Lo que intentó durante toda la noche ante Independiente Rivadaviay no consiguió vuelve a poner en evidencia una materia pendiente que el CARP arrastra desde hace 1 año, 3 meses y 25 días: River no logra dar vuelta un partido que empieza perdiendo. La última vez que lo consiguió fue en noviembre de 2024, cuando arrancó abajo frente a Instituto en Córdoba y terminó imponiéndose 3-2 en una remontada que, hasta hoy, sigue siendo la más reciente.
Si uno se apoya en los números generales, la tendencia es clara: el primer golpe lo desestabiliza. Desde aquel partido hasta hoy, River comenzó perdiendo en 20 encuentros y nunca logró revertir la historia. De esos 20, apenas rescató 6 empates y sufrió 14 derrotas, una estadística que grafica con crudeza la dificultad para reaccionar ante la adversidad.
Los datos no hacen más que profundizar una sensación que se repite en el análisis futbolero: cuando el equipo recibe el primer impacto, le cuesta recomponerse anímica y futbolísticamente. No hay remontadas épicas ni giros de carácter que cambien la inercia; por el contrario, la mayoría de las veces el desarrollo termina confirmando el mal comienzo.
En ese contexto, los números también funcionan como reflejo del irregular segundo ciclo de Marcelo Gallardo, marcado por altibajos y una versión del equipo que, a diferencia de otras etapas, no logra rebelarse cuando el marcador se presenta adverso.
Si bien ante Independiente Rivadavia hizo méritos suficientes como para llevarse algo más que un empate, volvió a quedar atrapado en esa tendencia que lo persigue desde hace más de un año. Generó situaciones, empujó hasta el final y mostró una reacción futbolística que invitaba a creer en la remontada, pero la estadística volvió a imponerse como una sombra incómoda. Más allá de los merecimientos, River es rehén de esa racha adversa que cada vez que empieza perdiendo termina condicionando el desenlace.











