Verde Oxígeno, el partido político de Ingrid Betancourt, se desmorona irremediablemente en plena campaña, en medio de reproches cruzados y crecientes críticas a una de las víctimas más emblemáticas de la extinta guerrilla de las FARC, y quizás la más conocida fuera de Colombia. A solo tres semanas de las elecciones legislativas, varios de sus principales candidatos al Senado han renunciado en los últimos días a esa aspiración, y de plano a militar en el partido. Entre ellos, la que encabezaba esa lista, la exsenadora Sofía Gaviria. La crisis ha recordado una vez más la errática carrera política de Ingrid –a secas, como casi todos la conocen–, que acumula incontables bandazos después de haber sido liberada en la Operación Jaque de 2008, tras más de seis años secuestrada en las selvas de Colombia. Y en especial, la manera en que dinamitó hace cuatro años, desde adentro, la coalición de centro que naufragó en las presidenciales que llevaron al poder a Gustavo Petro.
“Es una mujer muy inteligente, pero todos han visto su personalidad autoritaria, egoísta, egocéntrica y su desconexión con el país”, ha dicho este lunes a Caracol Radio Gaviria, otra emblemática víctima de las FARC, sobre Betancourt. Cada nueva carta de renuncia acusa el incumplimiento de acuerdos y ahonda la crisis de Verde Oxígeno. La de Gaviria menciona la “ausencia de espacios reales de deliberación, situaciones de persecución frente a posturas críticas y ausencia de una causa programática clara”. La de Juan Fernando Betancur, el primero en renunciar la semana pasada, acusa la “insoportable arrogancia” de Betancourt, a la que tilda de “dictatorial”. “He sido testigo de cómo las directivas del partido se escudan en el derecho discrecional del mismo para limitar y coartar las iniciativas, propuestas y voces de sus miembros”, escribe en la suya Jorge Alberto Duque. A ellos se sumó este lunes la exministra de Ambiente Beatriz Uribe, quien utilizó un lenguaje más diplomático, pero también se desmarcó del partido.
Betancourt, ciudadana colombo-francesa, ha dilapidado la legitimidad que ganó como una víctima reflexiva del conflicto armado, después de haber pasado varios años relativamente alejada de la vida pública en Colombia. La excandidata presidencial es el rostro más visible entre los políticos que pasaron largos periodos en la selva, en las condiciones más atroces imaginables, a veces encadenados o amarrados a los árboles. Después de seis años y medio en cautiverio, e innumerables intentos de fuga, recuperó su libertad el 2 de julio de 2008, en la Operación Jaque. Entonces se afincó en Francia, pero respaldó en momentos clave el acuerdo de paz que selló a finales de 2016 el Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018).
El secuestro, que acumuló miles de víctimas, fue una de las prácticas más crueles y repudiadas de las otrora Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, hoy desarmadas y convertidas en un partido político en virtud de ese pacto, que en este 2026 cumple 10 años. El doloroso y dilatado capítulo de los políticos en cautiverio se saldó con 13 muertos –entre ellos Guillermo Gaviria, el hermano de Sofía, asesinado en 2003 en un intento de rescate–, ocho entregas unilaterales, 15 rescatados por el Ejército –entre ellos Betancourt– y dos fugados. El tema sigue vigente en el debate público, al punto que varios exmilitares que estuvieron secuestrados por la guerrilla han sido candidatos al Congreso. Entre ellos, John Frank Pinchao, quien en esta campaña hace parte de las listas de Verde Oxígeno.
Ingrid Betancourt no había visto cara a cara a sus captores desde que un helicóptero del Ejército la sacó de las profundidades de la selva, hasta que a mediados de 2021, después de casi 13 años, los confrontó en un acto de reconocimiento de la Comisión de la Verdad. “El valor de este encuentro reside en que quienes actuaron como señores de la guerra y quienes los padecimos, todos aquellos que estuvimos en el ojo del huracán de la guerra, nos levantamos al unísono ante Colombia para decirle que la guerra es un fracaso, que solo ha servido para que nada cambie, y para seguir postergando el futuro de nuestra juventud”, dijo entonces, vestida de blanco, con lágrimas en los ojos, en un potente discurso.
A finales de ese año irrumpió en la campaña, ofreció su apoyo a la Coalición Centro Esperanza, en un primer momento como una suerte de amigable componedora, y Verde Oxígeno recuperó sus siglas gracias a un fallo de la Corte Constitucional. En enero de 2022, reveló sus ambiciones personales, se lanzó por sorpresa a la Presidencia y –después de un par de semanas de agrios enfrentamientos– abandonó intempestivamente esa frágil alianza entre políticos que se oponían a los extremos. Hundida en las encuestas, acabó por declinar su aspiración y adherir a la campaña de Rodolfo Hernández –a la postre, perdedor de la segunda vuelta ante Petro–.
Cuatro años después, Ingrid, con un partido propio en el que castiga cualquier disidencia, avala a dos de los aspirantes presidenciales de la llamada Gran Consulta, que reúne a nueve candidatos de derecha y centro derecha: el exministro de Defensa Juan Carlos Pinzón y el exalcalde de Bogotá Enrique Peñalosa. Radicalizada en su oposición a Petro, ya no le interesa arroparse con la bandera del centro político, ni huirle a los extremos. “La batalla que estamos dando hoy en Oxígeno no es para tibios”, ha sido su justificación a la cascada de renuncias en la lista al Senado. Así confirma su trayectoria, de víctima reflexiva a figura de la discordia.










