (Buenos Aires, 1979), flamante ganador del Premio Herralde 2025 con su novela El contrabando ejemplar, un viaje por la historia argentina y una pregunta que se hace eco generación tras generación: ¿en qué momento se jodió todo?

En un bar de Palermo, frente al Jardín Botánico, el autor –que desde hace más de dos décadas vive en Europa– piensa en el diálogo de Eduardo y Pablo, los personajes de su novela que discuten el momento exacto en que todo se pudrió.

–“El 17 de octubre de 1945”, decía yo, que era gorila desde los seis años.

–“Mil novecientos cincuenta y cinco, querrás decir”, retrucaba Eduardo, peronista de la vieja guardia.

“Uno puede decir ‘se pudrió todo’, pero ¿en comparación con qué?”, reflexiona Maurette. “En comparación con la idea que alguien tenía de lo que tenía que ser este país. Pero son todas ideas, mitos. No son cosas concretas”.

–Esta pregunta –o afirmación– sobre el momento exacto es muy argenta, como si fuera parte de nuestro ADN.

–Evito la idea de ADN, porque para mí es todo contexto. Depende de dónde estás y de quién te rodea. Pero sí hay algo que atraviesa toda grieta, entre comillas, es la idea de que fuimos grandes en algún momento. La gente dirá que el momento fue este o fue aquel otro, no importa. El mito es que fuimos grandes y ya no. Todos los pueblos tienen ese mito; no es nada original.

“Buenos Aires es el escenario de la degradación política total. El interior es el escenario de la miseria. Los jóvenes tienen caspa cerebral. Argentina se precipita a un abismo sin retorno, ya no hay proyecto de país, solo alianzas ocasionales, oportunismo, arribismo y nada más. La historia nos pasa por encima”, dice uno de los personajes de El contrabando ejemplar.

“¿Cuándo fue grande América? Es una pregunta sin respuesta”, agrega Maurette, autor de las novelas La migración (2020) y La niña de oro (2024), y de cuatro libros de ensayo: El sentido olvidado. Ensayos sobre el tacto (2015), La carne viva (2018), Por qué nos creemos los cuentos (2021) y Atlas ilustrado del cuerpo humano (2023). Vive en las afueras de Florencia, escribe para el diario italiano La Repubblica y trabaja como profesor asociado de literatura inglesa y comparada en la Florida State University.

La gran novela argentina

–Eduardo, uno de los personajes, dice que la clave está justamente en El contrabando ejemplar, la obra con la que tiene la ilusión de que se convierta en la gran novela argentina.

–Ese es otro mito, el de la gran novela. Quedan algunos coletazos, como de un animal que está agonizando. El animal de la gran novela, o al menos de la ilusión de tener una gran novela. Y un poco El contrabando ejemplar trata de eso: dos personajes tan empecinados en escribir una gran novela que no se puede escribir. Pero la gran novela argentina ni existe ni existirá.

–Uno de los protagonistas lleva tu nombre, es escritor, y resulta inevitable no pensar en los puntos de contacto.

–Es un efecto que a mí también, como lector, me atrae. Imaginarme: ¿el autor habrá hecho esto, lo otro? No hay que confundir al narrador con el escritor, pero a la vez es inevitable ponerlos uno al lado del otro, compararlos y fantasear con que es la misma persona. La literatura que más me entusiasma pone en juego una primera persona fuerte.

El escritor Pablo Maurette, fotografíado para Clarín en el Jardín Botánico. Foto: Victoria Gesualdi.

–En un pasaje del libro aparece una pregunta que todo escritor se hace: “¿A quién le puede interesar lo que yo escriba, existiendo Tolstói, existiendo Melville?”.

–El narrador principal de la novela tiene ese conflicto. ¿Es posible escribir esa gran novela? Evidentemente no, y él mismo se da cuenta de que no lo es.

–Siempre habrá un lector, es la idea que aparece en el libro. Y hoy publicar pareciera no ser algo imposible de lograr, al contrario.

–Estamos en la era de la escritura y de la publicación. Todo el mundo puede publicar algo, ya sea en formato libro o en redes sociales. Hay un escenario potencialmente abierto a todos, y cada uno puede armar su público en la medida de sus posibilidades y de la suerte que lo acompañe.

–Es interesante que hables de “la era de la escritura y de la publicación” en un momento en el que también se discute el valor del libro, de la escritura y los prejuicios que hay alrededor.

–Me parecen un poco autoindulgentes ciertas miradas muy generales sobre la lectura y los libros: “la lectura es un bien divino, los libros son tesoros, reliquias, objetos sagrados” Algunos libros, otros no. Algunas lecturas, otras no. Todo depende. Glorificar el libro por el libro mismo y la lectura por la lectura misma me suena a consignas vacías. Por algo yo me formé en filosofía y me moví hacia la literatura porque como escritor me interesa lo concreto: este libro me gusta o no me gusta. A veces uno lee mal, distraído; a veces las circunstancias son propicias y se producen esos momentos maravillosos de lectura. Las consignas generales nunca me cerraron mucho.

–En varias ocasiones comentaste que te documentaste sobre la Buenos Aires del siglo XVII, de la que casi no hay material. Pero la tuya no es una búsqueda de rigor histórico.

–No, no busco el rigor histórico. Las imágenes, ciertas palabras y personajes están ahí porque dan color a la historia y sirven a la trama. Una época de la que no quedó ni un muro, ni un vestigio. Y eso era muy atractivo literariamente. En el siglo XVII hay un gran cambio en el mundo, empieza la mentalidad moderna que dio origen a nuestro mundo actual.

–Recién hablabas del momento en el que se torció todo y lo relacionás con una cuestión mítica: “el nacimiento del monstruo querandí, el entierro de sus huesos debajo de la catedral y la maldición in saecula saeculorum”.

–El mito habla de una mujer de la etnia querandí que tuvo un hijo con un español en el siglo XVII. El niño nació monstruoso, murió al poco tiempo, lo quemaron y enterraron las cenizas en el jardín de la catedral, el primer cementerio de Buenos Aires, como una maldición por los siglos de los siglos: para que nunca hubiera progreso, riqueza ni bienestar. Es un elemento central de la novela, este mito de lo monstruoso. Una teoría que demuestra lo disparatado que resulta intentar descubrir el origen de la desgracia de la Argentina.

Se viaja leyendo

“Hay dos clases de personas, las que se quedan y las que se van. Es un destino y, como tal, no se elige –escribe Maurette en un pasaje–. Se viaja leyendo también. La literatura no existiría de no ser porque hubo gente que viajó, volvió y contó lo que vio”.

–¿El viaje es tu motor creativo?

–Siempre me apasionó. El primer libro para adultos que recuerdo haber leído, de principio a fin fue La vuelta al mundo en 80 días. Y así me apasioné por los viajes. En mi tiempo libre armo itinerarios de viajes que, probablemente nunca haga. Incluso a veces me voy de mambo y reservo hoteles. Después cancelo. Imagino un viaje, todo completo, es un lindo ejercicio. No compro pasajes porque ahí es más complejo. Soy de viajar, pero planeo mucho más de lo que lo hago.

–¿Conocer el mundo fue una de las razones por las que te fuiste?

–Un poco fue por eso. Podría haber tenido una carrera acá, estar con mi familia, mis amigos. No me fui por ningún tipo de premio. Fue una elección. Tenía ganas de ver el mundo, de viajar, de vivir en otros lugares. Si voy a una ciudad me gusta quedarme, una o dos semanas, mínimo. Los orígenes de la literatura son cuentos o de fenómenos naturales explicados o de los dioses o de viajes. Alguna vez leí que en la literatura solo hay dos argumentos: el primero es que alguien sale de viaje y el segundo es que un extraño llega al pueblo. Lo que realmente importa es el regreso, porque es cuando empieza la narrativa, la narración, el cuento.

–Tuviste experiencias diversas, incluso como músico en Londres. Con un amigo español, formaron un dúo que cantaba temas de Sabina, Serrat y Calamaro en un bar.

–Me di cuenta rápido de que no era lo mío. Me encanta escuchar música, tocar un poco la guitarra, pero no tenía talento. Me siento afortunado de haberlo entendido a tiempo.

En Florencia, Pablo trabaja en la Fundación Santa Maddalena, que conoció por una residencia como escritor invitado. Allí se le ocurrió armar una biblioteca literaria y se propuso no dividirla por géneros, sino en orden alfabético. “Como yo entiendo la escritura, se mezcla todo, ficción y no ficción, historia, narrativa, poesía, relato, etcétera. Y es lo que ocurre también cuando escribo –reconoce–. Creo que la distinción entre ficción y no ficción, ensayo y novela, es más bien una cuestión de librerías donde hay que separar en secciones o de editoriales. Pero no tiene nada que ver con el espíritu mismo de la escritura”.

El escritor Pablo Maurette, fotografíado para Clarín en el Jardín Botánico. Foto: Victoria Gesualdi.

–¿Cuál es el criterio?

–Cierto nivel de compromiso con la escritura, las bellas letras, como se decía. Es una biblioteca literaria para escritores y la idea es quién vaya haga descubrimientos. Quizá está en la P en busca de un libro de Pasolini y se encuentra con Propercio, un poeta latino de antigüedad, y dice, ¿qué es esto?, y lo agarra y ahí encuentra algo que le abra un camino nuevo en lo que está escribiendo. Esa es un poco la idea, de la biblioteca como lugar de descubrimiento.

–¿Y tú biblioteca personal funciona así?

–El problema es que no tengo verdaderamente una. Mis libros están en distintos lugares, todavía no he logrado reunir mi biblioteca, pero cuando lo consiga, sí, van a tener esa locura.

–Justo nombraste a Pasolini, lo que lleva a preguntarte por tu vínculo con el cine. Te enteraste del Premio Herralde en medio de un rodaje en Rumania.

–Estaba filmando una película de Mariano Llinás con el equipo de El Pampero Cine y ese día habíamos ido a Constanza, que está en la costa del Mar Negro, donde está la estatua de Ovidio y recibí la llamada de Barcelona para avisarme que había ganado el premio. Siempre tuve fantasías con hacer cine. Escribí el guion de una película con un amigo, el director Sergio Corach (Quizás hoy, participó en la edición 2016 del Bafici). También tuve un podcast de cine, que ahora sigue con otra gente (La Llamada Fatal), hice una temporada. Después surgió lo del Pampero, pero también por una buena amistad con los chicos y apareció la idea de hacer esto en Rumania, y me encantó, es un mundo nuevo para mí.

–¿Cuál es tu participación en la película de Llinás?

–Actué, hice algo de cámara, de sonido. Un poco de todo, estoy abierto a cualquier cosa en el mundo del cine.

–En 2018 estuviste al frente de la lectura colectiva de La divina comedia que convocaste por Twitter con el hashtag “#Dante2018”.

–Hubo otras, pero la de Dante fue mágica. Sólo con Dante podía pasar algo así.

En 1969, Mario Vargas Llosa se preguntaba en su obra cumbre Conversación en La Catedral, ¿Cuándo se jodió el Perú? Hoy, lo hace Maurette. La respuesta sigue aparecer.

El escritor Pablo Maurette, fotografíado para Clarín en el Jardín Botánico. Foto: Victoria Gesualdi.

Pablo Maurette básico

  • Nació en Buenos Aires, en 1979.
  • Es autor de tres novelas, La migración (2020), La Niña de Oro (Anagrama, 2024) y El contrabando ejemplar, Premio Herralde de Novela 2025, y de cuatro libros de ensayo: El sentido olvidado. Ensayos sobre el tacto (2015), La carne viva (2018), Por qué nos creemos los cuentos (2021) y Atlas ilustrado del cuerpo humano (2023).
  • Ha colaborado con medios de Argentina, Estados Unidos, España, México y Colombia.
  • Actualmente vive en Florencia, escribe para el periódico italiano La Repubblica y trabaja como profesor asociado de literatura inglesa y comparada en la Florida State University.

El contrabando ejemplar, de Pablo Maurette (Anagrama).

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