un falso policial que parodia al psicoanálisis lacaniano y a la academia

un falso policial que parodia al psicoanálisis lacaniano y a la academia

Cuando la editora de cultura me propuso leer y reseñar este libro , me resistí un poco. Hasta ahora, yo había elegido sobre qué tema escribir. Me comprometí a evaluar el material a vuelo de pájaro antes de decidirme. Sin embargo, esa primera mirada que le iba a dar se convirtió en una lectura voraz de Aurora Q., de Mario Cuenca Sandoval. Porque la voz que narra, ese apócrifo psiquiatra y psicoanalista que estudió con Lacan en París, se parece mucho a la de los maestros con los que yo misma me formé en los 80, cuando empecé mi práctica profesional.

Solemos olvidar que los grandes libros muchas veces son parodias de géneros decadentes. El mismo Quijote es una burla a los libros de caballería, Boquitas Pintadas se ríe del folletín romántico, Borges finge una sapiencia de autor erudito para mofarse de todos los acartonamientos literarios de su tiempo. No diría que Cuenca Sandoval planea a semejante altura, pero la operación del autor de Aurora Q. se nutre de ese mismo espíritu lúdico.

Un seminario inventado sobre un caso real ficticio desnuda la trama delirante en la que cierto psicoanálisis funda sus certezas. Podría –en tanto psicoanalista en ejercicio– haberme enojado, si no me hubiera divertido tanto encontrarme en el texto con todas las operaciones de prestidigitación de las que fui testigo tantas veces. Fascinada cuando joven recién iniciada y hastiada en mi madurez.

¿Qué es Aurora Q.? Según declara su autor, Mario Cuenca Sandoval, en una entrevista, se trata de un policial donde no se parte de la narración del crimen. He buscado notas y reseñas sobre el libro y he hallado todo tipo de cosas. Se trataría de una reflexión sobre la violencia, sobre la infancia, sobre el instinto, etcétera.

Permítanme que me ría, como se debe estar riendo Mario en su hogar andaluz, ante este torrente de interpretaciones sesudas. Como se ríe durante todo el libro de la rigidez de su ficticio profesor Jiménez Irisarri, que fuerza la realidad para que se acomode a la teoría, y a la teoría para que respalde sus prejuicios.

La trama de la novela se refiere al tratamiento en una institución psiquiátrica de dos niños, presuntamente autistas, que mataron a tiros de escopeta a trece personas en 1981. Más de veinte años después, el médico que se ocupó de su tratamiento dicta un seminario sobre el caso. Una y otra vez nos advierte sobre la seriedad de su análisis, a diferencia de los de otros autores. Así, por ejemplo, antes de explayarse en su interpretación de los dibujos de los niños:

“Ya conocen ustedes las deficiencias de los test proyectivos. Un crío emborrona dos circulitos y un examinador desquiciado los remite a la angustia. Otro dibuja una casa, un árbol y una familia, y el terapeuta le endosa media docena de carencias afectivas. Hay mucha palabrería y poco rigor analítico en todo esto, al menos cuando el profesional no está bien pertrechado en lo que a los fundamentos teóricos se refiere. Pero si uno posee las herramientas adecuadas y una paciencia a prueba de bombas, incluso dos niños ágrafos y encapsulados en su mutismo como David y Raquel S. terminarán liberando el magma de las profundidades de su psique con la ayuda de estas herramientas”.

Y, poco después, nos endilga esta explicación tan bizarra de una bola de plastilina aplastada contra la hoja: “Tal vez aquella nube de plastilina aplanada no sea otra cosa que el modo en que los niños plasman su perplejidad ante el colapso afectivo de la madre, otrora poderosa y hoy convertida en un agujero negro que engulle toda la luz del mundo».

El narrador polemiza con un libro y con una película (donde supuestamente a Aurora la encarna Geraldine Chaplin), mezcla citas reales y ficticias, intercala fotos de la escena del crimen y dibujos de los pacientes. Esta misma operación (exposición de sus teorías y refutación de las ajenas por carencia de rigor científico) constituye un verosímil dentro de la ficción donde el psiquiatra se va deslizando lentamente hacia el ridículo.

Aunque parece que la novela planteara dilemas psiquiátricos y éticos, aunque cite autores variados y prestigiosos (sumados a otros ficticios), todo ese alarde de erudición no deja de ser una mascarada para burlarse de cierto cientificismo que se mira el ombligo. Pero sería injusto ensañarnos con el psicoanálisis lacaniano, cuando todas las ciencias sociales dan ejemplos de la misma pedantería.

Aurora Q. es un falso policial y una falsa novela filosófica llena de falsas reflexiones sobre la violencia y su banalización mediática. Aurora Q. es –en realidad– la historia de una venganza: la de un estudiante de Filosofía contra los catedráticos engolados que pululan en los espacios académicos. Alguien que ahora, desde una especie de clandestinidad permitida por el artificio literario, puede señalar impunemente que el emperador va desnudo.

Por fin nos cantan una que sepamos todos.

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