“Tenía un jardín precioso en Mariupol. La gente me decía que vivía en el cielo”: la vida en Ucrania antes y después del estallido de la guerra | Internacional

“Tenía un jardín precioso en Mariupol. La gente me decía que vivía en el cielo”: la vida en Ucrania antes y después del estallido de la guerra | Internacional


Ucrania es un país atravesado por el trauma de la guerra. A pocos días de que se cumplan cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala, es difícil encontrar a alguien indemne del dolor y la desolación infligidos por Moscú. Los ucranios conviven con la muerte a diario, pero se aferran a la vida. Esa es la principal lección que dos soldados, una viuda y dos desplazados comparten al relatar sus vidas antes y después de la guerra.

Malyna Morokowska tenía 59 años aquel 24 de febrero de 2022. Le faltaba uno para jubilarse y poder dedicarse a viajar y a disfrutar de la casa que acaba de reformar en Mariupol. “Tenía un jardín precioso, con muchísimas flores, sobre todo rosas. La gente me decía: ‘Si el cielo existe, tú vives en él”. Ella dirigía un centro social para desplazados internos de la región oriental de Donbás, donde la guerra empezó en 2014, y en cuyo frente murió su marido en 2017.

“El 26 de febrero de 2024, cerré mi casa y nunca más he vuelto”. Ahora vive allí gente de Tayikistán llevada por Moscú para repoblar la ciudad, arrasada en un cerco que duró tres meses. Morokowska se emociona contando su historia. Cuando llega al 15 de marzo, no puede seguir hablando y pone un vídeo en el móvil de la presentación de un libro en la que compartió su calvario. Una bomba planeadora destrozó el albergue en el que trabajaba, donde llevaba tres semanas refugiándose. Resultó gravemente herida y a su hija la dieron por desahuciada. Las operaron en un hospital donde no había ni anestesia ni comida.

“La noche del 16 al 17 de marzo, cuando bombardearon el teatro de Mariupol, estaba segura de que íbamos a morir”. Al día siguiente, malheridas, atravesaron 22 checkpoints rusos y lograron llegar a Zaporiyia. De ahí a Lviv y, después, a Alemania para tratar a su hija. Ahora vive de alquiler y trabaja en la recepción de un centro en Kiev que ayuda a gente de su ciudad —en Ucrania, hay 3,7 millones de desplazados internos como ella, según la ONU—. Ya no planea nada a largo plazo. “La vida es maravillosa y solo quiero disfrutarla”. También ha descubierto quién es importante y quién no. Y canta en un coro, que de paso le ayuda a rehabilitar la mandíbula.

El soldado Sergii, alias Zioma, de 51 años, también recuerda la vida anterior a la guerra como una época feliz, con su mujer y su hijo, que entonces tenía 17 años. Se ganaba bien la vida en la construcción. Durante dos décadas vivieron en Zaporiyia y tenían un terreno donde crecían 60 árboles frutales, con una casa, una dacha. “Íbamos al menos tres veces al mar de Azov en verano; nos encantaba”. Cuando estalló la guerra estaban en Tomakivka, en Dnipropetrovsk. Allí se habían instalado en una granja con tres vacas, cinco cerdos y 50 gallinas.

Zioma es minucioso con el relato de la batalla en el bosque de Serebryanskii, cerca de Lugansk, donde el 21 de junio de 2023, de los ocho soldados que estaban, solo sobrevivieron dos. Recuerda las 19.50, la hora exacta en la que le puso un torniquete a un compañero moribundo; describe con precisión la postura en la que estaba otro al morir; no olvida la cara del ruso que le disparó y detalla cómo, cuando le evacuaron, las ramas astilladas por las explosiones se le fueron clavando en las piernas heridas.

En el hall del Instituto de Traumatología de Kiev, donde este miércoles le hicieron un TAC, Sergii cuenta que le han operado 47 veces en 30 hospitales. La última, hace tres semanas y la próxima, dentro de dos. Va a diálisis, porque se quedó con un solo riñón defectuoso. Y se mueve con muchísima dificultad. Encima, se ha tenido que buscar un abogado porque le quieren despedir del ejército. “Yo era muy patriota, pero ahora he entendido que solo te necesitan cuando tienes salud y puedes ir a luchar”. Dice que solo puede contar con su familia y sus hermanos de armas.

A pesar de esas desgracias, o por ellas, ha cambiado su forma de ver las cosas: “Algunas veces en la vida sientes que no quieres o que no sabes por qué seguir viviendo. Pero yo ahora tengo muy claro que quiero vivir y volver a mi granja cuanto antes”.

Andrii Melnyk, Melya, y Tati Sontse se casaron en 2019, después de nueve años juntos. Eran vecinos en Pivdenne, a 20 minutos de Járkov. Él era odontólogo pero quería dedicarse a la música. Ella se graduó en Artes y tenía vocación de actriz. Vivían en Járkov, con su gato, con trabajos que les pagaban las facturas mientras perseguían sus sueños. La mañana del 24 de febrero, ella se levantó para ir a trabajar. Su esposo estaba en el ordenador. “Ha empezado”, le anunció. “¿Qué ha empezado?”, contestó ella. “La guerra”.

Escuchó dos bombas y vio humo azul y rosa. Olía mal. Cerró la ventana y le preguntó: “¿Qué hacemos?”. “Me contestó: ‘¿Un té, quizás?’ Era muy gracioso”. Él se alistó como voluntario y acabó en las trincheras. Ella se fue a Ivano-Frankivsk, a una ecoaldea, y desde ese momento, estuvo “siempre de un sitio a otro”. El 5 de mayo de 2023, los rusos mataron a Melya en Bajmut. Tenía 33 años. “Entiendo el alto precio que pagamos por la libertad”, dice ella casi tres años después.

Ahora vive en Kiev. Ha hecho terapia y está en contacto con otras mujeres que han perdido a sus parejas. Ha escrito un libro de poemas, hace música, es actriz. “He entendido que quiero ser amada, que quiero sentirme viva”. Todas las mañanas Oleksandr, con quien ha empezado un nuevo capítulo de su vida, le despierta para el minuto de silencio por los caídos, a las 9.00. “Me acepta con todas mis emociones”, dice Sontse, que ahora tiene 31 años y dos gatos.

La guerra es movimiento. La primera semana, un millón de personas salió del país. Entre ellas, Oleksandra Balyasna, hoy de 40 años, y su hija Diana, que tenía ocho. Cogieron solo lo esencial y se fueron por Rumania. Ahora viven en La Haya, pero mentalmente ella sigue en Kiev, cuenta al teléfono. Estos cuatro años ha seguido trabajando online en una ONG que presta ayuda a familias de niños prematuros en Ucrania, y colabora de voluntaria con organizaciones de apoyo al país.

Se han mudado varias veces, han aprendido el idioma. Y en la distancia, vive con angustia los bombardeos, los cortes de luz y calefacción. “Todas las mañanas escribo a mi madre; necesito saber que está viva”. Pero para ella es esencial que la niña esté segura, que pueda estudiar sin pasar frío y sin alertas antiaéreas. Aunque eso le cueste que haya gente que se haya distanciado, que le reprochen que se haya ido del país.

Ellas tienen sus problemas —madre e hija van a terapia—, pero es supercuidadosa con lo que cuenta o publica en redes. No quiere que piensen que frivoliza mientras la gente sufre en el país. Pero Balyasna también tiene claro que “hay vida también durante la guerra, y hay que disfrutar de lo bonito”. Muchos refugiados —según la ONU, se han registrado al menos 6,7 millones en el mundo—, dice, lo han puesto todo en pausa a la espera de volver. “Son cuatro años de nuestra vida. Hay que seguir viviendo en el hoy; no se puede vivir en la esperanza”.

La capacidad de la guerra para darle la vuelta a todo se ve hasta en el formidable giro que dio la vida de Mikolay Serga. Este oficial de 36 años se plantó en una oficina de reclutamiento de Odesa el 25 de febrero vestido con un traje de Versace, un abrigo de Yves Saint Laurent y unas botas rojas de Dsquared2. El oficial al mando no daba crédito. “¿Este quién es? Necesito soldados para la guerra, no fashion victims para la semana de la moda”, recuerda que dijo.

Serga era “una especie de celebridad”, como se describe él, y aquel día solo tenía la ropa con la que iba a dar un concierto. Se dedicaba al mundo del espectáculo; era cantante, cómico y presentador. Tenía un programa de televisión muy famoso en Rusia, adonde viajaba con frecuencia. Su vínculo con Moscú era también personal; su esposa era rusa y estaba allí aquel febrero. “Ella me intentaba convencer de que la cosa no era como parecía”. Meses después, se divorciaron.

En el ejército le mandaron como francotirador a defender la costa del mar Negro y le enseñaron a usar una granada. Poco después le dijeron que mejor se fuera a las Fuerzas Culturales, el equipo del ejército que ahora lidera y que “utiliza la cultura como instrumento para la seguridad nacional”. En la sede, hay artistas-soldados pintando, creando contenido audiovisual, haciendo música, organizando libros para enviar al frente. Parece propaganda, pero él lo rechaza: “Eso son flores, nosotros somos raíces”.

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