Vivimos inmersos en una orgía de estímulos, de pantallas que parpadean sin descanso, notificaciones que reclaman atención inmediata, viajes low-cost que prometen epifanías en tres días, relatos de vidas ajenas y hasta extrañas que desfilan en feeds interminables ante nuestros saturados sentidos. No cabe duda, la cultura contemporánea ha elevado la experiencia a categoría suprema: acumularla parece el único imperativo ético que nos queda. Sin embargo, en esta fiebre vertiginosa por vivirlo todo, algo se desvanece, y lo hace paradójicamente: la capacidad misma de experimentar.
Jean Baudrillard ya lo intuía en su diagnóstico de la hiperrealidad. Los signos han devorado lo real, las imágenes no remiten a nada más que a sí mismas, el bombardeo constante de representaciones produce una saturación que anestesia y la profusión de simulacros no hace sino generar una profundísima indiferencia estética: lo trágico terrible y lo hermoso se igualan en la misma superficie plana, sin matices, de manera que el sujeto hipermoderno lo ve todo, sin duda, pero no contempla nada.
Bauman añade otra mirada al análisis. Las experiencias se han convertido en mercancías perecederas, diseñadas para una gratificación instantánea y un descarte rápido. Viajar, amar, consumir cultura: todo debe ser intenso, pero fugaz. Nada debe durar lo suficiente como para exigir compromiso o transformación. El yo se construye en una sucesión de episodios desconectados, sin biografía: sí, estamos virtualmente vinculados con todos, pero radicalmente ajenos a nosotros mismos.
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Es Byung-Chul Han, sin embargo, quien ofrece el diagnóstico más incisivo y actual. En su sociedad del cansancio y de la transparencia, el exceso de positividad –poder hacer, poder mostrar, poder consumir– genera violencia psíquica del sujeto contra sí mismo por lo que, finalmente, la sobreestimulación no enriquece: agota. El hiperconectado se autoexplota en pos de una optimización perpetua. Pero esta acumulación no produce experiencia auténtica, sino vivencias superficiales que no transforman. Vivencia es mera sensación; experiencia, por el contrario, implica negatividad: resistencia, demora, silencio, incluso dolor. La transparencia elimina el secreto y la profundidad: todo debe ser expuesto, medido, compartido. El resultado es un yo exhausto, deprimido, burnout, incapaz de contemplar, porque ya no hay tiempo ni espacio para la contemplación.
¿Para qué sirve, entonces, esta fiebre acumulativa? ¿Qué ganamos al precio de una decadencia vital tan evidente? El cansancio crónico, la depresión rampante, la incapacidad de aburrirnos –porque el aburrimiento es el umbral de lo profundo– revelan el costo. Acumulamos experiencias como quien colecciona trofeos vacíos, pero perdemos la capacidad de habitar una vida densa, de detenernos ante el misterio del otro, de permitir que algo –un libro, un rostro, un atardecer– nos interpele y transforme de verdad.
Quizá la verdadera rebelión no consista en huir hacia más estímulos, sino en practicar una sobriedad voluntaria: apagar, desconectar, demorar, retrasar, retardar. Recuperar el derecho a no vivirlo todo, a no contarlo todo, a dejar que algunas cosas permanezcan en silencio y se conviertan, por fin, en experiencia. Porque solo en la escasez –del tiempo, de la atención, de las imágenes– puede renacer la intensidad verdadera. De lo contrario, seguiremos siendo turistas perpetuos de nuestra propia existencia, haciendo tristemente bueno lo afirmado por Georges Bernanos: “A la especie humana se le ha concedido un don terrible, caminar junto a los volcanes del gozo y no darse cuenta”.
*Profesor de Ética de la Comunicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.










