En avenida Congreso al 3700, en el barrio porteño de Coghlan, todos se conocen desde hace años. Algunos vecinos son más simpáticos, otros más ariscos. Pero ninguno era sospechado, hasta hace poco, de un asesinato.
A fines de mayo de 2025, todo cambió: “Encontraron un cadáver en el jardín de una casa donde vivió el líder de Soda Stereo, Gustavo Cerati”. El titular era inexacto. Pero la fama del músico hizo que replicara en los medios de todo el continente.
Casi nadie pensó lo peor. Los vecinos creyeron que nada escalofriante podía estar relacionado con los restos encontrados. «Seguro que los huesos son de algún sacerdote de la parroquia Santa María de los Ángeles. La construyeron en 1928 y ocupaba casi toda la manzana», quiso suponer y explicar un vecino de toda la vida. «Debe ser un cuerpo de principios del 1900, un cura, alguna monjita», repitieron otros en la cuadra del hallazgo.
Dos días después estacionó al primer móvil de televisión. Vendrían muchos más.
Estábamos paleando y apareció el difunto. Fue inesperado.
Cristian Pereyra GodoyAlbañil
Obra de la casualidad
La obra para derrumbar la vivienda y levantar un edificio había empezado a principios de 2025. Para marzo, la casona estaba totalmente demolida. El terreno llano, todo tierra, y un portón de obra negro de lado a lado. Los bolsones de arena, en la vereda, daban cuenta de que el lugar estaba listo para iniciar los cimientos y construir el nuevo proyecto.
La artista plástica Marina Olmi, hermana del actor Boy Olmi, había comprado esa propiedad a fines de los noventa al hijo de una mujer alemana, Olga Schuddekopf, cuyo esposo la había construido hacía cien años con sus propias manos. Marina vivió ahí con su marido, el músico Guillermo Piccolini, integrante, junto a Roberto Pettinato, de la banda Pachuco Cadáver. Fueron sus épocas doradas. Ella tiene buenos recuerdos del lugar, salvo por «algunas cosas oscuras» (que pasaban en el fondo).
Quienes la conocen escucharon esa historia: junto a la pileta que Marina hizo construir en el jardín había una casilla de materiales. Estaba pegada a la casa de los vecinos, la de los Graf. A la noche, y de manera inexplicable, se prendía y apagaba la luz. A Marina siempre le pareció algo espectral.
SOCIEDAD
Cristian Graf, principal sospechoso. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.
En Coghlan se recuerda que la casona llegó a ser alquilada por Cristian Graf, quien montó en el lugar un salón de fiestas infantiles que no duró mucho. Pensar en eso ahora provoca escalofríos. En el salón había juegos. Los niños saltaban en un inflable y celebraban sus cumpleaños sin que nadie supiera que jugaban junto a una tumba. Del otro lado de la medianera, los Graf disfrutaban de la pileta a pocos metros de la fosa que, se sospecha, Cristian Graf cavó para enterrar a un compañero de colegio.
Graf creció en Coghlan. Siempre fue una figura un tanto gris y alicaída. Los vecinos lo conocían porque se cruzaban con él desde principios de los setenta, cuando se mudó con su familia a la casa de sus abuelos, un chalet de dos plantas en avenida Congreso 3742. Le decían «Pantriste» por lo flaco y taciturno. Hacía trabajos de electricidad. Dicen que iba de acá para allá en una pequeña moto. Era todo lo que sabían de él.
En un barrio próspero, de moda, a nadie le extraña que tiren abajo una casa para construir un edificio de diez pisos. Los viejos caserones han quedado salpicados por moles de frente vidriado, la mayoría son oficinas. El progreso se nota en ambas manos de la avenida Congreso. El tránsito de colectivos y autos es intenso.
La sorpresa llegó a la hora de delimitar los terrenos. Durante cuarenta años el límite catastral había consistido en un alambrado con enredadera de diez metros de largo por dos de alto, muy espesa. Era imposible ver para el otro lado.
Cuando todo estaba listo para levantar un muro entre las dos casas, los Graf se mostraron especialmente preocupados en que nadie tocara un árbol. Una versión señala un bananero, otra una Santa Rita. «Recuerdos del señor Federico Graf», dijeron. El hombre había muerto unos años atrás en ese mismo chalet lleno de rejas y cámaras de seguridad.
El arquitecto de la obra, Marcos Sebastián Arcifa, le había explicado la situación a la anciana vecina del chalet de Congreso 3742, Susana Elena Grassle de Graf, de 87 años.
La cuadrilla comenzó a trabajar sobre el terreno. El 20 de mayo de 2025, al mediodía, el arquitecto y el ingeniero llegaron a la obra con los planos oficiales del lugar.
Pasado el mediodía, el albañil Cristian David Pereyra Godoy empezó a palear. De pronto a Chucky, como lo conocen todos sus compañeros, se le cayeron un montón de huesos encima. Estaban mezclados con raíces, tierra y cosas que a simple vista no eran distinguibles. Sin embargo, enseguida notó que eran huesos humanos: identificó un cráneo, una mandíbula y algunos dientes que, claramente, pertenecían a una persona. Fue cerca de las dos de la tarde.
«Estábamos paleando y apareció el difunto. Fue inesperado», contó más tarde Chucky a una radio, y aseguró que se dio cuenta de que se trataba de un ser humano porque, en su Paraguay natal, había hecho unos años de la carrera de medicina.
Chucky avisó al capataz y el capataz al arquitecto. «¡Acercate que encontramos algo!», le dijo, y el arquitecto miró. Se dio cuenta inmediatamente de lo que pasaba. Y fue a tocarle el timbre a los Graf.
Fernando Scarfó, uno de los dos jefes de Seguridad e Higiene de la obra que iba a hacer controles cada siete o quince días, recibió un llamado a su celular. Estaba a apenas quince cuadras del lugar. Cuando llegó ya estaba el inspector Alejandro Diez, de la Policía de la Ciudad, con un patrullero. Al ratito cayó el vecino, Cristian Graf. Ya se habían conocido un mes antes cuando la rotura de un caño maestro dejó sin agua a medio barrio.
Graf dijo que creía que su casa había sido una iglesia, que después fue una caballeriza y, finalmente, que en un momento cuando nivelaron el terreno del fondo él compró un camión de tierra: que, tal vez, los huesos habían llegado ahí desde algún cementerio.
La teoría sobre el camión de tierra abrió el debate entre los obreros. Decidieron preguntarle al de mayor experiencia: el que manejaba la motoniveladora. «Imposible, cuando descargan la tierra se dan cuenta de lo que hay. El chofer hubiera visto los huesos», sentenció sin dudar.
La escena y los diálogos cobrarían mayor importancia semanas más tarde. Acusado por la Justicia, Cristian Graf negará haber comentado esas hipótesis a los obreros, y basará su estrategia en tratar de ubicar la tumba fuera de los límites de su propiedad.
Portada del libro de Virginia Messi, editado por Planeta.Están sacando restos humanos de una excavación. No sé qué hay que hacer.
El llamado al 911
Cuando el arquitecto le tocó el timbre a los Graf, lo atendió Ingrid, la hija de la dueña —hermana de Cristian—, que había viajado desde Chubut, donde vive, para cuidar a su madre de 87 años, convaleciente tras una operación de rodilla.
Ingrid llamó por teléfono a su hermano Cristian, que estaba en el trabajo, y le avisó del hallazgo de los huesos.
En paralelo, llegó la llamada a la línea de emergencias del 911 que nadie sabe a ciencia cierta quién realizó. El que habló es un hombre a quien se adivina joven. Pidió permanecer anónimo. Dijo ser un vecino preocupado, pero pudo haber sido uno de los obreros. Según los registros de la Policía, no fue ni Ingrid Graf ni el arquitecto Arcifa.
La llamada al 911 duró dos minutos y 34 segundos y tiene detalles que justifican su transcripción literal. Empezaba a desenredarse una historia increíble que había comenzado en el invierno de 1984 y que aún hoy reserva misterios:
—911, ¿cuál es su emergencia?
—Hola, ¿qué tal? Buen día. Te quería hacer una pregunta: ¿qué se hace cuando una persona está excavando y encuentra huesos humanos?
—¿Usted quiere un móvil policial o quiere hacer una denuncia?
—No… es que yo no sé qué hay que hacer. Yo vivo al lado de una obra y veo que están sacando restos humanos de una excavación. No sé qué hay que hacer.
—Nosotros podemos mandar el móvil policial para que vaya a verificar, ¿sí? ¿Esto es en capital o provincia?
—Capital. Pero ¿se hace eso? ¿O tendría que llamar a un organismo de… qué sé yo? Yo te digo esto porque, porque por lo que veo, van a agarrar todo y lo van a meter en una bolsa y lo van a tirar. Y quizá eso, lo más probable, es que tenga sesenta años metido ahí, o cuarenta.
La operadora le pide la dirección para que «el personal se pueda aproximar a verificar».
—Ok, yo te digo, pero ¿puede ser que me mantengas en anónimo?
—¿Los obreros están excavando?
—Sí, están acá, están sacando fotos. Yo lo vi de casualidad. Pero estoy viendo como que les van a dar la orden de…, perdón que hable así, «hacete el boludo porque esto nos va a complicar la obra». Si no se apuran los meten en una bolsa y los tiran. Y esto, para mí, puede tener algo que ver con alguno de los desaparecidos de los militares, porque estas casas son de hace sesenta años. ¿Listo?
—Notificado, señor, gracias por comunicarse.
La víctima: Diego Fernández Luna.Y llegó la Policía…
La denuncia fue girada a la Comisaría Vecinal 12C y dio paso al inicio del sumario 94.044/25 por «Averiguación de ilícito», una calificación general y provisoria que es, simplemente, una formalidad.
Ya no habría marcha atrás.
La primera casualidad, la palada de Chucky en la medianera con los Graf, se encadenaría con otros episodios, algunos igual de fortuitos.
Así se descubriría un crimen cometido hace 41 años, la tarde del jueves 26 de julio de 1984, en una época en la que la Argentina recién retomaba su camino democrático.
En 1984 solo había cuatro canales de televisión —Canal 2, hoy América, era muy difícil de sintonizar—. Todos eran de aire. Arriba de los televisores había una antena que, cuando se rompía, solía ser reemplazada por una papa con dos agujas de tejer clavadas. La televisión por cable no existía y muchísimo menos Internet. Las redes sociales no figuraban ni en las películas clase B de ciencia ficción. Lo más parecido a un celular era el zapatófono que usaba «Maxwell Smart, el superagente del recontra espionaje».
El 20 de mayo de 2025, tras los policías que había mandado el 911, llegaron al lugar los peritos de la Sección Gabinete Científico Área III Oeste de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. Recolectaron los huesos vestidos con sus trajes blancos de pies a cabeza. El trabajo de los legistas comenzó a las 16.12, según el acta oficial. Llevó tiempo y se terminó de noche, con frío y estupor.
El Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Diego Fernández Lima.La fosa tenía 1,20 de largo por 67 centímetros de ancho y 60 centímetros de profundidad y se había desprendido de la propiedad de Congreso 3742.
Para ese entonces ya había sido notificado el fiscal Martín López Perrando, de la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N° 61, quien estaba de turno y llevaría adelante la investigación.
Su secretario, Leandro Alonso, estaba haciendo un trámite en el microcentro porteño cuando le sonó el teléfono celular que, de turno, siempre está al rojo vivo con todo tipo de consultas sobre delitos varios. Lo que le contaron lo sorprendió: habían encontrado huesos enterrados en una obra en construcción en la ciudad de Buenos Aires.
El panorama era atípico: cuando se encuentran huesos, estos suelen estar en algún tacho de basura en la calle y pertenecer a alguien que estudió medicina o alguna cosa similar. Pero estos estaban enterrados en una casa en el barrio de Coghlan. Alonso confirmó que estaba en camino la Unidad Criminalística Móvil y decidió ir a ver lo que pasaba con sus propios ojos. Como estaba en moto, y conocía la zona porque había vivido algunos años en Saavedra, llegó rapidísimo.
En la obra ya habían puesto una cinta para que nadie pisara el lugar donde habían quedado tirados los restos óseos. Los peritos se encontraron con una pila de huesos enmarañados con raíces y fueron armando el esqueleto sobre un trozo de papel madera, que les quedó corto. Las piernas no pudieron ponerse en posición normal.
En total rescataron 151 piezas óseas y media docena de objetos que, semanas después, serían clave para ponerle nombre al «NN de Coghlan».
Los huesos fueron preservados en cinco sobres de papel. Ahí reunieron los restos de lo que había sido una persona, alguien con familia, pasatiempos, proyectos e historia. En un sexto sobre colocaron otros elementos que estaban junto al cuerpo: un reloj digital cuya correa ya no existía, un corbatín azul tipo escolar, una moneda japonesa de cinco yenes, tres monedas de un peso, un llavero tipo náutico y una llave de doble paleta totalmente oxidada.
Además, la suela de un zapato y restos de cuero marrón que fue lo único que sobrevivió del calzado. Se rescató también una misteriosa ficha de casino de los años ochenta original y hasta con número de serie, la etiqueta de una prenda de vestir y la hebilla de un cinturón que ya no existía.
La pericia se terminó entrada la noche. A las 20.10, según los registros policiales, ya nadie quedaba en la obra. No dejaron a nadie de consigna. La verdadera historia del llamado «misterio de Coghlan» estaba por comenzar.










