Podría haber sido un aparcamiento o un locker de maletas, pero se ha convertido en un símbolo de resistencia. Un cine de barrio a contracorriente que funciona y que ha logrado cerrar el supermercado contiguo para hacer dos salas más y sumar espectadores. Los Verdi cumplen 100 años en Barcelona, ahí está el milagro, mientras siguen su andadura también en Madrid, en el barrio de Chamberí. Esta es su historia en siete capítulos. Un cuento de cine de barrio que no tiene final.
1. El origen.
Primero se dio nombre a la calle de Verdi, en septiembre de 1907, en homenaje al compositor Giuseppe Fortunino Francesco Verdi. Pero no fue hasta febrero de 1926, tras una etapa de cine incipiente, cuando la pequeña sala de teatro y variedades empezó oficialmente su carrera cinematográfica. Lo hizo con la proyección de Los náufragos del destino, una película francesa que ahora la empresa propietaria de los cines Verdi trata de restaurar. Como promoción, y para captar clientes, en cada sesión sorteaban pollos. En 1929 la sala ya se anunciaba como Verdi, 32. Pasado algún tiempo, el cine Verdi se convirtió en el cine Trébol. Y de nuevo sorteos de regalos para incentivar la presencia de niños y mayores. Posteriormente, y antes de la Guerra Civil, volvió a ser el Verdi y llegó la calefacción central.
El lugar sirvió para, entre cosas, acoger las reuniones de vecinos que trataban de la construcción de refugios antiaéreos, como el de la Virreina. Con la llegada del poder franquista se transformó en un comedor infantil. En marzo de 1945, el Salón Verdi reabría sus puertas. Ese mismo año logró electricidad propia. Y así se convirtió en un cine para los vecinos, como se cuenta en el libro recién editado Cines Verdi 100. Primero el calor y luego la refrigeración para llegar a las pantallas semipanorámicas y plantarle cara a un nuevo enemigo: el televisor Telefunken. “Hay dos o tres Verdi, o más. Va cambiando y se va adaptando. Con la llegada de la tele en los sesenta, hay mucha gente que deja de ir al cine. En los ochenta entra el vídeo; pero fue Enric Pérez quien lo convirtió en una sala de cine de referencia”, explica Josep Maria Contel, periodista e historiador y autor del libro del centenario.
2. El barrio.
Si algo tiene el cine es su barrio. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? No está claro. Cuenta el historiador que cuando al dueño de los cines, Enric Pérez, se le pasó por la cabeza bajar la persiana, a los comercios de la zona se le pusieron los pelos de punta. “El Ayuntamiento de Barcelona ayuda mucho haciendo calles peatonales y sacando los coches”, explica Contel, que lleva toda una vida residiendo junto a los cines. Se va formando la parroquia de los Verdi, en una zona privilegiada de un barrio muy personal. “El cine cambió Gràcia. Hay gente de la colonia extranjera que quiere ver películas en versión original. Y gente que habla idiomas, de cierta clase intelectual, que también quiere ver esas películas, gente con posibilidades que puede pagar. Y así se empieza a descubrir Gràcia, sus plazas, y el enamoramiento con el barrio”.

3. Enric Pérez, el alma.
El alma de los Verdi tiene un nombre: Enric Pérez. Sus 32 años allí fueron clave para poder seguir contando esta historia. “Es el único cine de ciudad que ha llegado a los 100 años”, presume al otro lado del teléfono desde Madrid, donde vive. Fue a finales de 1982, cuando nadie se quería hacer cargo, que él dio un paso al frente: “No me lo pusieron fácil. La competencia me declaró la guerra y el barrio estaba deprimido”.
Pero con el tiempo, enfrentándose al auge del vídeo y con tres salas nuevas que se construyeron en dos meses, Enric Pérez logró que las distribuidoras le empezaran a dar películas. Fue en el verano de 1988 cuando empezó la explosión del público. Fue él quien se atrevió con la versión original subtitulada. “Mi mayor agradecimiento es para ellos, para los verdiadictos”, afirma. El destino hizo que Enric viera de frente la muerte dos veces, primero por una cardiopatía y después por una meningitis. “Empecé a buscar a quién le podía pasar este marrón”. Y en 2019 se consumó la cesión total a la empresa A Contracorriente Films.
4. El presente y el futuro.
Fue la distribuidora A Contracorriente la que tomó la decisión de tirar del carro en 2015. Hoy apuestan por seguir creciendo. “Tras unos años en los que el reto era equilibrar las cuentas y poder cumplir con proveedores, especialmente los de las películas, y con el propio personal, la gran aportación de A Contracorriente es el conocimiento del mercado por parte de un equipo potente que pasa gran parte de su tiempo viendo y seleccionando cine”. Así explica Adolfo Blanco, fundador y presidente de A Contracorriente Films, cómo funcionan. En 2024, mientras el mercado de la exhibición cayó un 1,39%, el número de asistentes al Verdi creció un 30%, llegando a los 500.000 espectadores. Los actos del centenario se prolongarán hasta el 11 de febrero de 2027. Entre las acciones que hay proyectadas destacan el estreno de la película La vida es Verdi, docuficción dirigida por Berta García Lacht y coproducida por Isabel Coixet.
5. Su parroquia, los verdiadictos.
Manel Opi, de 77 años y jubilado, ha sido joyero toda la vida. Vive detrás del Verdi desde 1972. “Cuando era un niño, los vecinos vivíamos en el cine, sobre todo en invierno y en verano, porque estabas más caliente y más fresco. Veías dos películas, el nodo y dibujos animados. Cenábamos aquí, había quien se traía los macarrones o la sandía”. Manel señala la repisa negra junto a la alfombra roja hacia las salas. “Una señora se cayó en un cine por una piel de plátano y entonces se prohibió comer. Y aquí, en la entrada, dejabas el bocata con el nombre porque no lo podías meter”. Los Verdi, dice este vecino, han sido muy importantes, incluso casaban a la gente en el primer piso.
Manel acude al cine siempre que puede con su esposa, Neus Serrate. “Cuando han hecho películas de Top Gun y estas de mucho ruido, sí que me he acercado y les he pedido que bajen el volumen en la sesión de última hora”, afirma con una sonrisa, para acabar con lo que considera una buena noticia: “Gracias a las nuevas salas no tendremos otra tienda de carcasas de móvil o un centro para las uñas”.
Manel y Neus forman la parroquia de los fieles, que se cuentan por miles. El presentador Marc Giró es otro de ellos: “Hubo un momento en que en Barcelona había un tipo de película que o ibas allí o no la veías. Era un viaje fantástico. Cuando te haces mayor, Barcelona se hace pequeña; pero había una época en la que ir hasta Gràcia era un viaje increíble, más emocionante que viajar a Londres. En esos años universitarios, que no tienes más que para un whisky y comprar un paquete de Nobel e ir al cine, iba a los Verdi. Recuerdo, por ejemplo, Orlando (1993)”. Giró es de los que creen que estas salas son un milagro: “Nos han educado el gusto, con una programación compleja, exótica, sofisticada, no benevolente, artística”.
Otro verdiadicto, el actor Lluís Homar, cuenta que siempre ha sentido cómo la selección de películas conectaba con sus inquietudes. “Ha sido un cine de izquierdas”, sostiene, y le pone un 10 como vecino que fue de estas salas durante años por su proximidad con el teatro Lliure.
6. Sus películas y El 47.
¿Cómo se eligen los títulos? “En el comité editorial intentamos visionar mucho cine, tanto en festivales como en mercados. El problema es que cada semana se estrenan muchas películas, y hay que escoger entre todas ellas y no tienes muchas balas”, explica Paz Recolons, fundadora de A Contracorriente y responsable de la gestión del cine.
En total, son nueve salas en Barcelona y cinco en Madrid. Lo máximo que pueden estrenar cada semana son dos o tres películas en Madrid y tres o cuatro en Barcelona. Para ello, otras películas tienen que saltar de la cartelera. Cada lunes revisan las cifras y deciden cuáles deben salir, aunque hay semanas que tienen que dar fin a películas que todavía podrían funcionar. “Por eso, lanzamos el Verdi recomienda, películas que están ya para salir pero que creemos que la gente las tiene que ver, les reducimos el precio y les ponemos el sello para que reciban un último empujón”, explica Recolons.
En el Verdi hay sesiones de arte los miércoles, los imprescindibles los jueves, óperas los domingos y, este mes de febrero, lanzan el Anime day, que proyectarán el viernes, cada 15 días, con los mejores filmes de anime. “El 47 ha sido la película más vista desde que estamos nosotros. Buscamos películas que satisfagan al espectador y que hagan que las recomiende. Es el público el que decide cuánto tiempo estará una en cartelera”. Un momento clave en el calendario del Verdi es un festival estimulante y querido por los barceloneses, el BCN Film Fest, en plena semana de Sant Jordi. “Nos permite traer a directores, productores, actrices y actores importantes y, sobre todo, además de proyectar películas, aprender de ellos con películas”, explica Paz. Gente como Richard Gere, Susan Sarandon y Oliver Stone han pisado la alfombra roja de la calle de Verdi.
7. Más hojas de autor y menos palomitas.
Las hojas de autor son un signo muy propio de este cine. Algunos incluso las coleccionan. Desaparecieron con la pandemia, pero el público las reclamó de nuevo. Y ahí siguen dando la bienvenida al espectador en la entrada frente a la venta de palomitas. Otra de las constataciones de los que frecuentan diferentes cines es que en el Verdi se come menos. “Dejamos hasta cierto punto. No puedes entrar con cosas que, por ejemplo, huelan mucho. Hay gente que incluso ha intentado entrar con una botella de vino”, afirma Manel Núñez, gerente. Lo que más le tranquiliza es escuchar aplausos al acabar una sesión: “Ese aplauso espontáneo pasa a menudo y, no me digas por qué, el corazón se alegra”. Y el cine también.









