Cuando el mundo apenas empezaba a recuperarse de la pandemia de covid-19, el diario La Vanguardia le encargó al periodista británico Andy Robinson (1960) escribir sobre el impacto de aquel contexto sobre el turismo en las Américas. El continente no era territorio desconocido para Robinson, que había pasado los últimos seis años como reportero en América Latina y antes, durante siete años, como corresponsal en Estados Unidos. Pero esa experiencia, confiesa, no le sirvió para predecir lo que terminó ocurriendo.
“Yo pensaba que aquella parálisis global iba a ser aprovechada para replantearnos los efectos de la industria turística pre-pandemia. Pero no nos replanteamos nada. En las Américas, como en todo el mundo, continuó ese modelo económico que no solo es incompatible con la transición energética, sino también con la vida de los barrios, las ciudades y las culturas locales”, dice desde su casa en el barrio de Lavapiés, en Madrid, y luego bromea con que él “también es parte del problema”, aunque la verdad es que vive hace mucho en España.
Después de casi recorrer de cabo a rabo la masa continental, publicó una serie de reportajes con los que demostró que, por desgracia, nada había cambiado. Pero esos textos, dice, fueron apenas el 20% de todo cuanto reportó. El resto, una enorme cantidad de datos, voces e historias que quedaron en el tintero, conformaría luego su cuarto libro de crónicas: Turismo de terror: Diez antiviajes en América (Grijalbo, 2025).
“Esas historias que quedaron únicamente podían funcionar unidas. Yo solo encontré el hilo que las vincula”, explica Robinson. Ese hilo, que conecta la desaparición de un joven electricista en la zona hotelera de Cancún con un falso pueblo mágico en Colombia, un lago en Bariloche (Argentina) y una torre plantada en medio de la Amazonía brasileña, es la voracidad de la industria turística, capaz de desplazar y destruir poblaciones enteras.
Pregunta. En América Latina, cuando de construir hoteles y desplazar poblaciones se trata, es evidente la relación entre el Estado y el sector privado. Una relación tan estrecha que a veces ambas entidades parecen fundidas en una sola…
Respuesta. El turismo, de por sí una industria muy destructiva, quizá permite esta relación más que ninguna otra. Es un área donde el sector privado, que incluye a empresarios depredadores, se la pasa buscando concesiones de gobiernos centrales y regionales, y eso es caldo de cultivo para la corrupción. En América Latina es fácil que esa corrupción luego se convierta en crimen organizado. En el capítulo dedicado a Cancún todo esto es muy obvio, pues en esa zona confluyen Estado, sector privado y crimen organizado. Hay víctimas muy claras de esas relaciones; las primeras: los propios trabajadores de la construcción.
El europeo o el estadounidense promedio te suele decir: “yo solo quiero ir a la playa en México. ¿Crees que es un poco peligroso?”. Y nadie piensa que quienes están en peligro realmente son las personas que construyeron el hotel donde te alojas o las que trabajan en él. De esto hablo en el libro, pero no para que la gente prefiera irse a un hotel en la Costa del Sol antes que a México. Al final, en México, en lo que refiere a la explotación de las playas (y con sus diferencias, por supuesto), ocurrió lo que ya había sucedido en España. Existe una continuidad entre ambos fenómenos, pues, en no pocos casos, están involucrados los mismos empresarios.
P. En el capítulo de Cancún menciona el Tren Maya. ¿Considera que ese proyecto es una continuidad del modelo turístico de explotación desmedida que otros gobiernos impulsaron en Quintana Roo?
R. La verdad es que me resulta muy difícil valorarlo, pues el tema ha causado mucha polarización, incluso dentro de la izquierda. Tienes, por un lado, al expresidente Andrés Manuel López Obrador, AMLO, el impulsor de este proyecto desarrollista. Uno puede empatizar con él, pues es cierto que esa zona del país está muy atrasada. Pero también están los ecologistas, que con razón hablan de la destrucción del medioambiente y del impacto negativo del tren en varias comunidades. Yo creo que el Tren Maya puede ser un buen proyecto, pero si fomenta el mismo modelo de desarrollo que se impuso en la costa, es una falsa solución y hay que denunciarlo.
P. En México, específicamente en la capital, se ha dado un fenómeno que también trata Turismo de terror: la gentrificación. Y ha habido protestas contra esto.
R. Sí, estuve en la CDMX inmediatamente después de una de esas protestas.
P. ¿Qué impresión le causaron?
R. Cuando fui, la presidenta Claudia Sheinbaum habló de xenofobia al referirse a las protestas, y recuerdo que pensé en lo errado del comentario. Porque no es xenofobia, sino estar en contra de un modelo que da prioridad a los que vienen de afuera, a los que les sale más barato un alquiler en México que en Estados Unidos, por ejemplo. Esas protestas también se están dando en España, y son totalmente legítimas. No veo que sea xenófobo proteger a los vecinos de un lugar que tiene ya una identidad y una cultura.
P. En cierto modo, este libro parece una continuación de su libro anterior, Oro, petróleo y aguacates. Las nuevas venas abiertas de América Latina (arpa, 2020), que se centra en los efectos de la apropiación y explotación de recursos naturales por parte de compañías transnacionales. Pero acá no solo se habla de la apropiación y explotación de ese tipo de recursos (como también son las playas y los territorios físicos), sino de la extracción de narrativas y riquezas intangibles, que terminan deformadas.
R. Cierto, es un poco así. Es fácil explicar en un artículo cómo una empresa minera canadiense explota a los trabajadores de Zacatecas. Pero con el turismo se complica identificar lo que pasa. A veces, chocas con estas franquicias que hacen copias, simulacros de lo que existía antes en un territorio, y puedes hasta pensar que hay riqueza cultural ahí. Sin embargo, todo lo que ves pertenece a un fondo de inversiones en Wall Street.
Cuando de turismo y apropiación cultural se trata, es muy fácil convertirse en parte del problema. Muchos buscan “experiencias únicas” en vez de disfrutar de la vida cotidiana real de los lugares que visitan. En Cartagena, por ejemplo, una mujer que había trabajado para el ayuntamiento me dijo que la ciudad se había quedado sin cotidianidad. La ciudad amurallada se volvió un parque temático del realismo mágico, mientras los vecinos fueron expulsados o se volvieron parte de esa experiencia exótica que vende el turismo. Y si te fijas, Cartagena no vende nada de realismo mágico, sino la reproducción de la película Encanto. Ahora es el realismo mágico “versión Disney”.
P. A veces, como consumidores, tratamos de dormir tranquilos optando por un turismo responsable y ecosostenible, pero el libro demuestra que estas etiquetas son, en ocasiones, dudosas. ¿Qué hacer entonces para no ser parte del problema?
R. Dicen que el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones, pero tampoco uno puede ir por ahí predicando contra los males del turismo, porque es un fenómeno complejo. Es difícil no ser cómplice de la voracidad del turismo. En Europa, por ejemplo, vivimos con una dualidad: la de ser turistas en América Latina y no soportar el turismo en nuestro barrio. Y eso ocurre porque nuestra idea del ocio y el placer ha sido condicionada por fuerzas de mercado y marketing que nos llenan la cabeza de parques temáticos y experiencias supuestamente placenteras. Pero hay cosas que podemos hacer, como disminuir la cantidad de vuelos internacionales a nivel mundial, que es una auténtica locura. ¡Hay miles de millones de pasajeros cada año, la mayoría por viajes de ocio! Y no estoy en contra de la democratización del turismo, pero debemos quitarnos ese gusanillo de la experiencia exótica, del “tengo que hacer un viaje de diez horas para tomarme una foto al otro lado del mundo porque si no voy a morir insatisfecho”. Tenemos que volver a ser felices y disfrutar con lo que cada uno tiene cerca, en su país.











