La Revolución cubana tuvo más éxito exportando su relato épico que cualquier otra mercancía tangible. Ni siquiera el azúcar de caña, el tabaco o el ron se le comparan. El rostro del Che Guevara convertido en merchandising de izquierda, la imagen estoica de Fidel Castro con un puro en la boca burlando los 600 atentados organizados por la CIA en su contra y la consigna de que la educación y el sistema de salud cubanos son los mejores del mundo han sido parte importante del imaginario progresista internacional desde 1959 a la fecha. Sartre, Beauvoir, Maradona, Guayasamín, García Márquez son solo algunas figuras de renombre que se han rendido al mito del heroísmo de una isla que, junto a su líder barbudo, construyó un paraíso precario, pero socialista y feliz, en las narices del imperio yanqui.
Los cubanos (o la mayoría de los cubanos) también compraron (o por un tiempo creyeron) esa épica caribeña que los interpelaba. Desde niños, en las escuelas, se les ha enseñado que deben emularse con la leyenda guevariana. “Seremos como el Che” es una consigna que ha gritado todo cubano cada día de su etapa escolar. Y luego está el culto a Fidel Castro, sobre quien la prensa oficial de la isla insiste en que no murió en 2016, y habla de “desaparición física”, como si su espíritu aún dirigiera el país. Para alguien ajeno a la realidad cubana, pero lo suficientemente informado para saber que el propio Castro declaró el ateísmo constitucional hasta 1992, ese misticismo debe resultar extraño. Pero no lo es: la única mística permitida por la Revolución ha sido la de la Revolución misma, una que, por supuesto, es extendible a su “eterno líder”.
El escritor cubano (y profundamente anticastrista) Guillermo Cabrera Infante, desde el exilio, escribió en su libro Mea Cuba: “Castro está, como Dios en Cuba, en todas partes”. Otros cubanos también lo sentían así. Ese don de la ubicuidad le sirvió a Fidel Castro para ganarse una fama casi divina. El “Comandante” podía estar en todos los lugares a la vez para atender las necesidades de su pueblo, pero también para vigilarlo y castigarlo. Él, que fue también la Revolución encarnada, se procuró así ser amado y temido a partes iguales. Sin embargo, aquella relación entre el líder y la masa no fue ni tan subjetiva ni tan romántica como la cuenta el mito revolucionario.
El nacimiento y el quiebre del mito de la épica revolucionaria cubana es uno de los temas sobre los que más ha escrito Alina Bárbara López Hernández (61 años), licenciada en Marxismo e Historia, doctora en Ciencias Filosóficas y miembro de la Academia de Historia de Cuba. Ella, además, es fundadora de CubaxCuba, una plataforma que fue concebida para ser un “laboratorio de pensamiento cívico”, donde colaboran otros intelectuales cubanos que se inscriben mayormente dentro de la izquierda democrática. Sin embargo, para el régimen de La Habana, la doctora López Hernández es otro de sus enemigos, y por eso sus órganos represivos la han acosado, detenido y hasta violentado físicamente en repetidas ocasiones durante los últimos cinco años.
Para López Hernández, la construcción de la épica revolucionaria no fue más que un proceso contractual ideado por Fidel Castro, mediante el cual la ciudadanía renunció a sus libertades civiles, políticas, económicas y artísticas a cambio de un Estado con responsabilidad social. “El Estado dio acceso a las grandes mayorías a un sistema de salud público gratuito y a un sistema de seguridad social que, aunque no tenían la calidad que muchos piensan, eran buenos. Además, se encargó con éxito de la seguridad ciudadana y mantuvo el control de la criminalidad”, explica la intelectual cubana en una llamada telefónica desde su residencia en Matanzas, Cuba.
Sin embargo, el pacto social de Fidel Castro tenía un problema: sin libertades económicas, entre otras, era imposible que el socialismo “a la cubana” produjera lo suficiente para mantener su soberanía económica y su guerra ideológica contra Estados Unidos. Reacio a modificar el pacto, el líder barbudo forzó un cambio de ruta y reestructuró la economía de manera que siempre dependiera de algún aliado externo. Ese aliado fue, primero, el llamado Campo Socialista de Europa del este, y luego la Venezuela chavista.
Con la caída del socialismo real y la desintegración de la URSS la economía cubana perdió su sostén y se desplomó. La primera parte de la década de los 90, que en Cuba se recuerda como el Periodo Especial, fue un momento difícil para el mito revolucionario. El régimen de Castro, que hasta entonces se había esforzado en distribuir la escasez, ahora tenía que distribuir la miseria. “Pero aun en medio de esa debacle -comenta López Hernández- el Estado mantuvo cierto grado de responsabilidad social. Fidel era un político inteligente y sabía que para pedir obediencia total tenías que dar algo a cambio”.
Tal vez nada explique mejor la robustez de la que gozaba el pacto social de la Revolución en aquel momento que la protesta popular del 5 de agosto de 1994, el llamado “Maleconazo”. Ese día, cientos de personas tomaron una de las principales arterias de La Habana para marchar al grito de consignas antigubernamentales. Era la primera vez que el régimen era desafiado de esta forma desde 1959. Las fuerzas represivas respondieron con violencia y hay quien habla de al menos una decena de ciudadanos heridos. Sin embargo, el hecho duró lo que tardó Fidel Castro en presentarse ante los manifestantes y convertir mágicamente la protesta en una marcha de apoyo a su persona. La épica revolucionaria quedaba así ligada indefectiblemente a la épica de su patriarca. Fidel Castro se encargó de que así fuera, por eso murieron juntos.
En 2008, con Fidel Castro enfermo y apartado del poder, y con su hermano a la cabeza del país, las reglas contractuales de la Revolución cambiaron. “Raúl Castro es un militar acostumbrado al ‘ordeno y mando’, y no le interesó mantener la ecuación de Fidel. Con él cambió la idea de la responsabilidad social del Estado. El gobierno comenzó a desentenderse de la seguridad social, se recortaron muchos subsidios, se cerraron comedores obreros y se tomaron varias medidas de corte casi neoliberal que fueron un duro golpe para las familias más pobres”, dice la intelectual cubana.
Raúl Castro prometió reformas que, supuestamente, serían traducidas en libertades económicas. Sin embargo, apenas pudo concretar unas pocas (como el reconocimiento de la propiedad privada) y no sin trabas y retrocesos posteriores considerables. Lo que sí logró el menor de los Castro fue convertir la economía del país en propiedad del Ejército, una cartera que él mismo había administrado durante casi medio siglo. Para ello consolidó el poder del Grupo de Administración Empresarial SA. (GAESA), un emporio militar-corporativo al mando de su yerno, el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja (fallecido en 2022). Según estimaciones del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, entre 2016 y 2022 GAESA pasó de controlar el 22.6% de los sectores estratégicos de la economía cubana a manejar el 70%, incluido casi todo lo relacionado con el turismo, y de controlar el 8% de las finanzas de la isla a dominar el 95%. Con la muerte de Fidel Castro, el relato de la épica se vació de realidad. Desde entonces, la Revolución no hizo más que apelar a un pasado supuestamente glorioso de equidad social mientras que, en la realidad, se empeñaba en los recortes sociales, la monopolización de la economía a manos de la cúpula militar, y la represión política.
“El sistema cubano ha acumulado torpezas y violaciones flagrantes de los derechos civiles y políticos. Eso ha provocado una fractura evidente de ese consenso alrededor de la consideración romántica de la Revolución”, comenta, desde su exilio en Madrid, el destacado jurista e historiador Julio Antonio Fernández Estrada, quien también se desempeña como periodista del medio independiente cubano El Toque. La acumulación de esas torpezas, aclara, remiten a la primera década de la Revolución. Una de las más recordadas fue el caso de censura y represión contra el poeta Heberto Padilla, que marcó el inicio de una auténtica cacería de brujas sobre artistas e intelectuales no alineados plenamente con los intereses del régimen, a la que se conoció como Quinquenio Gris.
El caso Padilla provocó un enorme cisma dentro de la intelectualidad internacional de izquierda que apoyaba a Castro, pero no fue el único. “Mucha gente de izquierda se ha ido bajando, metafóricamente hablando, del carro de la Revolución. Sucedió también con el éxodo del Mariel de los 80, con la Crisis de los Balseros de 1994 y el fusilamiento sumario de tres jóvenes que en 2003 secuestraron una embarcación para emigrar a Estados Unidos”, abunda Fernández Estrada.
Roto el pacto, no había razón para que la ciudadanía siguiera aceptando la ausencia de derechos civiles, económicos y políticos. Eso, sumado a una precariedad que no ha hecho si no agravarse bajo el gobierno de Miguel Díaz-Canel, impulsó a la sociedad civil a desafiar cada vez más al poder. En respuesta, la Revolución aumentó y endureció sus mecanismos represivos. Las protestas populares del 11 de julio de 2021, que dejaron un saldo de más de mil presos políticos, decenas de heridos y al menos un fallecido a manos de la policía, ilustran muy bien la decadencia actual del régimen cubano post castro.
“Pero algo queda de ese romanticismo revolucionario, al menos de parte de un sector de la izquierda internacional. Esa izquierda se mantiene leal al gobierno cubano, no al pueblo, y lo sigue justificando todo con el embargo estadounidense, que ahora se hace más cierto”, comenta Fernández Estrada en referencia a los aranceles que desde el pasado 30 de enero la Administración Trump amenazó con imponer a quien abastezca de crudo a la isla. “Esta situación ha vuelto a crear una coraza alrededor de la Revolución cubana. Mucha gente ha reactivado esa consideración especial porque lo único que ve ahora es un pueblo hambreado que necesita ayuda, pero no se dan cuenta que la crisis humanitaria en Cuba es mucho más antigua, sostenida y estructural que lo que puede causar un bloqueo petrolero de hace un mes”.










