La transformación del régimen de desigualdades

La transformación del régimen de desigualdades

Sorprende la contundente aprobación que tuvo en tres instancias la reforma laboral. Aunque no debería sorprendernos tanto. La Libertad Avanza ganó las dos últimas elecciones proponiéndola, por lo que, además de esperable, cuenta con legitimidad electoral al mismo tiempo que legislativa.

Entre las condiciones de posibilidad que hoy la hicieron realidad después de haber fracasado intentos comparables con Alfonsín, Menem y Macri, está de forma determinante la demografía haciendo su trabajo de renovación de cuerpos y subjetividades, quizá como nunca más en la historia futura porque 2010 clausuró la era de la fertilidad, con tasa de natalidad negativa, y los futuros votantes se renovarán más lentamente.

Así como el trabajador de Fate Jorge Ayala, despedido tras 32 años de servicio, dijo: “No quiero ser un muerto social”, la defensa del orden laboral ahora derogado afecta mucho más especialmente a quienes tienen más de 50 años y un empleo registrado, que son menos del 5% del total de empleados del país: en el sector privado un 4% del total (un 13% de la población tiene entre 50 y 65 años, la mitad tiene empleo registrado, y el 63% de ellos en el sector privado, más un 0,8% del sector público que representa el tercio de los empleados del Estado que son contratados y no tienen la estabilidad permanente del personal de planta).

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Lo mismo que sucede con la licuación de las jubilaciones, el gobierno de Milei eligió entre los perdedores de su modelo económico –más que proporcionalmente– a las personas de mayor edad. En lugar de representar a una clase socioeconómica, pasó a construir generacionalmente su agonalidad “ellos o nosotros” y así –consciente o inconsciente– con astucia electoral dividió entre jóvenes y viejos la representación de los sectores económicos de menores ingresos partiendo el núcleo de votantes peronistas y canibalizar parte para sí.

En el libro La época de las pasiones tristes, el sociólogo François Dubet explica la transformación del régimen de desigualdades: “Las desigualdades de clase se difractan en una sumatoria de pruebas individuales y sufrimientos íntimos que nos llenan de ira y nos indignan. La segmentación de desigualdades (hace que) cada individuo esté surcado por varias de ellas. En tiempos pasados la posición en el sistema de clases parecía acumular todas y cada una de las desigualdades. (Hoy) somos más o menos desiguales en función de diversos bienes económicos y culturales de que disponemos y de las diversas esferas a las cuales pertenecemos. Somos desiguales ‘en calidad de’: asalariado más o menos pago, estable o precarizado, poseedor o no de un título educativo, viejo o joven, mujer u hombre, residente en una ciudad dinámica o un territorio en conflicto, de un barrio chic o de un suburbio popular, solo o en pareja, de origen extranjero o no, blanco o no. Los ecologistas suelen ser hostiles a las instalaciones industriales que los obreros ven con buenos ojos”. (Ley de Glaciares con kirchneristas votando junto a libertarios representando provincias donde la minería es esencial para su economía).

“Ya no hay grupos que acumulan todas las ventajas y todas las desventajas. Las desigualdades multiplicadas e individualizadas nunca se inscriben en grandes relatos capaces de darles sentido, señalar causas y sus responsables, y esbozar proyectos para combatirlas. Abriendo las puertas al resentimiento, las frustraciones, a veces al odio a los demás, para evitar el desprecio de uno mismo. Genera raptos de indignación pero, por el momento, estas indignaciones no se transforman en movimientos sociales, programas políticos, ni lecturas razonadas de la vida social. Las pequeñas desigualdades parecen más pertinentes que las grandes. Las grandes desigualdades que oponen al 1% más rico son menos significativas”.

Esto, cuando las estadísticas demuestran que la desigualdad de clases deberían estar más presentes que nunca. “En 1970, en Estados Unidos, el 1% más rico concentraba el 8% de los ingresos, hoy supera el 22%; y en Europa, el país que aplicó más intensamente las políticas desregulatorias de Reagan y Thatcher, Inglaterra, pasó del 7% al 13%. En Norteamérica, se multiplicó casi por tres la concentración de riqueza en el 1% más rico y en Inglaterra aumentó el significativo 70%. Escandaliza la fortuna de Elon Musk o Jeff Bezos, pero esas desigualdades parecen abstractas por su propia magnitud y nos irritan menos que aquellas que nos distinguen de nuestros colegas mejor pagos o igual que yo por igual trabajo, de los residentes del barrio demasiado chic, o de los trabajadores protegidos por algunos privilegios, todas estas pequeñas desigualdades que experimentamos directamente y que irrigan nuestras relaciones sociales”.

Sintetizadamente, entre 1918 y 1980 la participación del trabajo en el total de renta creció superando a la del capital, y en las últimas tres décadas se produjo lo opuesto, en gran medida porque la fragmentación de los canales de comunicación propiciados por un avance tecnológico permitió la progresiva individualización de esos canales eliminando un sistema informativo compartido, con el consiguiente agotamiento del sistema de clases porque “no hay clases sin una consciencia de clase, sin una articulación de una entidad para sí y una oposición a una clase dominante”, sin una comprensión de lo que sostenía el sociólogo que más atención puso a las distintas formas de capitales y no solo al económico, Pierre Bourdieu, para quien finalmente el capital económico determina (aunque) en última instancia las otras formas de capital.

Hasta los años 80 “las clases sociales funcionaban como un explicandum y un explicans a la vez, lo que hay que explicar y lo que explica lo que hay que explicar. Las clases explican las conductas y consciencias de clase que, a su vez, explican las clases”.

Hoy los obreros industriales, en promedio, ganan más que los empleados, a su vez los cuentapropistas ganan menos que los empleados, y los trabajadores de la economía popular, menos aún, para llegar a los que no son “útiles” para ninguna forma de creación de valor para sí o terceros: la yuxtaposición de distintos sistemas productivos desestructuró la antigua “clase trabajadora”.

En palabras de Edgard Morín, se produjo un “cracking cultural”: “Donde había moléculas sociales integradas –clases– se reveló una multitud de átomos cada vez más pequeños, el consumo multiplicó los públicos sin que estos abarquen posiciones de clase: los jóvenes, los tan jóvenes, los urbanos, los rurales, los aficionados al fútbol, los aficionados a la música, etc. Cuando las pantallas y las redes se multiplican, los públicos proliferan y se individualizan ya que cada cual compone su propio programa en afinidad con quienes le son cercanos”.

Si para Bourdieu “la escala de gustos culturales es isomorfa”, para Dubet las preferencias de consumo actuales son “omnívoras”. “Ya no se vota mayoritariamente a los partidos que proclaman representar a una clase, en materia de voto, la edad, el sexo, el nivel educativo y el lugar de residencia pesa más que la clase (…) al estar en todas partes, las clases sociales terminan por no estar en ninguna”.

En el juego de las comparaciones, las pequeñas diferencias terminan siendo más importantes que las mayores, “los habitantes de los barrios populares a priori más homogéneos, a la comparación entre ‘nosotros’ y ‘ellos’, aparecen comparaciones internas entre grupos de todo tipo”.

Las desigualdades de ingresos son más palpables que las de patrimonio, aunque en estas últimas es donde reside la mayor diferencia, el mejor ejemplo es que el 87% de los franceses, por ejemplo, está en contra del impuesto a la herencia cuando su aumento sería la forma de reducir las desigualdades económicas.

“Las mujeres y los hombres no son sensibles a las mismas desigualdades, las mujeres perciben más las desigualdades en salud y educación, las que son del tenor del care (del cuidado), mientras que los hombres son más sensibles a las desigualdades económicas. Los votantes de izquierda denuncian las desigualdades con más ganas que los de derecha, pero los votantes de extrema derecha las critican aún más. Los de izquierda denuncian a los ricos mientras que los de extrema derecha, más a los pobres, que ‘abusan’ del estado de bienestar. Las desigualdades están más determinadas por marcos morales y representaciones que por condiciones objetivas definidas en términos de desigualdades de clase. Los pobres ven a los ricos menos ricos de lo que son y los ricos ven a los pobres menos pobres de lo que son”.

Finalmente, “la individualización de las desigualdades pueden multiplicar las luchas pero no inducir a su convergencia”.

Más claro, imposible.

star111 login

betturkey giris

https://vsetut.uz

lottostar

https://slotcoinvolcano.com

lottostar

super hot slot

hollywoodbets mobile

pusulabet giris

yesplay bet login

limitless casino

betturkey guncel giris

playcity app

sun of egypt 4

moonwin

aviamasters

jeetwin

winnerz

lukki

croco casino

playuzu casino

spinrise

discord boost shop

fairplay

betsson

boocasino

strendus casino

sun of egypt 2 casino

gbets login

playwise365

amon casino

betmaster mx

verde casino

winexch

prizmabet

solar queen

quatro casino login

springbok