La compilación de su nuevo libro de columnas le produjo un sabor amargo al escritor Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 53 años). “Fue como leer un diario de un pesimista y confirmar que todos los pesimismos se cumplen”, dice sobre Esto ha sucedido (Alfaguara), que reúne los artículos de opinión que publicó en EL PAÍS en los últimos cinco años y algunos discursos. La desinformación se propaga en las redes sociales, los líderes autoritarios como Donald Trump buscan minar la credibilidad de los periodistas y crece la desconfianza ciudadana sobre qué es verdad y qué es mentira. Vásquez siente impotencia. “Un eslogan de 140 caracteres en redes sociales siempre irá más lejos y muy probablemente convenza a más gente que artículos como los míos. No hay nada que hacer”, comenta. Después, explica que de todas formas quiere dejar por escrito que las cosas sucedieron como él las vio y no como los autócratas las cuentan. “El periodismo es una forma de resistencia indispensable. Es lo único que la ciudadanía tiene para defenderse”.
Pregunta. ¿Qué significa para usted ser columnista?
Respuesta. Es lo opuesto a mi oficio principal. La escritura de una novela es un viaje a un lugar desconocido, del cual no hay mapa. Partimos de la ignorancia, con incertidumbres y dudas. Los artículos de opinión, en cambio, se escriben desde un lugar de certeza, así sea transitoria. Los escribo porque he llegado a una convicción y la quiero poner en la conversación para convencer a los demás.
P. ¿Qué implica ejercer este oficio en esta época?
R. Los textos largos, de un testigo que esté razonablemente bien informado, son más necesarios que nunca. Deben enfrentar esa selva de violencia retórica, de mentiras muy exitosas, de confusión y desorientación que vemos en las redes sociales. Aunque la mentira política siempre ha existido, ahora son los propios ciudadanos los que la propagan y la convierten en un relato más masivo y aceptado.
P. ¿El impacto de las columnas queda en un nicho limitado frente al de las redes sociales?
R. Sí, y es inevitable. Una de las cosas más claras para mí en los últimos 10 años ha sido ver que la opinión de cierta complejidad tiene relativamente poco peso en lo que acaba pensando una sociedad. Si las columnas fueran tan influyentes como a veces creemos los columnistas, el plebiscito por los acuerdos de paz de 2016 no se habría perdido. Así que todo ejercicio de articulismo hoy tiene que ir acompañado de una declaración de humildad, de aceptación de que a la naturaleza humana le convence más el eslogan que el periodismo. Un eslogan de 140 carácteres en redes sociales irá más lejos, será más digerible y muy probablemente convenza a más gente que artículos como los míos, de 1.250 palabras, que tienen matices e intentan asumir la complejidad de lo que cuentan. No hay nada que hacer.
P. En medio de la angustia por esta época, publica una recopilación de columnas con el título de Esto ha sucedido, una frase de La peste, de Albert Camus.
R. El narrador de La peste dice que la labor del cronista es decir que algo ha sucedido cuando sabe, cuando ve, que en efecto ha sucedido. Y lo que yo vengo a decir es que nunca había sido tan difícil hacer eso como ahora. Hay fuerzas muy eficaces en convencer a la gente de que no ha sucedido lo que todo el mundo ha visto o escuchado. Es algo que lleva años, pero que cada vez tiene señales más preocupantes.
P. ¿Cuáles serían algunos ejemplos recientes?
R. En Minneapolis, vimos cómo una mujer trataba de alejarse de un carro de agentes del ICE [Servicio de Inmigración y Control de Aduanas], pero uno de ellos le pegó tres tiros a quemarropa. Luego, todo el Gobierno de Estados Unidos salió a decir que la mujer no se estaba alejando, sino que estaba embistiendo a un agente con su carro, y que por lo tanto era terrorista. No importó que la viéramos alejarse en los videos. Y luego está el caso de Donald Trump en Davos, que se equivocó tres veces en un discurso: dijo “Islandia” en vez de Groenlandia. Cuando una periodista lo señaló, la portavoz de la Casa Blanca respondió que dijo “Iceland» porque Groenlandia “es una tierra de hielo”, que entonces no había equivocación y que los confundidos eran los periodistas.

P. Así que al menos quiere dejar testimonio de lo que sucedió de verdad en los cinco años que abarcan las columnas de Esto ha sucedido.
R. Lo único que la ciudadanía tiene para defenderse en estas circunstancias es el periodismo. Yo entiendo mis columnas, al igual que el periodismo de reportaje, como una forma de resistencia indispensable contra una confluencia de fuerzas que es terriblemente peligrosa. Las columnas pesan menos que antes, pero son más necesarias que nunca.
P. ¿Cuáles son esas fuerzas que confluyen?
R. El gran peligro que enfrentarán nuestras sociedades en los próximos años es la conspiración entre los autoritarismos de extrema derecha y los plutócratas de la tecnología, como Elon Musk [dueño de X] y Mark Zuckerberg [propietario de Meta]. Ambas partes se benefician de la mentira, la violencia retórica, el conflicto y la polarización. Las plataformas porque consiguen atención, tráfico, lo cual le sirve a su modelo de negocio. Buscan a los autócratas para que les levanten las restricciones. A los autócratas, en tanto, les interesa un ciudadano confundido, que no sabe qué es verdad y qué es mentira, y pone en duda todas las informaciones que le llegan.
P. Una columna suya señalaba que en 2022 “la terca realidad real” parecía imponerse contra “el embaucamiento masivo” de las campañas de mentiras de 2016: Gran Bretaña enfrentaba la decadencia tras el Brexit, Trump era derrotado, Gustavo Petro se imponía en Colombia con la promesa de hacer cumplir los acuerdos de paz con las FARC. Hoy parecemos estar más cerca de 2016…
R. Ahora es mucho más clara la vulnerabilidad de los ciudadanos ante la mentira organizada. En unos años, nos daremos cuenta de que uno de los momentos más importantes de nuestro tiempo quedó metido en una caricatura de The Washington Post en la que aparece una estatua de oro de Trump. Abajo, de rodillas, haciéndole reverencias, están Zuckerberg, Sam Altman, Jeff Bezos y todos los plutócratas de las tecnologías. En cuanto a Petro, una de las lecturas que hice de su victoria fue que ganó por la gente que quería la implementación de los acuerdos de paz, reventados por dentro por el Gobierno de Iván Duque. No pensé, tengo que reconocerlo, que este Gobierno llegaría a su propia forma de sabotaje: los ha implementado de forma muy mediocre, muy reducida. Los declaró incompletos, fallidos, y se embarcó en un proyecto irresponsable de paz total que no tuvo ningún rigor y que deja al país sumido en la violencia.
P. Otra columna señala que revisar estos artículos de opinión, luego de años, permite ver los momentos de clarividencia y de ingenuidad. ¿Qué momento de clarividencia recuerda?
R. La recopilación me preocupó porque fue como leer el diario de un pesimista y confirmar que todos los pesimismos se cumplen. Como ejemplo, recuerdo una opinión que escribí para otro medio sobre la pandemia. Dije, contrariamente a lo que opinaban muchos, que no pensaba que nos fuera a hacer mejores. Dije que saldría un mundo más nacionalista, tribalista, encerrado en sí mismo, con más desconfianza, con sociedades rotas y descompuestas que iban a ser más susceptibles a caer en guerras. Todo eso es lo que ha pasado. Muy pocas veces he lamentado tanto tener razón.
P. ¿Un momento de ingenuidad sería no preveer que Trump regresaría?
R. Hubo un momento después de su primer mandato en el que una persona más o menos clarividente lo habría visto como un enorme fracaso: por ejemplo, hubo una gran cantidad de muertos por un presidente que recomendaba tomar desinfectante. Y lo que pasó el 6 de enero el ataque al Capitolio] fue un acto de fascismo. Que una persona así sea elegida de nuevo muestra que hemos dejado de ver una realidad común y que las democracias occidentales están en un proceso de disolución enorme.

P. En ese sentido, le sorprendió que esas burbujas de información fueran tan fuertes…
R. Sí, puntualmente con la reelección de Trump. Pero no me sorprendió su peligrosidad. En un artículo de diciembre de 2022 me refiero a un discurso que él pronunció mucho antes de ser reelecto y terminaba diciendo: “A todos ustedes, los agraviados, los humillados, yo soy su venganza”. Esto, explotar el resentimiento de una manera tan desfachatada, no se veía en la historia de occidente desde Hitler. Concluí entonces que, a partir de ese momento, era el hombre más peligroso del mundo y que las consecuencias iban a ser catastróficas. En eso, tristemente, tuve razón.
P. Varias columnas hablan de la responsabilidad de la ciudadanía frente a la desinformación…
R. Nos hemos convertido todos en agentes que distribuyen información. Mi ingenuidad consiste en pedir a los ciudadanos que sean responsables, que desarrollemos una cierta capacidad cívica para separar la verdad de la mentira. Quisiera que nos convirtamos en fact-checkers y condenemos la mentira cuando podamos identificarla, aunque venga del lado que apoyamos. Pero es una ingenuidad. Las mecanismos de las redes sociales le han dado mucho poder a los deshonestos y ocultan a los moderados, a los que proponen diálogo.
P. ¿Cómo jugará todo esto en las elecciones colombianas?
R. Si los votantes no recuperamos una cierta sensatez, nos vemos abocados a una presidencia que será una reacción polarizada y violenta contra la actual. Fue lo que pasó con la de Petro, que fue una reacción a la de Duque, que a su vez fue una reacción a la de Santos. Es preocupante: los países que dan bandazos y eligen presidentes por reacciones viscerales se terminan deteriorando de una forma muy grave. Espero que veamos que hay un candidato que ha tenido un paso exitoso por cargos de poder, que es de decencia comprobada y conoce los mecanismos del Gobierno. Espero que consideremos la posibilidad de darle nuestro voto.
P. Si se refiere a Sergio Fajardo, ¿una victoria suya es un deseo o una predicción?
R. Es mi deseo de ciudadano. Creo que sería lo mejor para el país.
P. Va muy atrás en las encuestas.
R. Falta mucho tiempo. Y creo que hay cosas que aún no sabemos.










