La escalada parece no tener fin. Estados Unidos envió sus portaviones, entre ellos el colosal Gerald Ford, que viaja del Caribe rumbo a Medio Oriente. ¿Es posible interpretarlo como un preámbulo a un ataque como el que sufrió Venezuela y terminó con Nicolás Maduro, esta vez con autoridades iraníes, o es sólo una muestra de fuerza para obligar a Teherán a negociar?. El interrogante es si, en caso de un ataque, sería cómo la “Guerra de 12 días”. O todavía peor, si la respuesta iraní mostrara una resistencia todavía mayor.
Lo cierto es que Trump hace de nuevo gala de su “forma de hacer política exterior” ante conflictos con otros países, con esa mezcla extraña que maneja de amenazas, algunos elogios y posibilidades de abrir puertas al dialogo. La reunión de la delegación iraní y norteamericana en el Sultanato de Omán (en la capital Mascate), el pasado viernes 14 del presente año, bajo la mediación del Ministro de Relaciones Exteriores de Omán solo llegó a una foto de apretones de manos y la convocatoria a «seguir negociando». Concreto, nada.
Las amenazas que a menudo lanza el régimen teocrático de los ayatolas a Israel, y la propia naturaleza de sistema político iraní con su habitual cuota de violación de los DD.HH. tampoco representa un horizonte alentador para un diálogo de paz.
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El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, afirmó que los contactos auspiciados por Omán con Estados Unidos se centraron «exclusivamente en el programa nuclear» iraní, que según Occidente tiene como decidido fabricar una bomba atómica. Por supuesto Teherán rechaza esas acusaciones y sostiene que el uso que proyecta de su energía nuclear «es absolutamente pacífico».
La infraestructura nuclear iraní fue severamente afectada en junio del año pasado, cuando Estados Unidos utilizó la poderosas bombas ‘antibúnker’ que no estallan en su contacto con la superficie, sino que siguen abriéndose camino bajo tierra para provocar gravísimos daños a instalaciones subterráneas:
La delegación estadounidense en Omán, encabezada por el enviado de Washington a Oriente Medio, Steve Witkoff, y por Jared Kushner, yerno del presidente Donald Trump, buscó además incorporar a la agenda el respaldo de Irán a grupos yihadistas, y la feroz represión contra quienes reclamaron en las calles en los últimos meses, protestas que el régimen encabezado por el implacable Ali Jamenei sofocó a sangre y fuego.
Lo cierto es que la inseguridad para EU e Israel en la región es alta, y si Irán llegara aculminar su desarrollo nuclear, entonces esa inseguridad sería todavía mayor. Los académicos de RRII en el Realismo Político explican la función del “equilibrio de poder”. Si los Estados anhelan volverse más poderosos, otros Estados estarán inseguros, buscando frenarlos. Lo harán a través de alianzas, economía o poder militar. De ahí el rol que juega en la región que Irán no llegue al poder atómico. Un Irán poderoso representaría a la par de un peligro regional para Israel, y su sostén estadounidense, sino que también reforzaría la seguridad de Irán ante los ataques que puede desatar EE.UU..
Irán no es Venezuela
Un ataque preventivo no es sencillo: Irán no es Venezuela. El chavismo posee un férreo control interno, pero sus FF.AA. no son fuertes, y su aviación es discreta, además Venezuela estaba sola ante el riesgo de intervención, que finalmente se produjo y que terminó nada menos que con Nicolás Maduro en una prisión estadounidense.
Las FF.AA. iraníes tienen otro potencial. La Guardia Revolucionaria de Irán es todavía una organización disciplinada y poderosa, por lo que una guerra podría desestabilizar dicha región. Experiencias pasadas como la Guerra de Irak, sirvieron de experiencia para EE.UU. de que su poderío militar no es garantía de una posterior estabilización social y política. Otro interrogante es que harían China y Rusia ante ese nuevo conflicto.¿Esta EU en condiciones económicas de sostener esa avanzada en Medio Oriente, tal vez prolongada? Hay sectores armamentísticos que se activan con el conflicto. También hay beneficios políticos, como los que ha usado Netanyahu en Israel para mantenerse en el poder a favor de la Guerra en Gaza, resistiendo los cuestionamientos internos.
Mientras tanto, todos miran que hará Donald Trump y su cambiante política exterior. A diferencia de su primer mandato, el magnate y presidente republicano más que ocuparse de sus “asuntos domésticos” (como el escpandalo Epstein, o las muertes causadas por el ICE y la pérdida de popularidad ante la opinión pública) se muestra activo en su agenda internacional. Probablemente buscando desviar la atención.
Pero ¿Qué pasa si el costo es mayor que el beneficio?. Si ni siquiera hay garantías de un ataque puntual no lleve a guerra frontal. Para Irán caben los mismos interrogantes, y la inflexible opacidad de los gastos de dicho régimen impide saber el margen que maneja para sus gastos de defensa.
¿Es posible que Irán busque un “gatopardismo”?. Es decir, “cambiar algo para que no cambie todo”. Aunque si el régimen que encabeza Jamenei quiere seguir en el poder deberá actuar con extremada cautela, por la amenaza que, como un paradójico boomerang de la historia, ahora representa el hijo del último Sha de Irán (Reza Pahleví), quien espera que Estados Unidos lo devuelva al poder:
El sha Reza Pahlevi cayó en 1979, por la revolución islámica que encabezó el ayatola Khomeini, sería realmente una vuelta enorme de la historia que, casi medio siglo después, el fundamentalismo teocrático caiga a manos de uno de los hijos del Sha.
* Lic. en Ciencias Políticas










