¿Qué sentirán los jugadores de Boca cuando se reúnen en la mitad del campo de juego de la Bombonera tras empatar con Gimnasia y Esgrima de Mendoza? ¿Vergüenza? ¿Bronca? ¿Desazón? ¿Sentirán algo? En el 1-1 ante el Lobo mendocino, un equipo que acaba de subir de la Primera Nacional, ni siquiera generaron que los hinchas los insultaran o los silbaran. Se fueron con la mirada clavada en el césped. Nada, ni un gesto. Ni juntar la manitos como un rezo al aire para pedir perdón. Fue muy pobre el papel que cumplió el equipo de Claudio Úbeda. Y más preocupante aún es que lo peor se vio en el segundo tiempo, cuando entró Leandro Paredes, que tuvo un regreso errático y muy por debajo del nivel que se pretende de él.
Boca sumó su tercer empate al hilo en la Bombonera. No le pudo ganar a Platense (0-0), no logró patear al arco ni una vez frente a Racing (0-0) y este sábado Gimnasia de Mendoza se llevó un punto de oro en su lucha por la permanencia. No hay reacción, no hay rebeldía; la pelota les quema y cuando finalmente logran dominarla, no saben qué hacer con ella. Boca casi nunca encontró el camino al arco de Lautaro Petruchi y cuando lo hizo sufrió de su propia impericia para definir.
El cabezazo goleador de Luciano Paredes en el primer tiempo fue una trompada en el mentón para el local y la gente empezó a entonar sus canciones de protesta para tratar de despertar a un equipo que ante la primera adversidad se pincha. Y también están alteradas las emociones por estos tiempos en Brandsen 805. Porque desde el gol de Gimnasia hasta el empate de Miguel Merentiel, Claudio Úbeda estaba virtualmente despedido de su cargo; pero cuando Adam Bareiro conectó otro centro de Lautaro Blanco y puso el 2-1, el Sifón era Franz Beckenbauer en Italia 90.
Enseguida, la intervención del VAR devolvió a todos a este presente de tropiezos. Todavía peor: ¿cómo se vuelve de ese festejo contra el alambrado con la gente extasiada? Y no se vuelve. El offside milimétrico que Nicolás Lamolina advirtió desde la cabina del VAR cambió el partido. Y -al menos en el estadio- nunca se supo de quién había sido. Dóvalo informó que era del «número 16», es decir Merentiel; pero el que supuestamente estaba adelantado era Lucas Janson.
No se puede hacer un análisis sobre supuestos. Pero la pregunta se impone: ¿qué hubiera pasado si Boca se iba al vestuario con el 2-1 en la chapa? Bareiro iba a la tapa de los diarios, las fotos eran de sonrisas y había dos puntos más en el bolso de cara a la clasificación en el Top 8 de la Zona A, la tabla general y la carrera para clasificarse a las copas de 2027. Pero la realidad es que el empate final fue un papelón.
Boca no estuvo a la altura en el segundo tiempo. Los cambios le dieron frescura e intentó ser más ofensivo. Kevin Zenón ingresó por Alarcón y se paró sobre la izquierda; Paredes reemplazó a Milton Delgado y Tomás Aranda lo hizo por Janson. Fueron cinco o diez minutos de ilusión en los que parecía que Boca se lo llevaba puesto a su débil e inocente rival.
Pero el pibe Aranda mostró dos caras. Una para gambetear y llevar el equipo para adelante; y la otra para definir. En la primera mostró que puede jugar en la Primera de Boca y ser opción para abrir defensas cerradas; en la segunda deberá trabajar mucho porque tuvo cuatro situaciones claras de gol y falló en todas. La última, la más clara, con un centro de Blanco -lo mejor del equipo- desde la izquierda que cabeceó afuera y terminó como había entrado: virgen de goles.
Después, fue todo desconcierto y apatía. Paredes falló pases que habitualmente no falla, Ander Herrera entró un ratito, pero le falta para encontrar su mejor forma. Y Zenón -que pasó a la derecha- otra vez desilusionó. Merentiel hizo el gol y nada más. Alguno bromeó y bautizó como «Miguelito» a un niño que estaba perdido y esperaba que los padres lo fueran a buscar, según anunciaban desde los altoparlantes. En ese desconcierto de Boca, Ariel Broggi no tuvo ninguna vergüenza en plantar «los dos micros» en la puerta del área y controlar el partido. Con poquito, con casi nada, se llevó un puntazo.










