Esta es la versión web de Americanas, la newsletter de EL PAÍS América en el que aborda noticias e ideas con perspectiva de género. Si quiere suscribirse, puede hacerlo en este enlace.
Cuando Marcélia Cartaxo (Cajazeiras, 62 años) llegó a São Paulo para grabar La hora de la estrella, la adaptación cinematográfica de la novela de Clarice Lispector, no tardó en darse cuenta de que su propia experiencia como mujer migrante marcaría el pulso de su interpretación de Macabéa, un personaje que encarna la vulnerabilidad, la invisibilidad social y la dificultad de habitar un mundo que no está hecho para los ingenuos.
Más de 40 años después de su estreno, la película dirigida por Suzana Amaral vuelve a circular en una versión restaurada que confirma su vigencia y su lugar como uno de los clásicos del cine latinoamericano. La producción se podrá ver en salas mexicanas a partir del 13 de febrero. En este contexto, Cartaxo mira hacia atrás y recuerda el rigor de la filmación y las decisiones que marcaron su debut cinematográfico en esta cinta de 1985, en la que interpreta a una joven huérfana y analfabeta que deja el noreste de Brasil para probar suerte en la capital. “Yo salí de una ciudad en el interior y tenía muchas ganas de conocer São Paulo, de comer pizza, de ir a los centros comerciales, de vivir otras cosas, mientras tanto, Suzana Amaral me restringió durante todo el rodaje para que fuera inmaculada, para que el personaje no se desviara, no se deslumbrara con otras cosas. Luego, a veces me quedaba hasta sentida, lloraba y ella me decía que algún día se lo iba a agradecer, y hasta hoy, le agradezco desde el fondo de mi corazón, porque La hora de la estrella fue mi pasaporte hacia el cine, para mi carrera y mi vida”, contó en una entrevista con EL PAÍS, con el apoyo de la traductora Oralia Torres.
Reconocida en el Festival de Brasilia y en el Festival de Cine de Berlín, donde Marcélia Cartaxo fue distinguida con el Oso de Plata a Mejor Actriz. La película acompaña sus primeras experiencias amorosas y laborales hasta el encuentro que marcará su destino, y lleva al cine una realidad que tanto Clarice Lispector como Suzana Amaral quisieron hacer visible. “Pienso que esta película siempre fue atemporal. Hoy vemos que hay mucha migración. Los trabajadores se van de sus comunidades porque no están teniendo oportunidades y van a la ciudad grande, que es la situación de Macabéa. Ella representa a una parte de nuestra sociedad extremadamente invisibilizada, con poco conocimiento para lidiar en las grandes ciudades, principalmente siendo mujer”, reflexionó Cartaxo.
Precisamente el rol de la mujer —y la violencia estructural que atraviesa sus vidas— ocupa un lugar central en la lectura que la actriz hace de esta historia cuatro décadas después. “Aquí en Brasil, sé qué pasa en muchos lugares, pero hablo más de mi país, estamos teniendo un índice muy alto de feminicidios. Cuando se pone atención a esos casos, en su mayoría, son de personas que están un poco mejor posicionadas en la sociedad, que están en las primeras páginas de los periódicos, de las televisiones, internet y todo lo demás. Y las otras que no tenemos la oportunidad de ver son las que están invisibilizadas. Las mujeres podemos ser extremadamente vulnerables en cuestiones sociales, pero somos incontables, somos mayoría en este planeta. Por eso creo que debemos reunirnos, unirnos para que todas tengamos una voz”, señaló.
La hora de la estrella se publicó en 1977, apenas unos meses antes del fallecimiento de Clarice Lispector, y se convirtió en una de las obras más emblemáticas de la autora que transformó la literatura latinoamericana. “Cuando Clarice Lispector escribió sus libros, todos se enamoraron de su escritura porque ella habla mucho de las cuestiones humanas, de las cuestiones del yo, de los sentimientos, y eso es muy profundo. Fue una lucidez muy grande de la directora estrenar La hora de la estrella en el cine y motivar a que las personas que no lo habían hecho también lean el libro, porque una cosa completa a la otra”, explicó.
El cine brasileño atraviesa un momento de renovada visibilidad en el panorama internacional, con producciones recientes que han vuelto a colocar sus historias y a sus intérpretes en festivales y premiaciones globales, entre ellas Aún estoy aquí y El agente secreto. “El cine latinoamericano está ganando mucho, está siendo visto, y eso es extremadamente importante para que otras personas de otros países lo conozcan. Nuestras historias se parecen un poco a las de ellos, solo cambia la manera de hablar y los lugares. Entonces, tenemos que estar juntos. Conocer lo que hacen las mujeres de otros países, otras historias, y también quiero que ellas conozcan nuestras historias. Ese intercambio es extremadamente necesario”, concluyó.










