Enzo Traverso es quizá el autor contemporáneo que mejor ha interpretado el devenir de la historia, no solo como herramienta de disciplina académica sino también como terreno de disputa ideológica. Y en su trabajo titulado, precisamente, La historia como campo de batalla, el cientista social italiano articuló un valioso manifiesto sobre esta siempre tensa relación. Traverso sostiene que el abordaje de la memoria no constituye un objeto de estudio imparcial, sino que es un terreno de conflicto político. La historia se convierte, ya no en una inocente y acrítica lectura del pasado, sino en un recurso simbólico y en una fuente de legitimidad para establecer discusiones sobre el presente. Es interesante reparar en Traverso a partir de la relectura de la historia argentina que ofreció Javier Milei en su intento de apropiarse del legado de José de San Martín.
Al principio fue Julio Argentino Roca. El héroe del liberalismo argentino parecía encajar perfectamente en el relato libertario. Roca había sido el fundador de la Argentina potencia, ese lugar al que Milei promete reinstalar al país, luego de que el impulso de la Generación del 80 quedara trunco por la debacle producida, en términos del Gobierno, por los políticos populistas. Pero Roca también engendraba una contradicción que se volvía la raíz de un problema para el discurso oficialista: había sido el artífice del surgimiento del Estado como gran impulsor de la economía, gracias al desarrollo de una inmensa red de obra pública, fundamental, necesaria e indispensable para la expansión de los negocios de esa argentina exportadora. Por eso dejaron de hablar de Roca.
San Martín representa otra cosa. El padre de la patria luchó por la libertad pero es un prócer sin ideología. Es por eso que la repentina adoración de Milei por el sable corvo y su sobreactuado amor por el Regimiento de Granaderos a Caballo, deben ser leídos en el marco de una estrategia especialmente diseñada desde la oficina de Santiago Caputo. El Mago del Kremlin sabe que San Martín es un héroe ideal para La Libertad Avanza. Porque el imaginario colectivo sanmartiniano puede ser fácilmente decodificado en un padre nuestro libertario: San Martín luchó por la Independencia de la Argentina (viva la libertad, carajo), pero luego partió al exilio porque al regresar a su país encontró un enfrentamiento partidario interno y optó por no desenvainar su sable contra la clase política (la casta tiene miedo). San Martín, se podría decir en La Misa del Gordo Dan, es un prócer contra la casta. Y es ahí donde radica la impostada devoción sanmartiniana de Milei.
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El acting que montó La Libertad Avanza para recrear la Batalla de San Lorenzo y “recuperar” la insignia sanmartiniano para los Granaderos no representa solamente una rectificación naíf del significado de un acontecimiento del pasado. Es también una vendetta en términos de discusión política del presente: si Cristina Kirchner había decretado en 2015 que el sable corvo debía ir al Museo Histórico Nacional –tal como lo habían decidido los herederos de Rosas, que donaron a ese instituto la espada recibida por el propio General–, ahora Milei decreta que ese emblema debe ser devuelto al Regimiento que fue fundado por el Libertador de América. En un solo movimiento de piezas, Milei se ubica junto a San Martín y expulsa al kirchnerismo hacia la vereda opuesta.
San Martín luchó por la libertad pero es un prócer sin ideología.
Para comprender la real dimensión de este calculado paso que acaba de dar el oficialismo, es necesario recurrir a Tulio Halperín Donghi. El gran historiador argentino fue uno de los primeros académicos en demostrar cómo San Martín fue incorporado a la narración liberal del origen del Estado como un héroe despolitizado y sin conflictos. En obras fundamentales, como Revolución y guerra y Ensayos de historiografía, Halperín Donghi propuso una tesis disruptiva: San Martín fue reconvertido en figura consensual, apta para unificar un relato aceptado y difundido por el paradigma del liberalismo. Lo interesante y poderoso de ese argumento, es que Halperín Donghi no problematizó sobre lo “qué hizo San Martín”, sino sobre lo “qué se hizo con San Martín”.
A través de una operación historiográfica que termina dando vida a un mito preconcebido, Halperín Donghi advirtió que San Martín fue transformado en un gran líder nacional que, paradójicamente, no aspiraba a un determinado modelo de país. San Martín se convierte así en una hombre funcional a un ideario que surge desde el poder para eliminar el conflicto político. Nace un militar virtuoso, libertador de la patria y de estatura moral pero que, no obstante, carece de proyecto propio. Es un prócer sin partido, sin intereses y sin enemigos. Es, en definitiva, la curiosa encarnación de un dirigente transversal y ecuménico.
Halperín Donghi señala especialmente a Bartolomé Mitre como arquitecto de ese relato histórico de San Martín, que fue proyectado desde el Estado. Mitre se erige así como el ingeniero del mito: construye una historia previamente procesada, donde la Revolución de Mayo es el origen natural que termina en el destino de grandeza de la Nación argentina, y donde los próceres de ese proceso son los instrumentos del progreso por venir. Se consolida una estructura lineal de evolución racional y sin matices, en la que San Martín queda separado de las luchas facciosas y de las tensiones en pugna. Es el fundador de la patria de todos, pero es un autoridad neutral en lo político. Dicho de otra manera: una estatua íntegra, pero apolítica.
Es un San Martín que se enfrentó a los realistas pero que, tras su triunfo en el campo de batalla, no tuvo intenciones de promover un ideario político para la Argentina que había liberado. San Martín se convierte así en una prohombre de consenso nacional y su legado puede ser reclamado por todos: por radicales y peronistas, por conservadores y progresistas, por dictadores y demócratas. Y, tal como quedó demostrado en estas últimas horas, también por outsiders, anarcocapitalistas y antipolíticos.
San Martín puede ser decodificado en un padre nuestro libertario.
La forma en la que las Fuerzas del Cielo incorporan al padre de la patria para inaugurar su flamante panteón de próceres es muy simple y didáctica. ¿Por qué San Martín decidió morir fuera del país por el que había luchado? Porque optó por un gesto patriótico. Estaba en contra del accionar y de las decisiones de la clase política de entonces, pero prefirió exiliarse antes que usar su sable contra otro argentino. Y Milei redefine ahora esa gesta sanmartiniana para su propio beneficio. Hoy como ayer, la dirigencia argentina es la responsable de la crisis, por lo tanto, Milei y San Martín tienen un mismo objetivo: no son políticos pero se enfrentan a la clase política mientras liberan al país de las cadenas que impiden su desarrollo.
Otra vez, es necesario volver a Traverso: la historia es un campo de batalla en el que se disputan lecturas del pasado para convalidar acciones del presente.










