La odisea de los primeros cubanos deportados desde Estados Unidos a Guantánamo | Inmigración en Estados Unidos

La odisea de los primeros cubanos deportados desde Estados Unidos a Guantánamo | Inmigración en Estados Unidos


El 31 de enero, a la hora del baño en Campo 6, los reclusos cubanos de la Base de Guantánamo sintieron un estruendo en el área de las duchas, el sonido de un cuerpo que se desplomaba. Uno de ellos, Vladimir Gago Soriano, caía estrepitosamente sobre su pierna enferma, la izquierda, que acumula ocho operaciones y apenas le sirve desde que tuvo un accidente en motocicleta hace dos años. Resbaló con un charco de agua en el suelo y los detenidos comenzaron a gritar, a pedir auxilio. Las autoridades, que tardaron una hora en presentarse, lo esposaron de manos y pies y lo subieron a una especie de camión. Por el ruido aparatoso del motor, Vladimir intuye que era un camión grande, aunque no está seguro porque le vendaron los ojos para que nunca supiera exactamente dónde se encontraba, o cómo era la instalación militar de máxima seguridad en la que han sido retenidos algunos de los terroristas más buscados del mundo, y a la que también llegó él, un repartidor de Uber Eats.

Estados Unidos envió a finales del año pasado a más de 50 cubanos al centro de detención para migrantes en Guantánamo. Según decenas de testimonios recogidos por EL PAÍS, los migrantes pensaron que aterrizarían en La Habana, cuando en realidad terminaron en la base militar estadounidense, al otro extremo de la isla. Estaban en su país, pero sin estarlo.

El 13 de diciembre, Arelys Piloto recibió en su casa de Miami una llamada de su hijo Alexander Peraza, de 22 años. Después de casi 12 meses en manos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), y de recibir una orden de expulsión de parte de un juez, los oficiales del Alexandria Staging Facility, un centro de detención en Luisiana, le comunicaron que sería deportado a Cuba al día siguiente. “Mi hijo me llamó contento y me dijo: ‘Ya me voy”, dice la madre. Maykel Rivera, de 38 años, detenido en el mismo centro, también telefoneó a su tía Daysi Alfonso: “Tía, ya nos van a sacar, me voy para Cuba”, le contó. La familia iba a rentar un carro para recogerlo en el Aeropuerto José Martí de La Habana y llevarlo hasta su casa en San Cristóbal, donde lo esperaban los hijos. “Los niños estaban muy emocionados por la llegada de su papá”, asegura Alfonso. Mailín, la tía de Marcos Alejandro Ávila, de 25 años, también estaba ansiosa por recibir a su sobrino en La Habana. Han sido muchos meses de angustia mientras permanecía detenido, a pesar de que su sobrino había firmado su salida voluntaria de Estados Unidos desde octubre. “El pelo se me ha caído de tanto sufrimiento, uno no duerme, y los deseos de verlo son terribles”.

Para los familiares resultaba una lástima que estuvieran expulsando de Estados Unidos a sus muchachos, que no tenían ningún antecedente criminal. Habían trabajado duro durante años en el mítico Palacio de los Jugos de Miami, como el hijo de Arelys, o en una fábrica de gabinetes, como el sobrino de Daysi. Pero a estas alturas, creían que era mejor la libertad en su país que el encierro en las cárceles de la policía migratoria estadounidense, donde hoy permanecen más de 70.000 migrantes. Irse a Cuba, incluso en medio de una de sus peores crisis, llegaba como una especie de alivio.

En la noche del 14 de diciembre de 2025, los guardias del centro de detención de Luisiana avisaron a un grupo de 22 cubanos de entre 20 y 50 años que se iban. Los vistieron con ropa gris de reclusos y los condujeron al aeropuerto para abordar un vuelo chárter del ICE. Después de más de dos horas, los migrantes finalmente tocaron tierra en Cuba, pero no era La Habana lo que tenían ante sus ojos, sino un cartel que les daba la bienvenida a la “Base Naval de la Bahía de Guantánamo”, el enclave militar que Estados Unidos tiene en el mar Caribe desde 1903, por el que debe pagar a Cuba 4.085 dólares anuales que el Gobierno castrista desde hace décadas se ha negado a cobrar. Los primeros lo ven como un “arriendo”; los segundos, como una evidente “ocupación” del territorio nacional.

El grupo de cubanos en Guantánamo se impacientó. ¿Qué hacían ahí? ¿Por qué, si les habían asegurado que estaban siendo deportados a Cuba, llegaron a un lugar que todavía era territorio estadounidense? Eran los primeros migrantes que volvían a habitar las celdas en Guantánamo, vacías desde mediados de octubre, luego de que un juez federal dictaminara que el presidente Donald Trump no podía detener a migrantes en bases militares. Una de las primeras órdenes del republicano, nueve días después de su vuelta a la Casa Blanca en 2025, fue la de invertir millones para equipar con lo necesario la base naval y albergar a unos 30.000 “extranjeros criminales”, apurado por llevar a cabo la mayor deportación de la historia del país.

Ahora eran los cubanos los nuevos inquilinos de la prisión de altamar, y también los primeros cubanos en ser enviados a la base, a donde el pasado año el ICE mandó a unos 730 hombres de países como Venezuela, El Salvador o Guatemala. Según ICE Flight Monitor, que rastrea los vuelos de la policía migratoria, la Administración Trump envió un segundo vuelo con migrantes cubanos a la base el 19 de diciembre de 2025 y un tercero el 9 de enero de 2026, elevando la cifra a un total de 54 ciudadanos cubanos deportados a ese sitio. La decena de familiares entrevistados por EL PAÍS aseguran que fueron “engañados” por las autoridades estadounidenses.

Cuando el primer grupo descendió en el aeropuerto Leeward Point Field, el aeródromo de la base naval, vieron que varios militares armados habían acordonado la zona. “Como si estuvieran custodiando terroristas o asesinos”, cuenta Vladimir, de 30 años. Los condujeron hasta unos buses pequeños, con las ventanas tapadas en negro. Finalmente, llegaron, esposados de pies y manos, a la prisión de máxima seguridad.

En Cuba, los familiares no tenían noticias de ellos. En Estados Unidos tampoco. Comenzaron a preocuparse. Pasaron uno, dos, tres, cuatro días. Arelys recibió finalmente una llamada de su hijo Alexander. “¿Estás en Guantánamo?”, le dijo asustada. Daysi también contestó una llamada de su sobrino Maykel. “Tía, son tres minutos los que me dieron, y quiero que sepas que estoy en Guantánamo”. Ella soltó un grito del otro lado del teléfono: “¿Pero cómo que en Guantánamo?”

Guantánamo, una incógnita

Si Misdrey Arrondi pudiera, saldría de su casa en Santa Clara, en el centro de Cuba, e iría a sacar a su hijo con sus propias manos de la cárcel de Guantánamo, desde donde los detenidos han contado que algunos permanecen en búnkers, que los alimentan con una papa y chícharos, que les permiten hablar por teléfono solo 15 minutos, esposados de manos y en días alternos, y que apenas les permiten ver la luz del sol.

A Misdrey le cuesta creer que su hijo esté en el mismo país en que ella está, sin estarlo verdaderamente. “Estamos tan cerca y tan lejos”, asegura Elianis Sánchez, esposa de Álvaro Camilo Garrido Maceo, desde Manzanillo, una ciudad a unos 200 kilómetros de la base, o unos 20 minutos de vuelo.

Los familiares en Cuba no pueden comunicarse por teléfono con la base, así que los detenidos llaman a Estados Unidos para que los de la isla se enteren de cómo están; la distancia, engrandecida por la política. La base “ha sido un punto de tensión en la relación bilateral” entre Estados Unidos y Cuba, especialmente en las últimas décadas, asegura Emily Mendrala, subsecretaria adjunta en la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado.

A pesar de la cercanía, la Base de Guantánamo, y lo que sucede dentro de sus 117 kilómetros cuadrados de territorio, resulta una incógnita para los cubanos. Odelvis Tamayo Aguilera es puro nervio en su casa en Camagüey, solo de pensar que su hijo, Emanuel Valverde Tamayo, está en un lugar que le parece un misterio. “Tengo entendido que es una de las cárceles más malas que existen en este mundo”, dice.

Aymel Acosta Aguilera, quien vive en Caimanera, el pueblo que colinda con la base naval desde la parte cubana, se ha subido más de una vez al techo de un edificio a mirar el enclave militar, que puede divisar fácilmente desde esa altura. Es el único lugar en la isla que tiene McDonald’s o Starbucks, y dice que la mayoría en el pueblo, sobre todo los jóvenes, mueren por saber cómo es la vida allí dentro. Los 4 de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, la gente se acerca a festejar bajo la luz de los fuegos artificiales una fecha que no les pertenece, pero que se celebra prácticamente en el patio trasero de sus casas.

Por muchos años, decenas de cubanos contratados antes del triunfo de la Revolución siguieron trabajando en la base, y llegaban al otro lado de la provincia con noticias de un mundo que parecía sumamente lejano. El abuelo de Ivis —quien pidió usar un seudónimo por motivos de seguridad— trabajó allí como reparador de barcos y ganaba un salario en dólares que le permitió a la familia vivir cómodamente, mejor que el resto de sus vecinos. Iba y venía de un lado a otro en autobús, cruzando cada día la frontera militarizada que divide ambos territorios. “A mi abuelo, que hablaba inglés, le encantaba trabajar con los americanos. Decía que eran personas muy serias”, cuenta.

Ivis creció en un lugar donde la gente vivía con el fantasma de lo que es tener un territorio estadounidense al lado. Una vez, ya hecha doctora, trajeron a su centro médico un joven “con un pie destruido”. Había pisado una dinamita. Por décadas, los guantanameros han tenido el sueño de llegar a la base, incluso si eso implica cruzar los campos minados que dividen el territorio, o esperar a que suba la marea de la bahía para saltar a nado uno de los diques que separan la instalación militar.

En 1995, Yordis García Fournier tenía 18 años y decidió que se iba de Cuba. Por esa época la base acogió a más de 30.000 cubanos en lo que se llamó “la crisis de los balseros”. Fournier hizo una travesía de casi una semana hasta las cercanías de la base. “Era una especie de moda en Guantánamo tratar de irse hasta allí, algo muy común. Mucha gente murió también intentándolo”, cuenta. “Fue terrible lo que pasé, nos quedamos sin agua. Eso es un territorio inhóspito, la vegetación es muy espinosa”. Finalmente, fue alcanzado por las autoridades cubanas y pasó tiempo en prisión.

Aún en Caimanera hay gente que ve en la base naval el horizonte de su prosperidad, al mismo tiempo que varias decenas de cubanos cuentan los días para salir de ese territorio.

De vuelta a una Cuba en crisis

Faltan seis minutos para que sean las diez de la noche y comience la oración. “Vamos a pedir todas juntas que los saquen este mes”, dice una de las madres de los detenidos, en un grupo de Whatsapp donde se reúnen cada noche en una cadena de súplicas comunes. Han pasado 40 días desde que el grupo fue enviado a Guantánamo, y los oficiales del ICE se ríen cuando algunos de los reclusos les preguntan cuándo se van finalmente. “Nunca nos decían cuándo íbamos a salir”, cuenta Vladimir.

Una noche pensaron que se iban. El 23 de enero, los sacaron de sus celdas y los trasladaron a otro sitio. Incluso a algunos los subieron a un avión y luego los bajaron otra vez. En dos ocasiones más sucedió algo similar. Los cubanos empezaron a impacientarse. Apenas dormían; algunos gritaban que los tenían “secuestrados” o sometidos a una “guerra psicológica”. Por un momento pensaron que ese limbo se debía a los vuelos paralizados a causa de las grandes nevadas en Estados Unidos. También se enteraron de las recientes tensiones entre Washington y La Habana, ahora que Trump apuesta por asfixiar económicamente a la isla, e imaginaron que estaban en el centro del conflicto entre ambos países. Otros aseguran que oyeron decir a los oficiales que el Gobierno cubano no los aceptó y por eso terminaron en la base.

Vladimir, migrante cubano que estuvo detenido en Guantánamo.Foto: EDUARDO RAMÓN

Mientras permanecieron en Guantánamo, los familiares se preguntaron por qué sus hijos, esposos y sobrinos no fueron enviados a Cuba, a donde unos 1.498 ciudadanos cubanos fueron deportados el último año en vuelos mensuales, o a un tercer país como México, a donde unos 4.883 fueron enviados en 2025. El Departamento de Seguridad Nacional no respondió a una pregunta de EL PAÍS sobre por qué estos cubanos, muchos de los cuales habían solicitado su salida voluntaria de Estados Unidos, terminaron en la base naval. Unos días después de su llegada, Tricia McLaughlin, portavoz del departamento, dijo que entre los detenidos había algunos “con antecedentes penales por homicidio, secuestro, agresión, lesiones, obstrucción a la aplicación de la ley y crueldad hacia un menor”. Entre los entrevistados para este reportaje, ninguno tenía ese tipo de historial.

El 2 de febrero, los familiares, a primera hora, hicieron lo mismo que en los últimos 50 días. Buscaron dónde aparecían los detenidos en el localizador del ICE y no encontraron sus nombres. ¿Dónde estaban ahora? Imaginaron que seguramente en Cuba, pero cuando fueron recibiendo uno a uno las llamadas de los reclusos, supieron que estaban de vuelta en el centro de detención de Luisiana.

Excepto Vladimir, a quien, por el estado de su pierna, lo condujeron a un centro de Texas. También fue él el único que no llamó a su madre por teléfono. Así que Irisaris Soriano Sarduy se preocupó y, al amanecer del día siguiente, su esposo encendió la camioneta y manejaron juntos más de tres horas hasta el centro de detención de Houston. “Les dije a los oficiales que quería saber de mi hijo, pero me dijeron que no, que solo podía esperar a la visita”. La madre les imploró, lloró y les explicó en vano que venía de lejos a ver a su hijo enfermo.

La estancia en Estados Unidos, sin embargo, ahora sería mucho más breve. Los cubanos fueron deportados nuevamente, pero esta vez, por fin, a Cuba. Llegaban a un país peor del que dejaron, en medio del cerco económico del Gobierno de Donald Trump, quien asegura que la isla fracasará “muy pronto”. El 9 de febrero, Irisaris recibió una llamada de su familia desde Camagüey. Su hijo había aterrizado inesperadamente en la terminal 5 del Aeropuerto José Martí de La Habana, como el resto de los enviados a Guantánamo, en el primer vuelo de deportaciones a Cuba en 2026, que cargó un total de 153 hombres y 17 mujeres.

“Hacía rato que no lo había visto reírse”, dice la madre. A Irisaris le preocupa que Vladimir esté de vuelta en un país sumido en una profunda crisis humanitaria. También teme por su salud, ahora que vuelve a un lugar donde los hospitales están colapsados. “Pero está libre”, dice, emocionada. El largo viaje de los cubanos detenidos en Guantánamo ha terminado.

Créditos:

Mapa: Mónica Juárez Martín

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