Después de dos años y tres meses del reinado que había iniciado el 2 de enero de 1871, Amadeo I de Saboya, italiano de origen, pero monarca de España por esas azarosas cuestiones de la política, estaba harto de los españoles y, antes de volver a su país de origen, declaró que eran ingobernables… y abdicó, a pesar de los esfuerzos del Consejo de ministros por disuadirlo.
Amadeo, después de presentar su carta de renuncia indeclinable, sintetizó sus sentimientos a las personas que lo rodeaban: “¿Quién me mandó a meterme en semejante berenjenal?”, y el 19 de febrero de 1873 partió sin más a Portugal primero, luego a Italia, y nunca volvió a poner un pie en ese país que lo había elegido como su rey.
Para entender esta historia de una España convulsionada, que contaba con la mitad de la población analfabeta, pobre y dispuesta a emigrar a cualquier país del mundo que le abriese sus puertas, vale recordar que este “berenjenal” había comenzado cinco años antes con la llamada Revolución Gloriosa, que puso fin al desgobierno de Isabel II en España, hija del incompetente Fernando VII, cuya impericia competía con la de su madre, la regente Cristina, en inoperancia y corrupción.
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De allí que, al grito de “Viva España con honra”, Isabel y Francisco de Asís de Borbón, su marido y supuesto padre de sus hijos, se dirigieron a Francia, donde gobernaba Napoleón III, casado con la española Eugenia de Montijo, quien los acogió con los brazos abiertos.
Resuelto el tema de la reina, que se fue sin chistar o intentar algún tipo de resistencia (tal era su culpa), había que buscar una nueva forma de gobierno, y fue entonces que los partidos revolucionarios coaligados se pusieron de acuerdo en respetar la opinión de las Cortes Constituyentes.
De un día para otro, después de años de gobierno absolutamente absolutista, España tenía Constitución, que declaraba la libertad de culto, de prensa y de educación. Todo muy moderno, pero también monárquico… eso sí, nada de Borbones.
Entonces salieron a buscar príncipes, que abundaban en Europa. No eran azules y, además, desteñían… Pero eran príncipes y los españoles querían uno en el trono.
El más potable que hallaron fue el hijo de Vittorio Emanuele, el nuevo rey de Italia: Amadeo de Saboya, duque de Aosta, que contaba con el apoyo del general Prim. Pero resulta que el general y hombre fuerte de esta convulsionada España no tuvo mejor idea que morirse antes de que llegara el rey italiano.
Amadeo quedó un tanto descolocado ante los españoles, sin un hombre que lo guiara por las procelosas aguas de la política peninsular.
Para algunos, Amadeo era el hijo de aquel que había arrebatado las tierras a la Iglesia, reduciéndola al Vaticano, mientras que otros criticaban la devoción religiosa de la reina María Victoria del Pozzo. Había tantas opiniones como españoles…
A pesar de que la pareja y sus tres hijos (el último, Luis Amadeo, nacido en España, célebre como montañista por haber llegado al Ártico y morir en Somalia al frente de una colonia agrícola) tenían una vida sin lujos ni ostentación, fueron víctimas de un atentado que por poco les costó la vida.
Al menos por un tiempo les granjeó cierta popularidad… Pero solo por un tiempo, porque los españoles no terminaban de tragar a un tío que chapurreaba mal el castellano.
Para colmo, don Carlos, el hermano de Fernando VII, no podía entender por qué le habían quitado sus derechos al trono por una mujer, su sobrina Isabel, y ahora, menos aún, que el usurpador fuese un italiano. Don Carlos reinició las llamadas guerras carlistas en búsqueda de su reconocimiento.
Para la misma época, Cuba, que era lo único que le quedaba del imperio donde nunca se ponía el sol, decidió separarse de España con una larga guerra, que reducía las posesiones de ultramar a algunas islas dispersas y porciones del desierto del Sahara…
Desbordado por tanto incidente, Amadeo declaró: “Io non capisco niente” (no hay que traducirlo), “estoy en una jaula de locos”.
Cuando los partidos que se habían unido para expulsar a Isabel se separaron definitivamente, algunas autoridades unilaterales lo invitaban a que gobernara prescindiendo de las Cortes y otra parte pretendía “despedirlo”.
Amadeo, harto de todos, decidió renunciar, no sin antes enviarle una nota al Congreso donde afirmaba no estar dispuesto a incumplir su juramento y meditaba sobre las “luchas estériles que desgarran sus entrañas”, en las que él no tenía arte ni parte. A continuación, llega a la conclusión de que todos aquellos que “perpetúan los males de la Nación son españoles que invocan el dulce nombre de la patria”.
Por más que el Congreso y el Senado hicieron un esfuerzo poco convincente para retenerlo, Amadeo I se alejó para siempre de España, patria adoptiva de la que guardó una mala opinión y hasta cierto rencor.
Hay una anécdota que pinta de cuerpo entero la conflictividad en este período de la historia española, porque después de la renuncia de Amadeo existió una desastrosa Primera República. Para poner fin a tanto desasosiego, los españoles vuelven a recurrir a los Borbones… Algo así como mejor un malo conocido que bueno por conocer…
Alfonso XII, el hijo de Isabel II, llamado “el pacificador”, quien con solo diecisiete años volvió a España como el monarca salvador (la historia es larga y compleja, por lo que vamos a ahorrarles la lectura).
En medio de una algarabía generalizada, cuentan que un grupo de entusiastas fue a recibir a Alfonso. Uno de ellos se mostraba tan exaltado que conmovió al joven rey, quien se acercó para agradecer su vehemencia; a lo que este personaje anónimo pasó a la historia de España por la respuesta que le dio al joven rey: “Pues esto no es nada, no sabes cómo gritamos cuando expulsamos a tu madre”.
Sí, ingobernables. No en vano terminaron en una feroz guerra civil y la dictadura más extensa de la historia española










